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Espérame en noviembre

Una casa rústica en Ávila y una motocicleta, únicos bienes de Pablo Iglesias

Como han demostrado que son listos de verdad, y como todo -hasta ahora- les ha ido de perlas, es comprensible que para la mayoría de la gente cada decisión que toman los líderes de Podemos se interprete como parte de un plan perfecto que, como los del equipo A, sólo puede salir bien. Se presentaron a las europeas apenas cuatro meses antes, con una campaña relámpago que les salió redonda: nada menos que cinco eurodiputados. Ahora, con la misma audacia, han decidido que no se presentarán con su marca a las municipales. Apoyarán difusas agrupaciones ciudadanas, pasarán de puntillas por las autonómicas, y pondrán la directa hacia las generales de noviembre.

No pocos de sus seguidores se confiesan confundidos. ¿Por qué un partido que se dice preparado para gobernar España renuncia a intentar cambiar las cosas en la administración más cercana a la gente? ¿Por qué dicen proteger sus siglas de posibles advenedizos pero al mismo tiempo están dispuestos a apoyar públicamente candidaturas desconocidas, deslavazadas, incontrolables? ¿Cómo se supervisará después a esos alcaldes y concejales? ¿Por qué una formación que presume de democracia de-abajo-a-arriba no deja autonomía a sus círculos locales para tomar esa decisión? ¿De quién desconfía la cúpula de Podemos; de los que puedan venir de fuera o de los que ya están dentro? Sin embargo, la mayoría sacude sus dudas con una especie de mantra: si lo hacen así, será porque es lo mejor. Al fin y al cabo, son los maestros de la estrategia. ¿Lo son?

La realidad es que las últimas decisiones de Pablo Iglesias y los suyos son arriesgadas, y está por ver si serán una prueba más de su genialidad política o un error que les haga perder lo ganado tan brillantemente. Por mucho que lo deseen PSOE e IU o lo proclamen algunos medios, encuesta en mano, es exagerado decir que el movimiento se está desinflando, pero sí existe la sensación de que lleva un tiempo algo atascado, bloqueado, falto de chispa.

Primero fue una asamblea ciudadana que les hizo amos del prime time, pero que también dejó una cierta imagen de ensimismamiento, de dedicarse en exceso a hablar de sí mismos. Luego fue la elección de una estructura interna que, aunque innovadora en muchos aspectos, huele a pirámide jerárquica clásica y ha despertado resquemores que, sin ser graves, afectan de un modo especial a una militancia hipersensible y volátil, que se ha movilizado con mucha energía pero que también puede caer fácilmente en el desaliento.

A continuación vino la propuesta económica, que supone un legítimo intento de abarcar la “centralidad” política pero que es también un giro ideológico evidente, una enmienda en toda regla al programa que presentó en las europeas hace apenas unos meses. Después se ha producido la polémica de Íñigo Errejón –mal gestionada-. Y por último está ahora en un confuso proceso de elección de las estructuras locales que está provocando tirones en los círculos en un momento delicado. ¿Pero entonces, Podemos va o no a las municipales?, se pregunta la gente. ¿Están eligiendo líderes internos o candidatos a alcalde? ¿Qué significa el anuncio de la dirección de que denunciarán cualquier candidatura electoral que lleve el nombre o el logo de Podemos? ¿Se está fraguando una resistencia interna a la decisión de no acudir a los comicios locales? ¿Actuará llegado el caso la cúpula contra sus propios círculos, teórico corazón de la organización?

No se me entienda mal: Podemos continúa siendo una fuerza emergente de indudable potencia política. Más aún en un proceso de hundimiento del PP, de inconsistencia socialista y de estupor en IU. Pero en el año que queda hasta noviembre, sus dirigentes saben que no pueden confiar únicamente en los fallos del contrario. Podemos necesita un revulsivo y quizá por eso ha convocado, para sorpresa de los propios círculos, una gran movilización de apoyo el próximo 31 de enero con la que mantener caliente el ánimo de sus seguidores. Porque en política el invierno es muy largo y hace frío para todos.

 

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