¿Qué hacemos después de los resultados de Andalucía? Enseñanzas desde New York y Hungría
Los resultados de las elecciones andaluzas no han sorprendido a nadie. Las encuestas ya anticipaban un escenario muy similar y, desde la noche electoral, se han multiplicado los análisis sobre las causas del retroceso progresista y el avance de la extrema derecha. La pregunta relevante es: ¿qué hacer a partir de ahora? ¿Cómo encarar el próximo ciclo electoral en un contexto donde los marcos discursivos dominantes se centra en la “prioridad nacional” y la “seguridad”, desplazando los debates esenciales como la sanidad pública, la vivienda, la dependencia o la precariedad laboral? Para dar una posible respuesta, conviene mirar más allá de nuestras fronteras y observar qué estrategias han permitido a candidatos progresistas ganar en escenarios adversos. Dos ejemplos recientes destacan por su capacidad de generar ilusión y movilización: el nuevo presidente de Hungría y el alcalde de Nueva York.
Péter Magyar alcanzó la victoria en las elecciones húngaras gracias a una combinación de narrativa de cambio, moderación estratégica y movilización social sin precedentes, que le permitió romper el dominio de más de 16 años del partido Fidesz. Su campaña se construyó sobre un mensaje central: Hungría necesitaba una regeneración democrática profunda, no solo un cambio de gobierno. Una de sus tácticas más efectivas fue evitar los temas polarizantes que tradicionalmente habían beneficiado a Orbán, como la inmigración o los debates culturales. Durante dos años, Magyar se mantuvo deliberadamente alejado de esas discusiones y centró su discurso en asuntos transversales: corrupción, economía, Estado de derecho y relaciones con la Unión Europea.
Su credibilidad se reforzó con un gesto que marcó un antes y un después: su ruptura pública con Fidesz en 2022, denunciando prácticas opacas y falta de transparencia. Ese gesto le permitió conectar con votantes desencantados, incluidos sectores que tradicionalmente habían apoyado al gobierno. Pero la clave de su campaña fue el trabajo territorial. Magyar recorrió más de treinta municipios en apenas diez días, visitando pueblos pequeños y ciudades medianas donde la oposición llevaba años sin presencia real. En plazas, centros de salud, bibliotecas o comercios locales, escuchó a vecinos y respondió preguntas sin guion, construyendo una imagen de cercanía que contrastaba con la distancia institucional del gobierno. Su estrategia digital, basada en mensajes directos, le permitió sumar cientos de miles de seguidores y amplificar su mensaje más allá de los medios tradicionales.
En Nueva York, Zohran Kwame Mamdani siguió un camino distinto, pero con puntos en común. Su campaña se articuló alrededor de una idea sencilla pero poderosa: la ciudad estaba en crisis, pero era posible estabilizarla sin recortar servicios esenciales. Su lema –No se puede vivir en Nueva York– sintetizó el malestar de miles de inquilinos y trabajadores urbanos que sienten que la ciudad se ha vuelto inaccesible. Mamdani no se limitó a denunciar el problema: presentó propuestas concretas y visibles, como un impuesto a las segundas residencias de lujo, la expansión de la vivienda asequible o la mejora del transporte público mediante nuevos carriles de autobús. En barrios como el Bronx, utilizó ejemplos reales –familias expulsadas por alquileres inasumibles, estaciones de metro saturadas– para ilustrar la urgencia de sus reformas.
La pregunta, inevitable, es si las fuerzas alternativas al PP serán capaces de asumir ese giro estratégico, reconstruir una conexión real con la ciudadanía y disputar los marcos que hoy monopoliza la derecha
Su estrategia organizativa fue igual de contundente. La campaña movilizó a más de 100.000 voluntarios, que tocaron tres millones de puertas, un despliegue que recuerda a las grandes campañas de base de la última década. Además, registró 37.000 nuevos votantes jóvenes en solo dos semanas, demostrando que la participación no es un fenómeno espontáneo, sino el resultado de un trabajo sostenido. Mamdani también apostó por una comunicación digital innovadora: sus vídeos sobre vivienda y transporte se viralizaron, y su presencia en redes –donde más de 10.000 personas siguieron en directo una sesión de preguntas– reforzó su imagen de político accesible y dispuesto a escuchar.
A pesar de las diferencias entre ambos contextos, las campañas de Magyar y Mamdani comparten una fórmula que merece atención. Ambos salieron del despacho y buscaron a los votantes allí donde están en su vida cotidiana. Ambos construyeron coaliciones amplias, capaces de unir a jóvenes progresistas, clases trabajadoras, comunidades migrantes o votantes rurales desencantados. Ambos evitaron caer en la trampa de la polarización y apostaron por mensajes claros, transversales y emocionalmente reconocibles.
La pregunta, inevitable, es si las fuerzas alternativas al PP serán capaces de asumir ese giro estratégico, reconstruir una conexión real con la ciudadanía y disputar los marcos que hoy monopoliza la derecha. Porque, como muestran Nueva York y Hungría, la ilusión se construye y la movilización se organiza.
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