Odorscopia
En tiempos de pocas alegrías y solo una cierta esperanza húngara, te vienen a la memoria viejas reflexiones sobre la opinión pública. Me muevo entre D’Alembert: “La opinión mueve el mundo” y David Graeber: “Las opiniones se tienen cuando no se tiene el poder, los gobiernos no tienen opinión, tienen políticas”.
De Graeber ya se puede entender que fuera —D’Alembert es muy antiguo— un antropólogo revoltoso y cimarrón. Me gusta compartir sus reflexiones desde el papel ya que hace unos años que nos dejó. Traigo esta vaina porque estoy profundamente fascinado y preocupado por la a su vez fascinación política, sobre todo la gubernamental, por la opinión, sus pompas y escenografía, sea la periodística o la tertuliana, sea en versión radiada o televisada. Creo que es una burbuja podrida.
Hoy parece como si fuera más importante la opinión que la acción, más relevante incluso que la deliberación que también parece abandonada por la oposición, la que sea, muy frecuentemente rebozada de insultos y descalificaciones. Y el demos se ha contagiado. Superar en audiencia a Motos se considera la señal inequívoca del avance de la izquierda, que tu tertuliano preferido tenga un buen día y ocurrente es otra señal indiscutible de que vamos bien. Por favor, no se lo crean.
La pregunta es: ¿tan pobres son los políticos, las instituciones en las que están presentes, como para dejar todo en mano de opinadores? Es más, algunos de estos políticos, se muestran más cómodos y hasta se regocijan en las tertulias en vez de en la potente comunicación política directa de la que podrían disponer.
Ya sé que la información importa que hay un mundo fuera muy potente, se le llama redes y alguna otra cosa más, pero es una gran derrota para el futuro de la democracia que esa sea la arena del debate, deliberación y conversación pública. Entre otras cosas porque la política debe tener cara y las nuevas maneras de hacer mala política no tienen ni que tenerla. El futuro no lo podemos dejar en manos de influenciadores y milituiteantes. Como consejo crítico, líbrennos los dioses de los tuitstonics del tardeo y sus eructos.
A esa opinión pública tertuliana, editorial o columnista se une con entusiasmo la demoscopia. Para qué convocar elecciones, las encuestas marcan un fatalismo inexorable que las haría innecesarias. Patrick Champagne, uno de los mayores críticos de la demoscopia política, a la que llamaba su mentor, Pierre Bourdieu, una ciencia sin científico, señala entre otras cosas dos debilidades antidemocráticas: una, que reducía al mínimo el peso político de las minorías, que nunca aparecen; otra, que con frecuencia son o como un horóscopo o como la meteorología, puede fallar, como de hecho suele ocurrir, pero todo el mundo coge el paraguas.
Entre la opinión sobrevalorada y la demoscopia insistente, performativa y fatalista, me apunto a una nueva ciencia: la odorscopia. De momento no es tan popular ni mediática pero ya llegará su tiempo. Me huele que hay oleajes indetectables, corrientes y vientos que no se esperan. En definitiva que con permiso de la pasión de los gobernantes por la opinión y los opinadores y su fascinación en detrimento de la acción, con permiso de la demoscopia de salón y redacción confío en el olor de la primavera. Se nos ha olvidado pero alguna vez existió otra clase de resistencia, la minoría silenciosa.
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