Los reformatorios ocultos de Franco para reprimir a chicas 'inmorales': “Poca gente sabe que siguieron abiertos hasta 1985”
Cuando Carmen Guillén (Mazarrón, 1988) acabó la carrera y el máster de Historia no había oído hablar del Patronato de Protección de la Mujer. No había rastro en las aulas, artículos o manuales que había leído de la institución que desde 1941 encerró a las adolescentes que transgredían las normas morales del franquismo. Lo descubrió “casi por casualidad”, rastreando información en un archivo sobre la prostitución durante la dictadura. Este silencio en torno a una de las instituciones represivas más longevas del régimen, que incluso sobrevivió al propio dictador, ha empezado a romperse hace poco.
Las voces de las mujeres que pasaron por estos centros, regentados por monjas de órdenes religiosas, se suman a un interés creciente de la historiografía. Pero en 2021, cuando Guillén publicó la primera tesis doctoral sobre el Patronato, apenas había referencias sobre el organismo, encargado de reeducar a la “mujer caída o en riesgo de caer” que no se adaptara al férreo molde de mujeres sumisas, esposas y madres abnegadas que la dictadura pensaba para ellas. Todo ello lo analiza la historiadora, profesora de Historia de la Ciencia en la Universidad de Albacete, en Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer, que publica con Crítica este miércoles.
Cuando empezó a investigar sobre el Patronato apenas encontró información, pero fue tirando del hilo hasta que fue capaz de reconstruir su historia. ¿Qué es lo que más le llamó la atención cuando conoció lo que fue realmente?
La desproporción tan grande que había entre lo que había supuesto y el silencio que lo rodeaba. Fue una institución que sobrevivió al régimen y al propio dictador y que encerró a decenas de miles de mujeres, pero no se sabía nada. También me sorprendieron los diez años extra que vivió el Patronato en democracia y que siguiera activo hasta 1985 con financiación estatal. No era capaz de entender cómo eso había podido existir y ni social ni políticamente fuéramos capaces de mirarlo de frente.
¿Cómo puede ser que de una institución represiva que se alargó durante cuatro décadas no hubiéramos oído hablar hasta hace poco?
No hay un único motivo. Hay un problema de fuentes documentales que tiene que ver con que buena parte de la información que se conservaba en el archivo se perdió por culpa de una inundación. Eran 1183 cajas de las que hoy solamente tenemos 31. Lo que queda, además, está afectado por la Ley de Protección de Datos, lo que impide consultar documentación hasta pasados 50 años, por lo que no podemos acceder a la última década del Patronato.
Ha habido también un problema con las fuentes orales porque, aunque ahora mismo se está rompiendo, ha habido un gran silencio de las supervivientes marcado por la estigmatización, el tabú y la culpa. Cuando empecé solo había una, Consuelo García del Cid, que quería explicar su historia. Muchas no se lo han contado ni a sus maridos ni a sus hijos. Por último, la narrativa que se creó sobre lo que es una víctima de la represión franquista se asocia a los fusilamientos, el exilio o las cárceles, pero hay otras violencias que no se han tenido en cuenta o no han interesado a la historiografía.
¿Hasta qué punto esto se debe a que sus víctimas fueron mujeres?
Tiene que ver 100%. Cuando la represión franquista empezó a articularse a nivel de discurso historiográfico se hizo principalmente hacia la víctima masculina y las violencias que vivieron las mujeres tendieron a invisibilizarse. Este tipo de represión como la que efectuó el Patronato, que es menos tangible porque es moral y sexual, ha quedado en un segundo o tercer plano. Todo esto ha cambiado en los últimos años, pero todavía una gran parte de la población no sabe lo que fue, principalmente porque no está en los planes de estudio y porque desde el Estado todavía no se han dado pasos suficientes para reconocerla. Poca parte de la población sabe, además, que los centros siguieron abiertos hasta 1985, bien entrada la democracia.
El Patronato existió porque había un sustento social muy potente, la gente se convirtió en su mejor aliada y una especie de cómplice.
Durante los diez años que el Patronato siguió funcionando más allá de la dictadura, ¿cambiaron en algo sus métodos de reclusión y castigo?
Se mantuvo exactamente igual que en sus primeros años. Su supervivencia tiene que ver con que la Transición estaba ocupada en otros procesos ajenos a la represión femenina y también con que el Patronato, aunque parece que tiene una fecha de inicio y de fin, es parte de un fenómeno que venía sucediendo desde hace décadas e incluso siglos. Este tipo de instituciones llevadas por congregaciones religiosas de supuesta asistencia a mujeres fueron comunes desde el siglo XVII y XVIII. Es algo que en la vida social y cultural española estaba muy integrado, así que nadie se lo cuestionó. El Patronato se camufló muy bien en la estructura social.
De hecho, asegura que la propia sociedad había interiorizado las creencias que lo hicieron posible.
Sí. El Patronato existió porque había un sustento social muy potente, la gente se convirtió en su mejor aliada y una especie de cómplice. Sin eso no habría podido actuar tanto y tan bien. La estructura estaba muy ramificada con mucho personal a su cargo, pero la parte clave es la base social, los cimientos de la institución. Se había asimilado tanto el discurso de lo que era ser una buena y mala mujer y lo considerado desviado de lo femenino que la sociedad era la que denunciaba a las chicas para entrar. Era una especie de control panóptico ejercido por sus propias familias y vecinos, aparte de autoridades.
¿Qué tenía que hacer una joven para acabar internada en un centro?
Prácticamente cualquier cosa. He visto expedientes tan absurdos y ridículos como que salía con un músico, tenía demasiados amigos, llegó a altas horas de la madrugada a casa o, literalmente, 'suspira demasiado por los hombres'. Cualquier divergencia del modelo de moralidad impuesto que no fuera estar casada, querer ser madre, ir a la iglesia y ser sumisa y abnegada podía ser calificado de inmoral. En la fase final nos encontramos también causas de disidencia política, mujeres que empezaban a pensar más allá del ideario franquista.
Un concepto tan resbaladizo como la moralidad fue el que guio la actuación de la institución, lo que la convertía en prácticamente incontrolable ¿no?
La línea es tan difusa y tan ambigua que cabía de todo. La inmoralidad en su sentido más amplio es el motivo que nos encontramos en muchísimos expedientes. Es esta categoría la que articuló todo el sistema de control y, además, permaneció inamovible durante todos los años del régimen, incluso en su fase final, en los años del desarrollismo, cuando a pesar de la época del destape, el Patronato siguió reproduciendo un parámetro tremendamente conservador. Esto no cambió ni en la Transición. Hay una anécdota que ilustra el abismo que había entre la nueva realidad social que se abría y lo que sucedía en los centros: una interna siempre cuenta que encontró un trabajo fuera y que, cuando volvía al centro, vio un día en un kiosco una portada de Interviú y llegó escandalizada diciendo que iban a encerrar a la mujer que salía en la portada.
El Patronato de Protección a la Mujer no sería nada sin las congregaciones religiosas de mujeres. Todo pasaba por ellas.
¿Cómo eran las condiciones dentro?
Básicamente se basaban en el silencio y el trabajo. El objetivo era reeducarlas en la moralidad católica, así que la religión tenía un peso muy importante en la vida cotidiana, con rezos constantes y misas diarias. Sabemos que las internas hacían trabajos para empresas, algunas muy conocidas como El Corte Inglés o Iberia, que seguramente no sabían de dónde procedían estos artículos que encargaban. Lo que cuentan las mujeres que han pasado por los centros es que había unas condiciones de vida bajas, pasaban frío y hambre. No podían tener un contacto libre con las familias, a veces les permitían hacer llamadas pero siempre con una religiosa delante y les controlaban las cartas.
Las congregaciones religiosas femeninas regentaban los centros en los que internaban a las mujeres. ¿Cuál era su papel?
Absolutamente central, el peso real de la institución lo llevaban ellas. Se organiza en base a Juntas locales y provinciales, pero realmente las religiosas son las que marcan la vida dentro, todo pasa por ellas. El Patronato no sería nada sin ellas. Por eso también es desconocido porque, aunque el nombre no se haya oído mucho, sí se sabe el papel que han desempeñado las monjas en nuestro país desde hace mucho. Yo lo primero que hice cuando conocí el Patronato fue preguntarle a mis abuelas y las dos me dijeron lo mismo: no habían oído hablar de él, pero sí sabían que vivían bajo la amenaza de los adultos de que 'si nos portábamos mal, nos llevarían con las monjas'.
Es significativo que de la treintena de cargos de la Junta Nacional solo tres estuvieran ocupados por mujeres, pero ellas fueran las que las reprimieran en el día a día.
Sí, reproduce el marco patriarcal del franquismo. Son mujeres quienes ejercen el control y el adoctrinamiento sobre otras mujeres. Había muchas congregaciones detrás, aunque las más destacadas fueron las Adoratrices del Santísimo Sacramento y de la Caridad y las Oblatas del Santísimo Redentor. Todas cedieron su arquitectura a la causa. Venían haciendo esto mucho tiempo atrás.
¿En qué sentido?
Son congregaciones que tienen un peso fundamental en España desde hace siglos y que empezaron con ese discurso de supuesta ayuda y protección de la mujer. Las prácticas que venían haciendo desde hacía tiempo son las que aplican durante el periodo franquista, no es algo nuevo, no es que las congregaciones religiosas tengan que formarse para ver cómo van a gestionar el Patronato. Es importante abrir la concepción de lo que es esta institución porque va más allá del franquismo, es un intento constante a lo largo de la historia de dominar el cuerpo y la conducta de las mujeres, algo que se ha hecho en nombre de la religión, el Estado o la medicina considerando sus conductas pecado, delito o patología.
El perdón real de las congregaciones religiosas sigue siendo una asignatura pendiente
Muchas de estas congregaciones siguen en activo, incluso con programas en los que trabajan con mujeres y por los que reciben subvenciones públicas. ¿Cómo lo valora?
Soy historiadora, no sé exactamente lo que hacen ahora, pero entiendo y espero que sea diferente a lo que hacían. En cualquier caso, ellas cargan con el peso de su historia y por eso es tan importante que den pasos adelante hacia el perdón real a las supervivientes.
El año pasado la Conferencia Española de Religiosos (Confer), que agrupa a las congregaciones, organizó un acto con este objetivo en el que las superioras reconocieron su papel y pidieron perdón, pero fue rechazado por las víctimas. ¿Lo entiende?
Lo que sucedió fue un perdón a medias. Por un lado, porque no aceptaron la apertura total de sus archivos, que es lo que necesitamos para poder hacer una comisión de investigación y para que las propias supervivientes accedan a sus expedientes. Por otro lado, deberían nombrarse todas las violencias que hubo dentro de la institución y en ese acto hubo cierta censura a la hora de que las mujeres hablaran de robo de bebés o intentos de suicidio de las internas. No fue un perdón real. Sigue siendo una asignatura pendiente.
Cada vez hay más visibilidad e investigación en torno al Patronato, pero ¿qué queda?
Rellenar las piezas del puzzle. Ahora mismo estamos haciendo una reconstrucción desde los márgenes y con lo que podemos a nivel de archivo, pero no sabemos el número exacto de mujeres afectadas o de centros. Nos faltan muchas piezas fundamentales. Lo que necesitamos es que desde el Estado se impulse una comisión de investigación y lo que están pidiendo las supervivientes es ser reconocidas como víctimas de la represión franquista.
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