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Epidemia de intolerancia

"La intolerancia es una enfermedad social muy contagiosa: palabras, acciones y omisiones la transmiten con eficacia y, en ocasiones, con virulencia".

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"¿Ha supuesto Charlie Hebdo un revulsivo para la intolerancia?"

La intolerancia es una enfermedad social muy contagiosa: palabras, acciones y omisiones la transmiten con eficacia y, en ocasiones, con virulencia. El reciente atentado contra la revista satírica francesa Charlie Hebdo refleja en grado sumo, una vez más, hasta dónde pueden llegar los fanáticos intolerantes.

El papel que desempeñan las personas tolerantes para impedir que la enfermedad se transforme en epidemia no siempre está claro, aunque debería ser crucial, pues dos fuerzas de gran intensidad tiran de ellas en sentido opuesto: por un lado, la identificación con quienes comparten sus rasgos sociales y culturales (homofilia); por otro, la tolerancia misma, que se supone que debe ir más allá de la identidad. El choque de ambas fuerzas provoca el dilema de la tolerancia: sobreponerse, cuando sea preciso, al enorme atractivo de la identidad, incluso al precio de ir en contra de los nuestros, o rebajar las exigencias de la tolerancia tolerando a nuestros intolerantes.

Las consecuencias de tolerar a los intolerantes son devastadoras y las ciencias sociales cuentan con modelos que nos ayudan a confirmarlo. Efectivamente, los modelos de simulación social nos permiten crear –o, mejor dicho, programar- sociedades artificiales en las que se puede reproducir la compleja interacción de los agentes sociales. Partiendo de la obra pionera de Thomas Schelling, estos modelos demuestran, por ejemplo, que no es necesario siquiera que la gente sea intolerante para que la sociedad se divida en grupos aislados, basta con que prefiera relacionarse solo con quienes comparten rasgos sociales.

Ahora bien, ¿cómo evolucionaría una sociedad que segregara a los intolerantes? Como se ve en el gráfico, una sociedad que no santifica la homofilia es rica en relaciones, pues personas de distinto credo o condición (los círculos y los cuadrados blancos) superan el dilema de la tolerancia atemperando el peso de la identidad y excluyendo a los intolerantes (círculos negros).

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Fuente: F. Aguiar y A. Parravano (2015), “Tolerating the intolerant: Homophily, Intolerance, and Segregation in Social Balanced Networks” Journal of Conflict Resolution vol. 59 (1) p. 36.

 

Sin embargo, el equilibrio de la sociedad tolerante se derrumba en el momento en que los tolerantes de un grupo (los círculos blancos en el gráfico) rebajan sus exigencias y comienzan a relacionarse con los intolerantes de su propio grupo por el mero hecho de ser del mismo grupo. La sociedad termina dividiéndose así en dos campos irreconciliables, como se ve en la figura I-3: decenas de miles de interacciones de los agentes sociales de nuestro ejemplo, simuladas por ordenador, demuestran lo contagiosa que es la intolerancia. Por lo tanto:

1. Los tolerantes de todo credo y color deben buscar vías de acercamiento e integración para que los intolerantes se sientan aislados.

2. Los tolerantes deben hacer ver a los intolerantes de su comunidad que no cuentan con su apoyo, ni material, ni político, ni espiritual.

Estas dos estrategias pueden aislar a los intolerantes y cortar el flujo de nuevos adeptos. Nadie nos asegura el éxito, por supuesto, pero no tolerar a los intolerantes es lo mejor que podemos hacer, pues todo lo demás será fobia o indiferencia, ambas letales.

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