La 'fortaleza sanitaria' que avanzó la salud pública y luchó contra el cólera en Menorca
Como si fuera un presagio circular cuya repetición llegaría 200 años después, el mundo vivía desde 1820 los efectos de una pandemia cuyo alcance y mortalidad cambiarían para siempre los parámetros de la medicina. Su origen no fue una dolencia pulmonar –como el COVID en 2020–, sino una enfermedad infecciosa causada por una bacteria intestinal transmitida por el consumo de agua no potable. El cólera, cuya persistencia en algunos países es todavía una realidad preocupante para los epidemiólogos de todo el mundo, llegó a cobrarse en algunos países como Rusia y China más de un millón de vidas en las primeras décadas del siglo XIX.
España no fue ajena a la llegada de “la peste asiática”, como se conocía esta enfermedad, que –se sospechaba– llegaba a Europa en los barcos de la Compañía Británica de las Indias Orientales. “A partir de la generalización infecciosa de principios de siglo fomentada por las condiciones de hacinamiento y falta de higiene del transporte marítimo, se fue generalizando en España la construcción de lazaretos como una medida de protección frente a las amenazas que solían venir a bordo de los barcos. En estas edificaciones, inspiradas en los antiguos leprosarios de San Lázaro –de ahí su nombre vagamente bíblico–, debían permanecer las tripulaciones y pasajeros de las naves sospechosas, donde pasaban el periodo de cuarentena”, explica la enfermera L. Ocaña Quevedo.
El papel de los lazaretos
Durante los primeros años de la pandemia del cólera se construyeron cinco lazaretos repartidos por distintas latitudes de la geografía española: uno en Cantabria, otro en Pontevedra, otro en A Coruña, otro en Bilbao y otro, probablemente el más grande y mejor conservado de todos, en la ribera norte del Puerto de Maó. “Menorca fue ideal para la construcción de esta 'fortaleza sanitaria' por su situación estratégica en el Mediterráneo y por tratarse de una isla alejada de la Península que impediría la propagación de la enfermedad”, comenta el historiador Jordi Rosell Rovira, quien explica en su libro 'El Lazareto de Mahón' el funcionamiento de aquel rudimentario hospital.
“El diseño incluía una serie de murallas para mantener separados entre sí a los marineros, pasajeros y mercancías separados en función de lo que hoy conocemos como triaje y que tenía tres categorías: patente sospechosa, patente sucia y patente apestada. Los sospechosos pasaban el mínimo de 20 días de confinamiento y el resto cumplían una rigurosa cuarentena que en ocasiones incluía fumigaciones con vinagre”, añade.
El diseño incluía una serie de murallas para mantener separados entre sí a los marineros, pasajeros y mercancías separados en función de lo que hoy conocemos como triage y que tenía tres categorías: patente sospechosa, patente sucia y patente apestada. Los sospechosos pasaban el mínimo de 20 días de confinamiento y el resto cumplían una rigurosa cuarentena que en ocasiones incluía fumigaciones con vinagre
El debate científico
Aunque la idea de construir lazaretos en las zonas portuarias de mayor comercio del reino era realmente una novedosa política sanitaria, el debate científico en torno a los orígenes, causas y posibles remedios a las enfermedades de la época estaban atravesados por diferentes concepciones políticas y filosóficas sobre la salud. A la concepción miasmática se oponía por aquellos años la idea ilustrada de la epidemiología, esto es: mientras que un amplio grupo de médicos consideraban que la peste y el cólera (principales enfermedades con potencial pandémico de la época) eran fruto de miasmas (aires venenosos), una nueva escuela de médicos influenciados por las ideas de la ilustración pujaban por abordar el problema sanitario desde el método científico.
“Se dieron encendidos debates en toda Europa a propósito de la contagiosidad, origen y desarrollo de enfermedades, especialmente la viruela, la peste y el cólera. Durante la pandemia de cólera del XIX, en las controversias intervinieron destacados profesionales de la medicina en Menorca, como Joaquim Carreras Pons, Joan Camps Mercadal o Constantí Sancho Pons. Entre ellos, un joven médico castrense del Hospital Militar de Maó demostró una aptitud clínica y una determinación que resultaron decisivas para que las autoridades sanitarias reconocieran, finalmente, que era de cólera asiático el brote que se había declarado en la isla: se trataba del doctor Narcís Rigalt Alberch”, explican los investigadores M. Tomás-Salvá y A. Ruiz de Azúa Mercadal, autores de un paper académico recientemente publicado en la prestigiosa revista Academic Journal of Health, dedicado a explicar el rol de este sanitario menorquín en la lucha contra aquella pandemia que se llegaría a cobrarse más de 300.000 víctimas en España.
Narcís Rigalt es quizás la figura que encarna con mayor claridad histórica la pugna entre aquellos modelos médico-sanitarios de principios del siglo XIX. Un joven facultativo de ideas progresistas –su suegro era Roger-Bernard d'Espagnac, un militar liberal que debió exiliarse en París tras el regreso del rey Fernando VII acusado de afrancesado–, que sostenía incansablemente la necesidad de abordar el cólera desde una perspectiva científica y no como una dolencia fruto de los “malos aires miasmáticos” o de las “corrupciones de vapor”. Para Rigalt las epidemias pasadas –y futuras– se enfrentaban construyendo un sistema público de salud robusto y moderno “alejado de la especulación”.
El paciente cero de la cólera en Menorca
Hacía un intenso calor la tarde del 27 de agosto de 1834 cuando entró en el Puerto de Maó la goleta Claudine, procedente de Córcega. A bordo de sus 30 metros de eslora viajaba un cargamento de mercancías variadas destinadas al comercio –y el contrabando– custodiado por Andréa Picone, un marinero italiano de probable origen ligur que acusaba, desde varios días antes, los síntomas de la enfermedad más temida del continente. El doctor Narcís Rigalt y su ayudante, el joven médico Jaume Parlpal, escriben en el libro de actas del Lazareto: “Evacuaciones violentas y repetidas de materia líquida, blanquecina y semejante al agua de arroz. Sobrevienen vómitos continuos y espasmos dolorosos en las extremidades. Pulso débil, piel fría y húmeda. El rostro adquiere un color azulado y los ojos se hunden”.
A pesar de las sospechas iniciales, los Rigalt y Parpal evitaron declarar el brote de cólera “para evitar la alarma social” y acudieron al director de la Junta de Sanidad, el coronel Pedro Villacampa y Maza —un fernandista ultraconservador—, y al médico jefe del Lazareto, el doctor Rafael Hernández Mercadal. Ambos negaron por completo la posibilidad de declarar la llegada del cólera y atribuyeron los síntomas de Picone a una “enfermedad endógena local fruto del calor excesivo, la sequía y la insalubridad de las aguas”. Pocos días después Picone murió. La enfermera que se ocupó de lavar sus sábanas y ropa contrajo el cólera y también falleció a los pocos días. Ante la gravedad de los hechos, el gobernador civil de las Balears desautorizó a la Junta de Maó e instó al cuerpo médico de Menorca a declarar la alerta por cólera.
Los contagios por cólera llegaron tras la muerte de Andréa Picone, un marinero italiano, y la enfermera que lavó sus sábanas y ropa
Los indicios de epidemia eran ya evidentes; sin embargo, no sería hasta el 8 de octubre, con la llegada a Menorca la fragata de guerra USS Constellation, cuando se declaró efectivamente el brote en la isla. Los marines estadounidenses a bordo del buque, que venía de una larga navegación alrededor del océano Índico, contrajeron lo que en aquel momento se dió en llamar “cólera de morbo indiano”.
Esta vez el doctor Rigalt no tuvo que insistir demasiado a las autoridades: la Real Academia de Medicina de Palma censuró al doctor Hernández Mercadal, señalando que era imposible ignorar el origen exterior de los casos, la propagación explosiva y la elevada mortalidad, características ajenas a una enfermedad endémica. Los tripulantes fueron inmediatamente declarados como patente sucia y puestos en cuarentena. El cólera llegó a la isla y se propagó por todo el territorio español –y por Europa– en los años siguientes. “Finalmente, resulta claro que el foco infeccioso está vinculado al tráfico del puerto, el vaivén de embarcaciones, tripulaciones y mercancías y no al ambiente general de la isla”, concluyó el joven médico.
Poco después de aquel episodio, el Lazareto de Maó debió ampliar su cementerio –inaugurado una década atrás debido a la epidemia de fiebre amarilla que asoló la isla– para albergar a los muertos del cólera. Hoy 369 tumbas se distribuyen en un prado verde y silencioso, 112 de esas lápidas albergan a los muertos del cólera. Apenas ocho años después de su brillante y audaz diagnóstico, Narcís Rigalt murió a los 35 años de fiebre reumática.
El Lazareto de Maó acoge 369 tumbas y 112 de esas lápidas albergan a los muertos del cólera
El Lazareto hoy
El lazareto originalmente estaba unido a la isla por un istmo que permitía llegar caminando al otro lado del Puerto de Maó. La creación del Canal de San Jorge en septiembre de 1900 convirtió al Lazareto en una isla cuyo patrimonio permaneció muchas décadas olvidado. “Se trata de uno de los complejos arquitectónicos sanitarios más importantes y mejor conservados de Europa, declarado Bien de Interés Patrimonial en 1993”, explican desde la Fundació de Foment del Turisme de Menorca.
Además de los más de 1.500 metros cuadrados de sus salones principales donde se celebran anualmente los congresos de la Escuela de Salud Pública, el cementerio y la torre vigía guardan los secretos y enigmas de las mil enfermedades, epidemias y muertes sucedidas en Menorca a lo largo de los siglos. Frente al pórtico de piedra que da acceso a la entrada, una estatua de San Lázaro rompe las cadenas de la enfermedad –o quizás del oscurantismo– y da la bienvenida al lugar donde la lucha por un modelo de salud pública dio sus primeros pasos en España.
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