La vida de película del anarquista gaditano que protegió al soldado que rezaba en la Batalla del Ebro
Finales de julio de 1938, en un lugar indeterminado entre Gandesa y Corbera, Terres de l’Ebre. La 16ª división del Ejército Popular de la República, comandada por Manuel Mora Torres, se dirige hacia la batalla más decisiva de la Guerra Civil española. Exhausto, Juan López, anarquista de Jimena de la Frontera, un pueblo corchero de la sierra de Cádiz, se acerca a un pozo para llenar la cantimplora. Allí escucha el sollozo de un prisionero, que al sentirse observado arroja algo al matorral. López lo recoge: es un escapulario cuyas letras bordadas dicen “detente, bala”, por un lado, y “Señor, protégelo”, por el otro. El prisionero tiembla, cree que va a morir, y cuenta al anarquista que su abuela se lo colgó al cuello mientras le decía que le rezara cuando se viera en apuros.
Pero Antonio Rebollo, soldado cartameño enrolado a la fuerza en el ejército franquista, no murió aquel día. “Si alguna vez vuelves a ver a tu abuelita le dices que fue un andaluz de Jimena, no creyente, quien te ha protegido hoy en este lugar; puedes ponerte las medallas que quieras, ya que somos libres de colocarnos lo que se nos antoje”, le dice el anarquista mientras le devuelve el colgante. “Le di mi nombre y le insistí para que se lo contara a su abuela. Luego me alejé de él deseándole suerte”, escribiría en un cuaderno de cuartilla décadas después.
Tras sobrevivir a la Batalla del Ebro, Antonio regresó a Cártama con la pierna llena de metralla y nunca volvió a saber del anarquista, que acabó la guerra exiliándose en Francia. Nunca volvieron a verse.
El pasado martes, casi 88 años después de aquello, Helios López, hijo del anarquista y soldado republicano Juan López, se encontró en la biblioteca de Cártama con los sobrinos de Antonio Rebollo Benítez, soldado franquista de la Quinta del Biberón. Y los únicos familiares de Rebollo, emocionados por la ocasión, le contaron a Helios que aquello que Juan escribió en sus memorias también se lo contó a ellos su tío, palabra por palabra. “Mi abuela y mi madre me lo contaron muchas veces, y también él en alguna ocasión, siempre agradecido a aquel republicano”, cuenta María Sánchez Rebollo a elDiario.es.
El reencuentro de los familiares de los protagonistas de esta historia fue el momento culminante de la presentación en Cártama (Málaga) de Juan López: El republicano que intentó cambiar la historia de España y la huella de la niña Libertad, escrito por Juan Ignacio Trillo y editado por la Diputación de Cádiz, donde se recoge y documenta la vida del anarquista que devolvió aquel escapulario. “Tenemos la fortuna no sólo de que haya descendientes, sino de que hubo transmisión oral de que eso ocurrió. No pasa en muchas familias, donde de esa época no se habla”, explica el autor.
De la juía a los campos de trabajo nazis
No es la única historia fascinante que recogen las memorias del anarquista gaditano. En aquellos cuadernos escritos con letra límpida por su padre, Helios descubrió todo: el fusilamiento de su tío (republicano, sindicalista y masón, como el resto de la familia); la juía de su padre junto con 4.000 jimenatos, más de medio pueblo, cuando los regulares tomaron Jimena a finales de septiembre del 36; el alistamiento como miliciano; la caída de Málaga y la Desbandá de cientos de miles hacia Almería. También, su participación en las decisivas batallas del Jarama, Teruel y Ebro. Finalmente, la retirada por La Junquera el 9 de febrero de 1937 junto a más de medio millón de españoles. “Me despedí de mi querida España besando su suelo, sin saber cuándo regresaría”, anota López.
En la frontera francesa le requisaron la estilográfica que se compró con su primera paga militar y luego lo confinaron al raso con otros 100.000 refugiados, tratados como apestados. Primero en la playa de Argelès-sur-Mer; cuando no cupieron más, en Saint-Cyprien. “Desde fuera del campo tomaban fotos y luego las publicaban en sus periódicos conservadores con grandes titulares que informaban que ”los rojos“ españoles se peleaban entre ellos mismos”, se duele en las memorias. “Aprovechando el hambre existente, estos desaprensivos lanzaban panecillos a las alambradas”. Pasó tres meses allí.
Tras reunirse con su hermano, Juan López ingresó en una de las compañías de trabajadores extranjeros con las que Francia se nutrió de refugiados para los trabajos en la retaguardia. Pasó por un taller de ensamblaje de aviones, descargó obuses y picó piedra, hasta que, como otros republicanos españoles, fue entregado a los alemanes por el régimen de Vichy. De la noche a la mañana pasó a trabajar a la fuerza para una empresa alemana, Estewing, en el Lager Franco de Hennebont, en el departamento de Morbihan.
El atentado contra Franco
Tras la liberación de Europa, López se exilió en el sur de Francia y mantuvo su militancia en CNT, que aún habría de meterlo de cabeza en otra aventura. Helios recuerda que su madre contaba que una vez encontró una maleta repleta de granadas y pistolas en el altillo de un armario. También, que una noche encontró a su padre y a otro español ante un gran agujero en el jardín, y que después vino un camión y cargó. “Cuando ella contaba todo esto mi padre sonreía, pero no decía una palabra”.
Juan nunca relató este episodio en sus memorias, pero Helios se lo contó a Trillo, que indagó y ató cabos: encontró algunas publicaciones periodísticas y Historia de un atentado aéreo contra el General Franco, un libro donde Antonio Téllez Solá relata el intento frustrado (otro más) de acabar con la vida del dictador bombardeándolo desde el aire mientras disfrutaba de las vistas de una regata en San Sebastián en 1947.
La avioneta Norécrin, cargada de explosivos y tripulada por Primitivo Gómez Pérez, José Pérez Ibáñez y Antonio Ortiz Valencia, despegó de un pequeño aeródromo de Dax, a 50 kilómetros de Mont de Marsan, pero regresó horas después habiendo fracasado en su misión tras ser detectada por cazas españoles. Acabaron arrojando las bombas sobre el Atlántico frente a las costas de Biarritz.
A partir de esas pistas, Trillo concluye que el agujero en el jardín de la casa de Mont de Marsan ocultó las bombas con las que los conspiradores anarquistas liderados por Laureano Cerrada trataron de eliminar a Franco, y que López era El Pelao, el anarquista andaluz que proveyó del arsenal. Lo había escamoteado tras la huida de los nazis del campo en el que trabajaba.
Helios tiene el recorte de un periódico local donde se da cuenta de una explosión misteriosa en aquella jornada, y relata que a su padre empezaron a llamarlo El Pelao, en francés, cuando lo raparon a la fuerza en el campo de Le Barcarès, pero no puede confirmar que la hipótesis de Trillo sea cierta. “Mi padre nunca lo contó y yo de esto no sabía nada, y bueno… sigue siendo difícil de creer”.
“Quería transmitir algo contra el fascismo”
Durante mucho tiempo, Helios no quiso saber demasiado de todo esto. Terminada la Guerra Mundial, su padre se casó con Yvette y a él lo que hubiera pasado años atrás en España no le interesaba mucho. Algo empezó a cambiar en 1971, cuando su padre regresó por primera vez a Jimena. Allí sacaba un cuaderno y se ponía a escribir. “Me sorprendía mucho, porque para mí era un obrero, un carpintero que trabajaba duro con sus manos, y nunca lo había visto escribiendo. Solo escribía cuando venía aquí”. ¿Qué demonios apuntaba con tanto afán? Pronto lo supo: poemas y, también, el relato de su vida.
Cuando murió, su hijo Helios y su nieto Romaric pusieron orden, los transcribieron y entregaron una veintena de copias a sus familiares, algunos en Francia y otros en Jimena. Una de esas copias fue a parar a manos de Ignacio Trillo, intenso rastreador de las pequeñas historias que conforman la Historia, quien se puso a la tarea de localizar a aquel Antonio Rebollo, el soldado del escapulario. Lo encontró con la ayuda de Fernando Bravo, el cronista de Cártama. “Este es el hombre del que hablaba tu padre”, le dijo cuando le mostró la foto del cartameño del escapulario.
Aquellos cuadernos, que ahora Helios está paseando de nuevo por España, contenían el recuerdo de una vida marcada por la guerra. Fue Trillo quien le convenció haciéndole ver que la Historia se compone de pequeñas grandes historias. Ahí pudo comprender cómo la peripecia de su padre encapsulaba los años convulsos de España y de Europa: los movimientos obreros, la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial, el Franquismo, el exilio. “También comprendí que él era un auténtico republicano, y que la libertad y la democracia eran algo muy importante para él que no podía acabar en 1939 ni en 1944, sino que tenía que seguir hablando de ello”.
“Su historia y la de tantos otros que también combatieron me permite comprender el mundo”, dice hoy: “Cuando vemos lo que está sucediendo ahora en Ucrania, en Gaza, los resultados de las elecciones aquí el domingo o cómo en Francia probablemente tengamos un Presidente de la República de extrema derecha, pienso que lo que mi padre quería transmitir algo importante contra el fascismo y las dictaduras”, zanja, con la certeza de que su padre estaría orgulloso de que su hijo nacido en el exilio sea hoy un español difundiendo en su país la trágica Historia que le tocó vivir.
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