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Elecciones municipales: la política institucional ya es solo para los profesionales

Imagen de archivo de unas votaciones en urnas.

Santi Fernández Patón

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Durante cuatro años formé parte de una candidatura ciudadana en Málaga, especialmente en los equipos de argumentario y de comunicación. De aquella experiencia, que finalizó en las elecciones de 2019, extraje algunas conclusiones que ya conté en otro lugar. Desde entonces, cada vez que arranca una campaña electoral vuelvo a las mismas certezas.

En primer lugar, que la mayor parte del trabajo institucional que se desarrolla desde la oposición en un Consistorio no tiene trascendencia en la vida cotidiana de la ciudadanía. De hecho, en las grandes ciudades la ley permite que las mociones plenarias no se ejecuten (excepto en las referidas a presupuestos y fiscalidad). Ese disparate legal lleva a que, a la postre, la tarea de los grupos municipales se centre, en su mayor parte, en sacar el máximo partido al escaparate que durante cuatro años un concejal tiene a su disposición. Esto es, defender esas mociones inútiles como demostración de que tu partido tiene un modelo de ciudad mejor que el del Gobierno, aunque solo sea sobre el papel. En otras palabras, vivir cuatro años en una campaña constante.

¿Quién puede vivir en una perpetua campaña electoral? Los políticos profesionales. Es decir, los políticos contra los que la nueva política se alzó, pero únicamente para reparar, más pronto que tarde, en que combatirlos exigía competir en su misma arena. Esto llevó al resultado paradójico de que muchos de esos representantes de la nueva política encarnan a ese mismo tipo de político profesional que despreciaban. Es algo que cualquiera puede comprobar en su municipio cuando asiste a las peleas vergonzantes por encabezar listas, cuando se invalidan primarias si no ratifican lo pactado a puerta cerrada, cuando las coaliciones se terminan de definir en función del reparto de dinero y técnicos a contratar. En definitiva, cuando las formas ya no se diferencian de las de la vieja política. En las papeletas se repiten nombres que, si antes se integraban en movimientos sociales, ahora han encontrado un modo de vida bien pagado en esto de la política institucional. De más está decir que hay excepciones honrosas, claro.

Se da una paradoja relativa a otro de los fetiches que enarbolamos desde la nueva política: la participación. Podríamos concluir que la participación acabó por convertirse, de manera primordial, en el uso de redes sociales y la viralización de contenidos

Lo cierto es que esquivar la lógica electoral, la campaña interminable, carece de todo sentido en el juego institucional y, lo que es peor, ni siquiera entrando en él, tienes posibilidades reales de salir airoso si no engulles una serie de códigos y conductas. Eso lo saben bien quienes ya se han convertido en profesionales del juego. En el fondo, no es de extrañar. La nueva política evidenció lo que ya sospechábamos: que en cualquier pleno municipal es muy fácil destacar, porque la mediocridad es la norma.

En ese sentido se da una paradoja más, en este caso, relativa a otro de los fetiches que enarbolamos desde la nueva política: la participación. Podríamos concluir que la participación acabó por convertirse, de manera primordial, en el uso de las redes sociales y la viralización de contenidos. La paradoja estriba en que de alguna manera las redes pueden convertirse exactamente en lo contrario a la participación. Pueden confundir el rol de espectador, a veces interactuante, con el de participante. La participación, por tanto, se convierte en un arma de doble filo, que en momentos de alta intensidad puede llevar a una euforia mal correspondida con la realidad, mientras que en momentos de baja intensidad genera frustración.

¿Es riguroso repetir el mantra de la horizontalidad cuando apenas hay participación? ¿Una participación desbordante resulta operativa o precisa de instancias más verticales? En esas circunstancias, ¿damos por buena que la participación se convierte en realidad en un volcado de opiniones? ¿Se puede hablar de participación si no hay verdadera intervención? ¿Cómo denominamos la participación cuando no va acompañada de asunción de labores? ¿Cómo garantizamos la horizontalidad y la participación cuando a la fuerza el asalto institucional provoca dinámicas bien diferenciadas entre un grupo municipal y el partido en sí?

En mi opinión, de aquello que llamamos la “nueva política” quedan, sobre todo, los actores y algunas prácticas que merecen destacarse, como las limitaciones salariales. Poco más

Son preguntas que me hacía entonces, porque estaban en nuestras reflexiones cotidianas. Sin embargo, al ver los procesos con los que se han conformado las listas para estas elecciones municipales, compruebo que ahora han quedado excluidas. Es un síntoma más de esa profesionalización que, por otro lado, parece contar con el refrendo del electorado. No en vano se decantó por ese tipo de listas en 2015.

En mi opinión, de aquello que llamamos la “nueva política” quedan, sobre todo, los actores y algunas prácticas que merecen destacarse, como las limitaciones salariales. Poco más. Creo que hoy día a nadie se le escapa que se trata, sobre todo, de votar el mejor programa o el mejor partido, si se prefiere, pero no necesariamente votar al partido diferente, en fondo y forma. En suma, aunque con otros nombres electorales, en esas papeletas se podría decir que encontramos las mismas opciones que hace una década: las de los profesionales de la política. ¿Se acuerdan de aquello de “¿Cuándo fue la última vez que votaste con ilusión?”. Solo han pasado 9 años.

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