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Sobre este blog

La Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, constituida en 1990, es una asociación de carácter privado, sin ánimo de lucro, cuyo fundamento lo constituye la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por la ONU en 1948. Aunque el ámbito de afiliación de la APDHA y su área directa de actuación sea el territorio andaluz, su actividad puede alcanzar ámbito universal porque los Derechos Humanos son patrimonio de toda la Humanidad.

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Cuando ya da igual todo

Rosa Barrera

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Sobre este blog

La Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, constituida en 1990, es una asociación de carácter privado, sin ánimo de lucro, cuyo fundamento lo constituye la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por la ONU en 1948. Aunque el ámbito de afiliación de la APDHA y su área directa de actuación sea el territorio andaluz, su actividad puede alcanzar ámbito universal porque los Derechos Humanos son patrimonio de toda la Humanidad.

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Hay una sensación cada vez más generalizada de que hemos entrado en una fase en la que ya da igual todo. Da igual vulnerar derechos humanos a gran escala o banalizar siglos de opresión en un gesto público.

El lunes asistimos, pese a las numerosas voces que le venían aconsejando lo contrario, al blackface del presidente andaluz, Juan Manuel Moreno Bonilla. El blackface no es un disfraz inocente: arrastra una historia de burla, deshumanización y negación de la dignidad de las personas negras. Reducirlo a una broma o a una tradición es ignorar deliberadamente esa carga histórica y enviar un mensaje claro: hay heridas que pueden tomarse a la ligera, hay andaluces y personas extranjeras que aquí residen que, para no aguar la fiesta, deben resignarse y callarse.

Quienes señalamos el racismo del blackface somos acusados de exagerar, de no tener sentido del humor, de importar conflictos ajenos. El mensaje implícito es claro: mejor no molestar, mejor aceptar la broma, mejor asumir que hay celebraciones en las que algunas dignidades sobran. Pero esto va de quién paga el precio del silencio. Cuando se exige a unos que callen para no estropear el ambiente y a otros que relativicen porque “hay cosas más importantes”, lo que se está protegiendo no es la convivencia, sino el privilegio de no tener que rendir cuentas.