El libro que cuenta a Feijóo lo que no quiere escuchar
Alberto Núñez Feijóo acaba de elaborar una especie de plan sobre cómo deberían ser las negociaciones con Vox en los futuros gobiernos autonómicos. Por la razón que sea, se decidió que el documento circulara entre los medios de comunicación. En uno de esos momentos delirantes habituales en la política española, Santiago Abascal reaccionó ofendido y acusó a los dirigentes del PP de actuar “como si estuvieran pactando con salvajes y pretendieran domar a Vox”. Esa misma mañana, el portavoz de Vox en el Congreso amenazó al presidente de RTVE con la violencia verbal que caracteriza a su partido: “Los españoles van a estar deseando que entremos con motosierras y con lanzallamas cuando Vox llegue a RTVE”. También dijo: “Les echaremos, si hace falta, a patadas”. Pero no son unos salvajes, para nada.
La derecha ha descubierto –como suele ocurrir, con retraso– que ese socio inevitable que es Vox no tiene la intención de ser un colaborador leal en la misión de enterrar al sanchismo, sino un rival peligroso cuya prioridad es hacer sitio en el ataúd para que el PP también acabe bajo tierra. Esa no es la opinión que tienen todos los dirigentes del PP. Algunos viven en la inopia y siguen creyendo que Vox solo es una parte más de la familia con parientes algo acelerados y agresivos. Están todos en el mismo barco y a los más levantiscos les corresponde pegar gritos y mancharse de grasa en la sala de máquinas, mientras los del PP marcan el rumbo desde el puente de mando. No pueden estar más equivocados. Como en otros países europeos, podrían acabar sufriendo un motín y siendo expulsados del buque. A patadas si es preciso.
Un libro recién publicado les da algunas pistas ideológicas y prácticas para que se pongan al día. En definitiva, para que despierten. Sus autores son personas de derechas y muy de derechas que son conscientes de que existe una “tentación autoritaria” y antiliberal en Europa y EEUU frente a la que los conservadores deberían plantar cara. Como escribe Armando Zerolo, profesor de la Universidad CEU San Pablo y coordinador de La derecha desnortada (Península, 2026), “se ha producido una escisión dentro del bloque de las derechas, de cuyo seno ha renacido una forma autoritaria, nacionalista y revisionista de la historia”.
Desde la izquierda, se acusa con frecuencia al PP de haber asumido el programa de Vox. La derecha y la extrema derecha son lo mismo en España e intentarán gobernar juntos, dicen. Es algo que repite con frecuencia Pedro Sánchez. Se ha visto en otros países cómo conservadores y liberales han ido haciendo suyas algunas de las posiciones de la ultraderecha, en especial sobre inmigración, por convicción propia o forzados por las circunstancias (léase encuestas). Es un análisis lógicamente interesado. Los autores del libro intentan negar la mayor y argumentar que hay valores negados por la extrema derecha que los conservadores deberían defender.
Hay un planteamiento de principios en el artículo de Zerolo. Llega a decir que la extrema derecha no existe. No es que esté negando la realidad. El problema no es la primera palabra, sino la segunda. Se refiere a que “en ningún caso es derecha”. Aceptarlo sería lo mismo que “blanquear el odio, el autoritarismo y la violencia como modos de ejercer el poder”. Los conservadores no deberían dar alas a ese discurso tan funesto que es el catecismo del Gobierno de Donald Trump y de sus aliados europeos. Por la cuenta que les trae.
La metáfora que emplea se entiende con facilidad: “El monstruo dentro del cuerpo de Ellen Ripley en Alien 3”. Los ultras son como un alien que se alimenta del ser vivo donde ha sido introducido hasta que es lo bastante fuerte como para salir. “Necesita parasitar un organismo, crecer en él y desarrollarse, pero, si alcanza la edad adulta, se libera de él y vive su propia vida”. El involuntario anfitrión termina con un notable agujero en el pecho e inevitablemente muerto.
José F. Peláez, columnista de ABC, pone la perspectiva histórica española para que el lector no se engañe. Empieza diciendo que la derecha liberal siempre ha sido minoritaria en España. Es la derecha reaccionaria la que marcó el paso, sufriendo algunas derrotas como la del carlismo, pero imponiendo su influencia hasta el franquismo, momento en el que alcanzó su máximo poder. La historia del siglo XIX es la de una derecha “incapaz de pactar con la libertad”, dice. Sus raíces fueron desde el absolutismo hasta el tradicionalismo carlista, el nacionalcatolicismo y el falangismo.
Vox es la continuación de ese proceso histórico. Su adaptación a los tiempos modernos. Lo que quiere un reaccionario es “destruir el presente e ir marcha atrás a toda velocidad a un estadio anterior y casi siempre mítico y legendario que solo existe en el imaginario”. Es una definición correcta del partido de Abascal y de sus seguidores, tanto si hablan de la Reconquista como si lo hacen de unos míticos años ochenta con la idea falsa de que entonces se vivía mejor (lo dicen porque entonces no había inmigrantes extranjeros).
En una entrevista en este diario en 2019, Iñaki Gabilondo explicó lo que Vox evoca a alguien de su edad: “Ponle el color que tú quieras, pero Vox es el franquismo. Me resulta absolutamente reconocible porque lo viví. Me rejuvenece, me devuelve a mi infancia, a mi juventud. Porque Vox es exactamente eso. Es exactamente lo que nos quisimos quitar de encima”.
Esa idea aparece en La derecha desnortada. Juan Fernández-Miranda, de El Confidencial, se refiere a la derecha franquista –a diferencia de la antifranquista y de la que aceptó convivir con el franquismo– y dice que esa derecha intolerante “fue arrasada por el espíritu de consenso de la Transición” y “ha vuelto a surgir 50 años después”.
Varios capítulos inciden en el impulso inicial que recibió Vox por la respuesta “indolente e ineficaz” de Mariano Rajoy al procés catalán y la decepción que causó en el electorado conservador. Se trata de un rasgo diferencial de Vox con respecto al ascenso de otros partidos ultras europeos. Es algo que no se puede negar, aunque casi nunca se explica después qué debería haber hecho Rajoy. ¿Meter en prisión antes a los independentistas? ¿Anular la autonomía catalana durante años? ¿En serio eso es lo que iba a reducir el número de independentistas catalanes?
Ya en los años de Sánchez en el poder, la tendencia no remitió, pero la culpa era más del Gobierno, afirma David Jiménez Torres. “Donde Sánchez hablaba de 'diálogo', estos sectores (de votantes) veían cesiones, impunidad y la posibilidad de que los separatistas acabaran consiguiendo con el PSOE lo que no habían logrado con el PP”, escribe el columnista de El Mundo. El Gobierno aprobó los indultos de los condenados del procés y promovió una ley de amnistía, que no ha conseguido que Puigdemont pueda volver a España. Pero esto no lo dice solo Vox. También el PP y la prensa de derecha, contra la evidencia de que, con el Gobierno actual, la gran aspiración de Junts y Esquerra, que no es otra que la independencia de Catalunya, está ahora más lejos que nunca desde 2017.
Es fácil de comprobar en las encuestas y en lo que dicen los propios independentistas. Eso no lo encontrarás en las páginas de El Mundo y otros medios. El PP y Vox han seguido el mismo camino argumental. La unidad de España continúa estando en peligro. Ante esa posible amenaza, las críticas de ambos partidos parecen indistinguibles.
El libro es interesante, no sólo para lectores de derechas, y llega en el momento adecuado. Hay que ser escéptico sobre la influencia que pueda tener, porque un partido que pretende alcanzar el poder hará lo que sea con tal de llegar a esa meta. Una vez que el PP sabe que la mayoría absoluta es imposible sin Vox, estará dispuesto a pagar el precio correspondiente para obtener su apoyo. Cuando critica las políticas migratorias o la lucha contra el cambio climático, el PP copia términos y conceptos idénticos a la extrema derecha. No puede quejarse si muchos de sus votantes potenciales deciden que Vox expresa ese rechazo con más contundencia que el PP.
Zerolo recuerda que “el fervor antizapateril (se podría decir lo mismo del fervor antisanchista del presente) ejerció una pedagogía negativa sobre gran parte de la derecha española”. Creer que se podía conseguir en la calle lo que era inalcanzable en el Parlamento o pensar que las convicciones democráticas y el respeto a las instituciones, empezando por el Gobierno, pasaban a ser secundarias. Mucho antes de que el PP acusara a Sánchez de crear “un muro” entre españoles, ellos estaban levantando un muro en la Plaza de Colón en defensa de la auténtica España, y uno se puede imaginar la cantidad de gente que quedaba al otro lado.
El libro acaba con un aviso que Feijóo probablemente desdeñará. “No se pueden navegar dos olas al mismo tiempo”, dice Zerolo por el riesgo de haber alimentado entre los jóvenes y los ultras más radicales el sentimiento de que España se va por el desagüe si no se le da la vuelta por completo. “Los que surfearon el antisanchismo no disfrutarán la ola del postsanchismo”. Están avisados.
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