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Petróleo, dólares y sangre

El presidente de EE.UU., Donald Trump, habla en la Casa Blanca en Washington, D.C., EE.UU., 27 de febrero de 2026. EFE/ Octavio Guzmán
1 de marzo de 2026 22:23 h

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Decíamos la semana pasada que, tras la sentencia contra los aranceles del Tribunal Supremo, se estaba rifando un bombardeo en Irán y efectivamente le ha tocado; con el pleno al quince de llevarse al otro barrio al ya moribundo por cáncer ayatolá Alí Jamenei. Ya avisa la CIA que hace tiempo que no lleva las riendas y el régimen tiene al sustituto al mando. 

Todos los líderes árabes que tanto se han alegrado del asesinato de su rival en nombre de la democracia, tal vez deberían tentarse la ropa y el GPS antes de hablar dado el nivel de calidad democrática de sus feudos. A los europeos tampoco les vendría mal protegerse e invocar al menos el derecho internacional. El emperador naranja se ha vuelto previsible, pero no tanto. Cualquiera puede ser el siguiente.

Resulta enternecedor ver a tanto “freedom fighter” patrio explicándonos que es por las mujeres y los homosexuales iraníes —como si fueran especies animales en extinción—, o exigiendo se les presente un certificado de conducta ante otras dictaduras para alcanzar su altura moral. Después del ridículo que se han comido en Venezuela, ahí los tienes, en posición de saludo para comerse otro en Teherán. No era en la Quinta avenida que te seguirían votando si disparabas a alguien, Donald; era en Gran Vía.

Ni ayatolas, ni pirolas. Si hoy se bombardea a la misma población civil a la cual se anima a sublevarse se debe a que USA controla cerca del 40% de las reservas de crudo tras quedarse con las de Venezuela. Le conviene el cierre del estrecho de Ormuz para estrangular el tráfico y reforzar su posición estratégica en un recurso vital. Petróleo caro y escaso para el mundo; gasolina barata y abundante para casa. Dólares, petróleo y sangre inocente; business as usual.

En un año electoral para Benjamín Netanyahu y para Trump, no hay mejor campaña que otra guerra que ambos están convencidos de ganar con un coste asumible en bajas propias; no es el motivo principal, pero aporta un excelente incentivo.

Seguramente haya pesado más el final forzado de la guerra comercial impuesto por la sentencia del Tribunal Supremo y su duelo estratégico con China. Ya lo dijo Claus Von Clausewitz: la guerra es la continuación de la política por otros fines. Perdida la guerra comercial volvemos a los clásicos. 

Sin Venezuela y sin Irán, el gigante rojo se queda sin sus mejores proveedores de energía barata y sin dos aliados muy prometedores en dos áreas de influencia claves. Si ha salido bien en Caracas, no tiene por qué salir mal en Teherán. El emperador naranja ya sabe que ni Rusia ni China y aun menos la UE van a hacer mucho más que protestar, al menos en público. Vale la pena intentarlo. 

El problema de este razonamiento reside en que Trump cree que China está jugando a su mismo juego, pero se equivoca. Trump tira los dados y espera lo mejor. Xi Jinping estudia su jugada antes de mover pieza. La Administración Trump juega al mentiroso y China juega al ajedrez. Por eso le ha acabado ganando la disputa comercial y dejado a USA con unos aranceles que doblan aquellos que ahora puede imponer Trump; porque observa, espera y luego mueve. 

China confía en que los ayatolás no van a caer sin una invasión por tierra y sabe que USA no va a llegar a tanto porque los riesgos serían inasumibles incluso para Trump. China lleva una década acelerando su transición ecológica y depende hoy del petróleo y el gas menos incluso que Europa. No tiene prisa. La Administración Trump necesita una victoria rápida para evitar el fantasma de Irak; a China le vale un desgaste lento que incluso acabe reforzando al régimen y a su propia posición en Oriente Medio ¿Y Europa? Europa da tabaco.

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