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Extremadura, en primavera: del espectáculo del Jerte a un territorio que continúa revelándose

Cascada del Calderón

edCreativo Extremadura

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Durante unos días breves, el Valle del Jerte vuelve a asombrar al visitante con más de un millón y medio de cerezos en flor. Es un espectáculo sencillamente grandioso, un manto blanco que cubre terrazas y laderas y que anuncia la llegada de la primavera. Este año, la floración se esperaba entre finales de marzo y principios de abril, con la posibilidad de que los primeros cerezos de las zonas bajas —Valdastillas, Rebollar, Navaconcejo— comenzaran a abrirse ya en torno al fin de semana del 20 de marzo. Pero la flor dura apenas diez días, y hoy ese blanco ya es recuerdo. Sin embargo, el valle no se apaga: cambia de ritmo.

El paisaje en terrazas, modelado durante generaciones para adecuarlo al cultivo de la cereza, sigue mostrando su peculiaridad incluso sin la flor. La hospitalidad de sus habitantes permanece intacta: quienes llegan ahora encuentran pueblos que enseñan sus mejores galas y tesoros, haciendo partícipes a los visitantes de la alegría por la primavera que continúa. La Fiesta del Cerezo en Flor, declarada de Interés Turístico Nacional, celebró este año su inauguración en Tornavacas, y su clausura en Casas del Castañar. Pero la programación de Primavera y Cerezo en Flor se extiende del 20 de marzo al 3 de mayo, con actividades culturales, gastronómicas y senderismo en todo el valle, especialmente en Tornavacas, Jerte y Valdastillas. El Jerte sigue vivo mucho después de que caigan los pétalos.

Una mujer fotografía los cerezos en flor en el Valle del Jerte

Quien visita el valle tras la floración descubre que no todos los cerezos florecen a la vez: primero lo hacen los de menor altitud y, a medida que pasan los días, los de las zonas más frías. Esa secuencia deja ahora un paisaje en transición, donde el verde empieza a imponerse. Es un buen momento para recorrer todos los pueblos del valle y disfrutar de perspectivas distintas, sin la masificación de los días de máximo esplendor. Aun así, se recomienda reservar alojamiento con antelación, porque la ocupación sigue siendo alta en estas fechas, y aprovechar los días entre semana para una experiencia más tranquila.

Las rutas en coche siguen siendo una forma privilegiada de leer el territorio. La ruta circular por la sierra —Valdastillas, Piornal, Barrado, Cabrero, Casas del Castañar, El Torno y Rebollar— ofrece unos 50 kilómetros de terrazas, miradores y pueblos que conservan la esencia agrícola del Jerte. La ruta lineal paralela al río, siguiendo la N‑110, atraviesa Navaconcejo, Cabezuela del Valle, Jerte, Tornavacas y el Puerto en un recorrido de unos 30 kilómetros que acompaña el curso del agua. Aunque el blanco ya no esté, permanecen las áreas de interés ornitológico, las cascadas, los merenderos, los miradores, las zonas de baño y la Garganta de los Infiernos, que en primavera muestra uno de sus momentos más vibrantes. El valle invita a caminar, a hacer rutas BTT, senderismo, barranquismo, bicicleta o incluso baño de bosque, y a disfrutar de una gastronomía que es la propia identidad de la zona.

Pero volvamos al principio, lo que es evidente es que el Valle del Jerte, una vez que se apaga el blanco, revela su verdadera esencia. La floración es un instante, pero el valle es un territorio vivo que se manifiesta más allá del espectáculo. Quien lo visita ahora descubre que la primavera continúa en los senderos, en las terrazas, en el agua que baja de la montaña, en la gastronomía que preserva la identidad de Extremadura y en la hospitalidad de sus habitantes. La flor se va, pero el valle y sus gentes permanecen.

Una pareja disfruta de la gastronomía extremeña

Más de Extremadura

La gastronomía del Valle del Jerte y del resto de la región merecen capítulo aparte, y es que España es el tercer país de la Unión Europea con más productos con indicaciones geográficas reconocidas, solo superado por Italia y Francia. Aunque comunidades como Galicia o la Comunidad Valenciana la aventajan en número total, Extremadura ocupa un lugar destacado con 18 figuras de calidad diferenciada: 12 Denominaciones de Origen Protegidas y 6 Indicaciones Geográficas Protegidas. Estos sellos amparan productos emblemáticos como el jamón ibérico, el aceite de oliva virgen extra, la miel, las carnes frescas, el pimentón, la cereza o los quesos artesanos. La existencia de estas certificaciones demuestra la excelencia de los productos agroalimentarios extremeños, fruto del compromiso de agricultores, ganaderos y productores que trabajan cada día para mejorar la calidad y sostenibilidad de sus alimentos. Este esfuerzo cuenta con el respaldo institucional de la Junta de Extremadura, que ha intensificado la colaboración con los consejos reguladores de las DOP e IGP, apoyando su funcionamiento, promoción y renovación democrática.

Entre las DOP extremeñas destacan Aceite Monterrubio, Aceite Gata‑Hurdes, Aceite Villuercas Ibores Jara, Cereza del Jerte, Dehesa de Extremadura, Pimentón de la Vera, Queso de la Serena, Queso Ibores, Torta del Casar, Miel Villuercas Ibores, Ribera del Guadiana y Queso de Acehúche. Cada una representa lo mejor de la tradición agrícola y ganadera de la región. Las IGP completan el mapa con productos como el Cordero de Extremadura, la Ternera y Vaca de Extremadura, el Cabrito de Extremadura, el Vino de la Tierra de Extremadura y el Garbanzo de Valencia del Ventoso, actualmente en proceso de certificación. Las DOP e IGP son mucho más que etiquetas: representan la historia, la cultura y la economía de una tierra que ha sabido preservar su autenticidad y mirar al futuro sin perder sus raíces.

Rutas Gastronómicas Sostenibles

Quienes buscan experiencias auténticas pueden seguir viajando por las Rutas Gastronómicas Sostenibles —del Queso, del Ibérico, del Aceite y del Vino y Cava Ribera del Guadiana—, donde productores, cocineros y viajeros comparten un mismo lenguaje: el respeto por la tierra y el gusto por lo bien hecho. La Red de Hospederías ofrece una cocina arraigada al territorio, y la primavera trae consigo ferias gastronómicas que celebran los sabores de Extremadura: la Feria del Espárrago de Burguillos del Cerro (del 10 al 12 de abril), la Feria del Espárrago y la Tagarnina de Alconchel (del 10 al 12 de abril), la Feria del Queso Artesano de Ribera del Fresno (del 11 al 12 de abril) y la Feria del Queso de Trujillo (del 30 de abril al 3 de mayo), que desde 1986 convierte la Plaza Mayor en un gran evento quesero con catas, talleres y jornadas técnicas.

Cascada del Caozo

Agua y vida

El agua es otro de los grandes protagonistas de la primavera extremeña. Tras las lluvias de invierno, los embalses han recuperado su mejor imagen y el turismo náutico cuelga el cartel de “lleno” con reservas hasta julio. Extremadura cuenta con más de 1.500 kilómetros de orillas navegables y más de una veintena de embalses autorizados para actividades acuáticas. Desde Orellana hasta Gabriel y Galán, pasando por Alcántara, Alange o La Serena —el mayor embalse de España y uno de los mayores de Europa—, la región se ha consolidado como destino de turismo azul. Empresas especializadas ofrecen paseos en kayak, rutas en paddle surf o big paddle surf, paseos en barco, barranquismo o rutas guiadas por el agua. Los ríos Tajo, Alagón, Guadiana o Zújar permiten recorrer paisajes de dehesa, cortados rocosos y reservas naturales desde embarcaderos repartidos por toda la región. En el norte de Cáceres, gargantas como la del Guijo de Santa Bárbara o la de Las Nogaledas permiten descensos que combinan adrenalina y naturaleza. La expansión del turismo acuático está estrechamente vinculada al crecimiento del turismo rural en Extremadura, que podría contar con alrededor de 2.000 establecimientos entre casas rurales, apartamentos y campings.

Al final, lo que queda de esta primavera no es solo la estampa que se busca fotografiar, sino la suma de gestos que la sostienen: las manos que podan, las que ordeñan, las que reman, las que abren un portón para enseñar un queso recién hecho o un aceite que huele a monte. Cuando el blanco del Jerte se desvanece, emerge una región que no necesita artificios para mostrarse: basta seguir un sendero, escuchar el agua que baja de las gargantas, probar un producto con nombre propio o detenerse en un pueblo que celebra sencillamente lo que es. Extremadura no se explica en un solo paisaje, sino en la manera en que cada uno de ellos se enlaza con el siguiente, como si la primavera fuera aquí menos un espectáculo que un modo de estar en el mundo.

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