Metisaca en el 23-F
El metisaca es una suerte de estocada fallida. El torero, el director de la lidia, entra a matar pero en el último momento se arrepiente de la manera de ejecutar el lance y saca el estoque. El resto de la cuadrilla acude raudo al lugar del crimen y se dedica a dar enloquecidos mantazos, los más para salvar al torero de su desacierto, una vez perdido el terreno; el pueblo, según entienda, aplaude o abuchea al torero. En los mejores cosos se oye el silencio.
Los papeles desvelados del 23F han producido jolgorio entre el pueblo partidario y sus peñas, sospechas sobre ausencias y desapariciones destacables y un cierto desconcierto en la ciencia historiográfica. Cuando Jorge Luis Borges afirmó que la historia es una ciencia intermitente se refería a esto, los historiadores escriben sobre los papeles y otras fuentes a su disposición pero no sobre lo que falta, de ahí las lagunas. Incluso hay materiales que desdeñan y, por añadidura, no todos los científicos miran con el mismo ojo.
El ejemplo de Eric Hobsbawm observando Santa Mónica desde su ventana es muy pedagógico. Decía que al observar uno no ve la realidad que existe allá afuera sino una selección muy específica, el observador ve lo que quiere ver. De todo el paisaje, del caserío urbano, emerge la torre capitel de una iglesia pero depende desde donde mires la ves o no; sin embargo, el capitel está ahí, sigue, incluso si decides mirar desde distintos ángulos de tu ventana. A veces, se echa una espesa niebla- frecuente en la región- y te impide ver el capitel aunque quieras verlo. Pero sigue ahí, no anda como los elefantes.
José Antonio Martín Pallín contaba su experiencia como fiscal en Madrid en un día de niebla, el 23F. El juez que le tocó se negaba a secuestrar la publicación de El Alcázar prevista para salir en apoyo del golpe, solo la decisión política y arrojo de Francisco Laína pudo evitar esa alianza, no nueva, entre un juez y cierta prensa; al día siguiente, en la junta de fiscales, el joven fiscal perdió tres contra treinta y tres en un intento de emitir una nota enérgica en contra del golpe.
Las conversaciones entre las altas cúpulas militares en un tono tan grosero muestran el estado real de los cuarteles en aquel tiempo. El España, una grande y libre, resultaba una pieza afinada comparada con los ¡Por España, coño, por España! Los militares insurrectos- supongo que los historiadores lo habrán notado y anotado- no hablaban en ningún momento de lealtad a la Constitución, sus lealtades o deslealtades eran referidas al rey.
El rey, por cierto, cual historiador bizco, no vio el capitel de la torre de la Iglesia, ni entre el paisaje de Santa Mónica hubo manera alguna de verlo a él hasta que la niebla empezó a disiparse y el parte meteorológico europeo se oyó en las cancillerías.
Vino la calma y las mayorías absolutas de progreso y nada se reformó, porque al parecer, nadie había visto ni a militares ni guardias civiles y policías, jueces y fiscales, medios de comunicación, empresarios y una ley de secretos oficiales de 1968 en un BOE aborrascado. Ahí sigue y así seguimos pero Santa Mónica y su torre capitel también continúan ahí.
Lo principal falta, al final no sabemos ni quién fue el supremo hacedor, el torero, el director de lidia. Una corrida sin reglamento con un cartel mutilado. La crónicas más serias, con excepción de las de los sobrecogedores, los que cogían y aún cogen los sobres en las recepciones de los hoteles de toreros, apuntan a que de todas las grandes corridas de estos tiempos de monarquía parlamentaria, la del cartel del 23F acabó entre mantazos, sin puntilla y algún que otro almohadillazo, tras un enorme desdibujado metisaca.
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