Fundación Montenmedio: dos décadas de arte a cielo abierto a orillas del Estrecho

Olafur Eliasson NMAC Daniel Schäfer

Mientras pasa las páginas del libro que recoge la historia de la Fundación Montenmedio (NMAC), Jimena Blázquez sonríe. “Qué barbaridad de cosas que hicimos, qué locura”. El volumen lleva por título La naturaleza como atelier, acaba de ver la luz en la editorial Siruela y comprende casi 300 páginas de información, pero para ella es sobre todo una invitación a mirar atrás y contemplar el camino recorrido. “Vista a distancia, me veo a mí misma como una chica de 20 años, un poco intrépida, que no sabía dónde se estaba metiendo ni la responsabilidad que tenía”, comenta divertida.

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“También fui valiente”, agrega. “Eso es algo que no se me ha quitado, aunque me pregunto si, con todo lo que sé ahora, lo habría hecho de la misma manera. Supongo que no”. Mucho ha tenido que aprender, sin duda, desde que concibiera la idea de crear una colección de arte contemporáneo de alto nivel en la Dehesa de Montenmedio, en el término municipal de Vejer de la Frontera (Cádiz).

Blázquez recuerda que su padre, el empresario Antonio Blázquez, adquirió la finca de 500 hectáreas que habían sido terrenos militares, y lo convenció para dedicar 30 hectáreas a la Fundación Montenmedio. De un lado, contaba con unos barracones castrenses abandonados, y por otro, un bosque de pinos piñoneros asomado al Estrecho de Gibraltar. “Era la zona donde yo había crecido y conocía bien la situación local. Un espacio único, asomado a África, entre el Mediterráneo y el Atlántico, con muchas implicaciones específicas que podían interesar a los artistas”.

Trampolín para artistas

La luz acabó de encenderse cuando Jimena Blázquez, ya metida de lleno en el mundo del arte, cenaba en París celebrando el éxito de una subasta de Dora Maar en la que había trabajado durante dos años. “Después del privilegio de trabajar con una persona tan cercana a Picasso, me dije que ya no podía hacer allí nada mejor. Pero podía regresar a mi tierra con los creadores de mi generación”.

Antes de arrancar con la NMAC, Blázquez estuvo un año viajando y estudiando proyectos similares en Inglaterra, Francia, Dinamarca o Suecia, aprendiendo cómo se gestionaban, cómo se integraban las obras site-specific [diseñadas para una locación concreta] en el espacio. “Pero sobre todo supe que quería trabajar cerca de los artistas, y prestarles una especie de trampolín para permitirles pasar a otro nivel”.

Los criterios de selección eran sencillos: “Que fueran obras específicas, producidas in situ, en colaboración con la industria y la artesanía local, y que brindaran nuevas lecturas del lugar en el que estamos. Antes de invitar a los artistas, estudiamos mucho su obra, nos reunimos, vemos en qué punto está, cómo los podemos ayudar… Para mí es muy importante ayudarlos a proyectar su trabajo, permitirles ir hacia otra dimensión”.

Arte-natura

La premisa principal era, no obstante, la integración del arte en la naturaleza. “La naturaleza, como indica el título del libro, ha sido una fuente absoluta de inspiración y un vehículo para expresar emociones, deseos, etc. Lo que hemos hecho en la Fundación es precisamente eso, poner a disposición de artistas en los que creemos un espacio para desarrollar su creatividad, y dar la posibilidad de releer de otra manera el paisaje, o el contexto cultural de una zona que habla de muchos temas globales”.  

La directora de la Fundación hizo una primera lista de nueve artistas, pensando que le contestarían dos o tres… Pero respondieron los nueve, cada uno con sus circunstancias. “Marina Abramovic, por ejemplo, acababa de dejar de trabajar con Ulay y estaba atravesando un momento no tan mediático como sería después. También gente como Sol LeWitt o Maurizio Cattelan eran conocidos, pero no tanto como ahora. Y yo quería marcar un punto en el mapa que dijera: algo se está haciendo en Cádiz. Aunque estuviéramos en la periferia de la periferia”.

También entraron en esas primeras listas nombres españoles que acabarían formando parte de lo más granado de la creación nacional en las décadas siguientes, como Pilar Albarracín o Cristina Lucas. “Con Jacobo Castellanos, recuerdo que en ese momento estaba trabajando en maquetas pequeñas, y le dije: no, tú puedes con algo más grande, y yo quiero ser quien te ayude en esto. Y concibió esa pieza de 14 metros que es la imagen de portada del libro. Ahora ha cambiado de estudio, tiene exposiciones internacionales, ves muy bien su evolución tras pasar por la fundación”, añade Blázquez.

Mirar hacia delante

Veinte años y 46 obras, las que actualmente comprende la colección, con unas cifras de visitantes en torno a los 50.000 anuales, dan para mucho aprendizaje, pero la directora de la Fundación Montenmedio se sorprende de no haber cometido grandes errores en este largo proceso. “Recuerdo que en un momento dado hablamos con Alberto Campo Baeza y nos diseñó un posible edificio para la fundación. Al final no lo hicimos, y fue una buena decisión. Hoy nos resultaría una construcción un poco mastodóntica, y quizá no tendríamos presupuesto para adquirir obras. En todo caso, no soy alguien que mire demasiado hacia atrás”, declara.  

Puestos a mirar hacia delante, cuando se le pregunta cómo se imagina la Fundación dentro de otras dos décadas, Blázquez responde que “queremos seguir con las mismas premisas. Ahora estamos impulsando un programa de becas para que los artistas puedan desarrollar sus ideas y aplicarlas no solo aquí, sino también en otras partes. La primera becada ha sido Asunción Molinos. También me gustaría ir incorporando otras manifestaciones artísticas, más performance o más música, aunque ya lo hacemos en nuestra programación de verano”.          

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