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Andalucía, el federalismo y la izquierda

Teresa Rodríguez, de Podemos Andalucía, y Toni Valero, de IU, en una manifestación.

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En estas semanas los andaluces progresistas asistimos atónitos a la enésima lucha fratricida entre las distintas familias de la izquierda a la izquierda del PSOE.

Han corrido ríos de tinta apuntando inocentes y culpables, señalando la secuencia de los hechos y desgranando los golpes en twitter entre los protagonistas del entramado.

A estas alturas, excepto para los seguidores acérrimos de cada bando y a los historiadores de las miserias partidistas, ya poco importa si el origen del desastre está cerca o lejos, en un gesto de unos, o en un desaire de los otros.

Lo cierto es que salvo milagro los andaluces que quieran votar a la izquierda del PSOE tendrán que elegir entre dos papeletas, la del Adelante Andalucía de Teresa Rodríguez y la del Unidas Podemos de Pablo Iglesias. El voto se dividirá, no sé por dónde ni cuánto, pero se dividirá, y la representación de este espacio, antes unido, a buen seguro será menor.

Para muchos esta consideración habría sido suficiente para evitar el espectáculo desolador al que estamos asistiendo. Sin embargo, parece obvio que entre quienes han diseñado la fase final de este entuerto se han impuesto las consideraciones estratégicas.

El planteamiento de fondo apuntaría en dos direcciones. La primera, la más obvia, la voluntad del gobierno de coalición de buscar una réplica en Andalucía que habría sido muy difícil con Teresa Rodríguez a los mandos del campo electoral de Unidas Podemos. Ocurre además que las elecciones andaluzas se celebran un año antes que las estatales. La diferencia táctica entre recuperar el Gobierno andaluz para la izquierda reeditando con éxito la coalición estatal y un año de disputas entre los “socios” habría podido ser definitiva para las expectativas de éxito en las elecciones generales.

La segunda está en el campo de los complejos equilibrios internos del poder en el grupo confederal de Unidas Podemos. De un lado, en la rama andaluza de IU la salida de un federalista convencido, Antonio Maíllo, dejó el poder en manos de los hombres y mujeres próximos al Secretario General del PCE. Enrique Santiago es un centralista convencido. Para esta vieja corriente jacobina de la izquierda a la izquierda del PSOE, la pre-Podemos, el Andalucismo en la lógica plurinacional es, en sus propios términos, una forma provinciana.

De otro lado tenemos el equilibrio interno en Podemos. Basta recordar que de los 35 diputados en el Congreso de Unidas Podemos 7 son catalanes y 2 gallegos, con importantes cuotas de autonomía funcional. Si en el Congreso se conformara un subgrupo andaluz de Unidas Podemos a los 9 diputados ya autónomos habría que añadirles 6 diputados andaluces (llegaron a ser 11) y los, a buen seguro, 3 diputados vascos que no tardarían en seguirles reclamando autonomía. 18 diputados de 35 estarían fuera de la órbita de decisión de la dirección central del partido, más de la mitad. No es extraño por tanto que una dirección política educada en la disputa por el poder interno haya buscado evitar por todos los medios que esta posibilidad se materializara complicando a medio-largo plazo la gobernabilidad del partido.

Sin embargo el problema estratégico de fondo, y este es el problema no considerado por los estrategas del gobierno de coalición, es que Andalucía no es Castilla.

El año pasado AEDEMO (Asociación Española de Estudios de Mercados, Marketing y Opinión) presentó un estudio sobre identidad nacional y sentimientos de pertenencia. En él era fácil identificar grandes diferencias en el conglomerado identitario español. Según el estudio, mientras en Madrid y en ambas Castillas los ciudadanos se sienten predominantemente españoles, en Andalucía, Galicia y Canarias gana peso cualitativamente la identidad autonómica (hasta un 30% se siente más de la CCAA que español) y lo pierde la identidad exclusivamente española. En otro bloque se situarían Catalunya y Euskadi donde un 30% de la población se identifica únicamente con la CCAA.

 

¿Cómo se canalizará electoralmente ese sentimiento identitario? No es una pregunta baladí. Andalucía reparte 61 escaños, más de un 17% del hemiciclo, un peso electoral que será capital para definir los futuros ejecutivos españoles.

La pregunta estratégica a resolver es sencilla: ¿Cómo se canalizará electoralmente ese sentimiento identitario? No es una pregunta baladí. Andalucía reparte 61 escaños, más de un 17% del hemiciclo, un peso electoral que será capital para definir los futuros ejecutivos españoles.

Para resolver esta cuestión convendría mirar a la historia reciente del andalucismo, una historia que nos enseña que nuestra identidad se activa fundamentalmente por agravio comparativo. No es posible entender el fenómeno de fuerza verdiblanca del 4D y el 28F sin recordar que en aquellos días lo que se decidía era precisamente si Andalucía estaba en el vagón delantero con Catalunya, Euskadi y Galicia, las autonomías de “la vía rápida”, o por el contrario quedaba relegada a la vía “común”. Al contrario que en el caso vasco o catalán, nacionalismos ofensivos, el andaluz tiene un carácter defensivo. De ahí la metáfora del dragón dormido. La vieja UCD de Suárez, el todopoderoso partido de la transición española sabe bien que no conviene despertarlo. Fue su postura frente al referéndum de autonomía (“andaluz este no es tu referéndum” decían) lo que llevó a su desaparición.

En pocas palabras, en Andalucía existe un fuerte sentimiento de pertenencia identitario que se activa cuando percibe un trato discriminatorio.

¿Qué resortes piensan que se activan ya hoy en esa Andalucía cuando en España avanza la discusión federal a sus espaldas, cuando se discute el modelo de financiación autonómica con clara preferencia hacia los interlocutores con representación propia en el Congreso (Euskadi y Catalunya)?, ¿y cuando el gobierno de izquierdas pacta los presupuestos con Euskadi y Catalunya a cambio de evidentes -y legítimas- ventajas?

No hace falta ser Magnus Carlsen para averiguarlo. En ausencia de una organización andalucista de izquierdas que canalice las justas reivindicaciones de Andalucía, en ausencia de una fuerza política que equilibre la asimetría que sufre la representación efectiva de los andaluces en el Congreso, la indignación se canalizará por pura y sencilla oposición. El voto se inclinará por aquellos que más fuertemente se opongan a quienes “agravian”. Y no lo duden, no faltarán los voceros que pongan nombre y apellidos a “los culpables”: el gobierno y sus socios nacionalistas.

No se engañen, no es una hipótesis, ya está pasando, salgan y exploren la epidermis de los votantes de la extrema derecha en los barrios populares de Andalucía.

Ese y no otro es el problema de fondo, el problema estratégico a largo plazo. Al destruir la única opción andalucista de izquierdas Unidas Podemos podría estar entregando definitivamente el granero de votos andaluz a la derecha, podría estar regalando al régimen del 78 su seguro más sólido y con ello podría estar poniendo fin a la posibilidad misma de una España federal y republicana. Mientras la izquierda madrileña no entienda que no existe proyecto federal sin Andalucía sus esfuerzos de construcción colectiva están condenados, cual Sísifo, a rodar montaña abajo.

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