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Mejor el ruido que la tristeza

Auxiliares de la Junta de Andalucía en las playas

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Nos fuimos de vacaciones con la urgencia de dejar atrás el inventario angustioso de infectados, el martilleo constante de la bronca política, los sobresaltos. Nos fuimos con la ilusión de conseguir desconectar de la letanía de noticias desalentadoras, de romper con la rutina del miedo permanente. Sin embargo, no ha habido paréntesis -quizás unos pocos destellos de lo que solía ser la vida anterior- porque el virus ha estado en todas partes como una sombra chinesca de nosotros mismos: en las playas de ociosos vigilantes que pasean de tres en tres, en los bares de terrazas atiborradas y camareros con la nariz fuera de la mascarilla, en los hoteles con turno militar de desayuno, en las breves escapadas de numerus clausus. En cualquier conversación. Para la mayoría el cambio de aires ha sido apenas un alivio. La pandemia no concede treguas.

Septiembre, el mes oficial del reencuentro y los estrenos, viene este año de costado. Empieza sin fuelle. Las pilas cargadas, los proyectos ilusionantes, las energías renovadas y demás enunciados tópicos que en otras ocasiones encabezan el inicio de la temporada evidencian ahora su banalidad, cuando no parecen un sarcasmo, ante la persistencia de la anormalidad en la que habitamos y de la que resulta imposible evadirse más allá de unos instantes. No hay manera de colocarse al margen. La realidad embozada de este thriller claustrofóbico nos atropella a cada paso. El verano comenzó con la esperanza de mejora y el otoño que se adivina va certificando la derrota. Iniciamos un curso político y escolar ayuno de expectativas, donde abundan los malos augurios y la cuesta del de por sí fatigoso retorno está más empinada que nunca.

Pese a lo diferente, e incluso original, de las normas y usos que hemos de adoptar, a este septiembre le falta la excitación de las cosas nuevas porque el destrozo del virus es ya viejo. Como vieja es la desigualdad en la que ahondan siempre las crisis, cebándose en los pobres. La innovación del curso es andar con mamparas en aulas y oficinas, y poner en práctica medidas que al principio parecen ingeniosas pero que, tras una pensada, resultan ser incongruentes. Llevamos demasiado tiempo dando las mismas vueltas y, en este contexto, el regreso al ruido de los políticos da una especial pereza. Chillando al unísono, clamando por lo contrario que habían pedido también a voces, retorciendo argumentos, intercambiando medias verdades y grandes mentiras; invocando al acuerdo mientras cierran puertas, y con el punto de mira en la ventaja de sus partidos y carreras. No necesariamente por este orden.

El ciudadano común se ha sumado al ruido. Es cierto que vemos con alarma cómo se astilla la cobertura pública, sobre todo la sanitaria, que ha sido abandonada a su suerte. Y que se han esfumado servicios a los que antes teníamos derecho con la coartada de los contagios. Pero también es verdad que los que más gritan (gritamos) no son los desvalidos ni los padres de niños que se hacinan en viviendas diminutas. Protestan (protestamos) quienes menos razones tienen, con exigencias absurdas que se saben imposibles y que rayan en el disparate. Piden (pedimos) que los políticos renuncien a sus posturas para unirse a esfuerzos comunes al mismo tiempo que cada uno quiere que se atienda su caso particular con prioridad. Todos andamos crispados, con un punto de exasperación. Supongo que es mejor eso que la tristeza.

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Publicado el
2 de septiembre de 2020 - 20:33 h

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