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La Andalucía del cangrejo

El cangrejo de río no es autóctono

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En América Latina es habitual escuchar, con personajes que van cambiando de un país a otro, una historia tan chistosa como triste sobre el comportamiento de los cangrejos.

En el chiste se cuenta cómo un turista llega a un mercado local y se encuentra a un vendedor de cangrejos con tres cestas llenas de ellos. La primera tiene una losa de piedra tapando la boca de la cesta. La segunda sólo un ligero tablón de madera y la tercera está abierta de par en par.

El turista, curioso, pregunta al vendedor de cangrejos por este extraño comportamiento y el vendedor le cuenta -insisto en que en cada lugar la historia se narra con distintas nacionalidades- que en la primera cesta hay cangrejos alemanes, muy colaborativos, que se juntan para armar torres de cangrejos y saltar de la cesta. Con ellos, un tablón de madera no es suficiente porque lo empujan y escapan. La segunda cesta estaría llena de cangrejos norteamericanos, muy independientes y activos. A poco que te descuides uno de ellos trepa y escapa, pero basta con un ligero tablón de madera para evitarlo ya que un solo cangrejo no puede desplazar la tapa.

En la tercera, cómo no, hay cangrejos mexicanos -en México-, colombianos -en Colombia- o peruanos -en Perú-. En todos los casos el relato es el mismo: estos cangrejos no escapan nunca, a poco que uno se acerca a la boca del cesto y acaricia la libertad, el resto tira de él y lo devuelve al grupo.

Más allá del componente eurocéntrico del chiste y de cierta melancolía irónica en la lógica autocrítica que comporta, lo cierto es que se traslada un mensaje intuitivo sobre la concepción que tenemos todos y todas del progreso de una comunidad.

No es demasiado difícil identificar en el modelo liberal de desarrollo del PP y del social-liberalismo de Susana Díaz a los cangrejos del segundo cesto. En el caso andaluz, además el tablón de madera no es en absoluto ligero. No en vano demasiados de nuestros más prolíficos y destacados científicos y artistas han tenido que salir de nuestra tierra para progresar.

Y reconózcanmelo, ¿no ven a los cangrejos del tercer cesto en la postura permanentemente enojada, sistemáticamente atrincherada y fundamentalmente acomplejada de los votantes de Vox frente a la valentía -al margen de que uno comparta su proyecto o no- de aquellos vascos y catalanes que buscan fórmulas de autogobierno mejores para su tierra

Recordé este chiste no hace mucho cuando, en un céntrico bar de Sevilla, conversaba con un conocido andalucista y una alto cargo de la entonces socialista consejería de economía de la Junta de Andalucía. Ambos, desde perspectivas diferentes, sostenían que Andalucía no debía reclamar una hacienda propia. Según su particular -pero hegemónica- perspectiva, Andalucía dependía demasiado de las transferencias de recursos. Supongo que este grupo pertenecería a un cuarto cesto, los que ni siquiera quieren escaparse.

Y sin embargo el pueblo andaluz es un pueblo que exige, pelea y desea liberarse de las ataduras del atraso. Pregúntenle a un trabajador o trabajadora andaluza qué le parece que el salario medio en Madrid sea de 27.089€ frente a los 21.404€ de Andalucía, un 26% menos. Les aseguro que a lo que aspiran tanto unos como otros no es sino a alcanzar -siquiera a medio plazo- los mismos niveles de prosperidad.

Y ustedes dirán...¿y qué podemos hacer? La respuesta a este dilema la tenemos en nuestro pasado reciente, encarnados en un 4 de Diciembre de 1977 y un 28 de febrero de 1980. Cuando los andaluces y andaluzas hemos tenido un horizonte compartido y compartido esfuerzos para lograrlo, como los cangrejos del primer cesto, lo hemos conseguido.

Toca desterrar los complejos de la ultraderecha miope, olvidar demasiados años de inmovilismo acomodado y sobre todo sacudirse cuatro décadas de liberalismo, en sus formas levógira y dextrógira.

Toca por el contrario levantar un proyecto común, de todos los andaluces y andaluzas, en torno a nuestras potenciales y las demandas que pueden hacerlas realidad. Tenemos que construir un horizonte compartido.

¿No estamos los andaluces y andaluzas de acuerdo en que debemos aprovechar que tenemos el puerto más importante del Mediterráneo y somos un nodo intercontinental para convertirnos en la referencia mundial de la logística? ¿No coincidimos en que para eso necesitamos que el Gobierno en lugar de cerrar servicios ferroviarios con Algeciras termine de una vez por todas la conexión con este puerto? Los andaluces y andaluzas sabemos que con nuestra horas de sol al año podemos y debemos ser la referencia mundial en energías limpias, ¿no podríamos empezar por pedir que el Instituto para la Diversificación y ahorro de la Energía, el IDAE, que canaliza cuantiosos recursos financieros y humanos (solo el Programa de Desarrollo Urbano Sostenible (DUS) representa un total de 987 millones de euros) pasara de estar en la C/ Madera, 8. de Madrid a alguna calle de algún municipio andaluz? Los andaluces y andaluzas de izquierdas y derechas coincidimos también en que podemos y debemos ser una potencia agroalimentaria a la altura de lo que se corresponde con nuestra capacidad productiva. Quizá ayudaría que la sede del Ministerio de Agricultura o al menos la de la Empresa Pública de Transformación Agraria (TRAGSA), junto a la capacidad de decisión sobre sus 811 millones de euros de cifra de negocio, se trasladaran de la  C/ Maldonado, 58 de Madrid a cualquier rincón de Andalucía.

Los mimbres están sobre la mesa, el movimiento tectónico que supone la COVID también, con su espectacular crisis económica pero también con la imperiosa necesidad de repensar hacia dónde y cómo saldremos de ella. Los andaluces y andaluzas tenemos solo dos opciones: bajar los brazos y dejar que desde Madrid decidan cómo y qué necesitamos para prosperar… o volver a tomar, juntos, las riendas de nuestro propio destino para que nunca más seamos los más golpeados por una crisis.

Elijan su cesta.

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