Uwe Topper, el alemán que exploró las pinturas rupestres de Andalucía: “A quienes las vandalizan no los castigaría, les contaría su historia”

Uwe Topper empezó a estudiar las pinturas rupestres andaluzas a finales de los 60.

Alejandro Luque


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A finales de los años 60, Uwe Topper viajaba por el sur de Europa con su familia guiado por una pasión: las pinturas rupestres. Pasó años subiendo a muchas montañas y adentrándose en muchas cuevas para contemplar y analizar las conocidas y descubrir otras nuevas, y hasta llegó a escribir junto a su compañera recientemente fallecida, Uta, un libro titulado Pintura rupestre de la provincia de Cádiz, que será reeditado en las próximas semanas por la Diputación de Cádiz. Con 81 años cumplidos, desde su casa de Berlín, recuerda aquello como una de las grandes experiencias de su vida.

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“Veníamos de explorar algunas cuevas de Francia, como la del conde Beguén, que forma parte de una propiedad privada y nos dejaron visitar. También recorrimos las del norte de Portugal, en la zona del Duero. Y luego pasamos a España. Recuerdo especialmente Altamira: en aquella época podías visitarla a gusto, porque luego empezaron a imponer visitas de diez minutos. Incluso podías tumbarte boca arriba en la roca y contemplar los bisontes a la luz artificial todo el tiempo que quisieras”, recuerda. También evoca fuertes emociones en las cuevas de Cataluña, “muy interesantes, como Valltorta” o las Hellin en Albacete, en la de Batuecas en Salamanca… hasta que llegaron a Andalucía.

Allí les esperaban las maravillas de Los Letreros, en Almería, de Sierra Morena, de la Sierra de Filones o de la del Niño. “Como uno de mis hijos era muy pequeño, a una señora anciana que nos encontramos le pregunté en broma si la Sierra del Niño se llamaba así por el nuestro, y nos respondió muy seria: 'no, perdone, esta sierra se llama así por el Niño Jesús”', evoca entre risas.

Joyas ocultas

Los Topper llevaban como guía básica un libro publicado en 1929 por un francés, Breuil, y un inglés, Burkitt, titulado Rock Paintings of Southern Andalusia. A description of a Neolithic and Copper Age Art Group. Pero en seguida se dieron cuenta de que había mucho más, y que el libro admitía notables correcciones y ampliaciones. El investigador hizo muchos dibujos de los hallazgos que le salían al paso, y adelantó algunas de sus conclusiones en el Anuario del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid del año 1975.

Por qué muchas de aquellas pinturas habían permanecido escondidas durante décadas, responde a una causa muy sencilla: “Algún pastor nos decían ‘aquí o allí hay algo’, pero cuando llegábamos a la cueva no se veía nada. Pero había en efecto, oculta bajo la capa de hollín que se había formado por las fogatas de los pastores. En otros casos, los buscadores de pinturas se confundían con las manchas rojas de algunas paredes, que no son sino óxido de hierro que sale a la superficie”.   

Por otra parte, había que tener muy en cuenta las condiciones meteorológicas a la hora de abordar aquellos espacios: “Cuando el clima es muy húmedo, las pinturas rupestres se ven muy bien, aparecen fuertes y brillantes, mientras que en la estación seca no se ve casi nada. Recuerdo que en el Tajo de las Figuras, en Medina Sidonia, había gente que mojaba las pinturas para verlas mejor, algo que las cubre por efecto de la cal del agua. En primavera, en cambio, se veían perfectamente sin necesidad de dañarlas”.

Del esquema a la escritura

Algunos de los métodos de Topper fueron cuestionados, como el hecho de que él mismo hiciera pruebas en algunas rocas. “Me decían que esas rocas eran sagradas, que no se podían tocar, pero era un experimento científico imprescindible. Había que averiguar qué aceites usaban para disolver los pigmentos, y yo hice pruebas con distintas orientaciones de luz y vientos marinos, para llegar a la conclusión de que la dureza de miles de años que tienen las pinturas se obtenía de la albúmina. Volví 20 años después a controlar el resultado y allí seguían, en perfecto estado”.  

A bordo de un Citroën dos caballos –“muy bueno para el campo, casi como un 4x4”, recuerda– la familia recorrió no solo el sur andaluz, sino también el norte de África, también en busca de cuevas de Marruecos y Argelia. Y allí surgió una revelación sorprendente: “Ya habíamos visto que las pinturas de las cuevas catalanas parecían africanas, pero el estilo de las de Cádiz se nos mostró como único. Se nos antojaba egipcio por su perspectiva y sus trajes, sobre todo en la Cueva de las Bailaoras, la más bonita. De lo que no tuvimos ninguna duda fue que el movimiento de gente a ambos lados del Mediterráneo venía desde tiempos remotos, porque las similitudes son evidentes”.

Para Topper, la singularidad de aquellas figuras reside en que “no son representaciones de hombres o animales, como vemos en otros lugares, sino esquematizaciones. Representan un paso fundamental en la historia de la Humanidad, que es el paso del esquema a la escritura. Ese descubrimiento fue para mí tan importante que sentí que no tenía que buscar más”.

La Atlántida gaditana

El investigador contó con el apoyo de la directora del Museo de Cádiz, Josefa Jiménez Cisneros, que le animó a perseverar, así como del catedrático José María Luzón o de Carlos Gómez de Avellaneda, quienes escribieron respaldando sus ideas. Una vez concluidas sus indagaciones, pasó a estudiar otro tema apasionante, la Atlántida, que en su libro Dar herbe der Giganten [La herencia de los Gigantes] no vacila en ubicar en Cádiz. “La civilización más antigua de Europa está en el sur”, asevera. Y sobre la polémica búsqueda del templo de Melkart, que recientemente ha enfrentado a varios académicos, añade: “No sabemos exactamente dónde, pero lo seguro es que es en Sancti Petri”.         

Finalmente, la Diputación de Cádiz le propuso publicar su libro, pero ahí se topó con la triste realidad de los vaivenes políticos españoles. “Me prometieron que saldría bien editado y a todo color, pero llegaron las elecciones, cambió la responsable de cultura y lo sacaron en blanco y negro, con mala calidad. Fue una gran desilusión”, dice, esperando que la nueva edición esté más cuidada.

Por último, cuando se le pregunta qué haría con aquellos que vandalizan las cuevas rupestres, se encoge de hombros: “No los castigaría. Solo les contaría su historia, les explicaría el valor que tienen”.

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