Divina Campo: la primera fotógrafa de Huesca revela la vida cotidiana de los años 50

Autorretrato de Divina Campo. Huesca. Noviembre de 1954.

“Salía de casa con mi cinturita estrecha, mis tacones, mi flash... y mi madre me decía, 'Divina, tú bien guapa, que te miren más que a la novia'”. Todo desparpajo al otro lado del teléfono, desde su casa en Alpicat (Lleida), Divina Campo explica cómo fue aquello de ser la primera mujer en dedicarse a la fotografía profesional en Huesca. El pasado 11 de mayo, esta pionera, de la que hasta hace unos años se desconocía su existencia, cedió a la Diputación de Huesca un fondo compuesto por más de 17.000 imágenes que, en palabras de Elisa Sancho, vicepresidenta de la institución, deja testimonio del “paisaje más humano y real de la sociedad de mediados del siglo XX”.

Divina Campo ejerció como profesional en Huesca entre 1954 y 1958, año en que se casó, se trasladó de ciudad y colgó las cámaras. Su afición había empezado una década antes cuando, “como era muy mala estudiante y dejé los libros en 2º de Bachillerato”, empezó a ayudar a su padre en el laboratorio fotográfico familiar, sito en el Coso. Así se fue trazando “la vida que quería hacer” y acabó colándose “hasta en la cocina de las casas”.

Ser mujer en una época de predominio masculino en la profesión le abrió puertas insospechadas. “Me llamaban las chicas para que les hiciera fotografías en sus casas, y allí mismo, conmigo delante y entre risas, se cambiaban de ropa: que si ahora de jotera, que si ahora con mantilla y peineta... Era como si yo fuera una amiga más. También iba mucho a las casas a hacer fotos de niños, en distintas escenas: jugando, en el orinal y, algo que ya no se lleva ahora, rezando en la cuna. Incluso tengo una foto muy bonita de un niño bañándose en el fregadero, cosas que ahora parecen surrealistas”, relata con encanto.

Cuando las cámaras todavía eran un objeto atípico en los hogares - “ahora con lo de los móviles alucino”-, Campo era requerida para todo tipo de celebraciones familiares. Su primera boda la hizo en Alcañiz “por amistad con un sacerdote joven, que luego se 'rebotó'; como yo no tenía experiencia, él mismo se puso a mi lado en la ceremonia y me fue indicando qué tenía que fotografíar: los anillos, las arras, la bendición... ¡Oh, chico! Después me llovieron las bodas, en Huesca hice muchísimas, y luego hice de todo, desde partidos de fútbol a encargos para el obispo”.

“Una mujer no puede subir al altar”

Ser mujer le cerró una única puerta... Por poco tiempo. “Damián Iguacel, párroco en la iglesia de San Lorenzo, no me dejaba entrar a hacer fotos de boda porque 'una mujer no puede subir al altar', me decía. Al final me lo gané, lo acabé convenciendo para que me permitiera trabajar allí”, cuenta entre risas.

Así, con el arrojo y desparpajo del que aún hace gala, Divina Campo fue retratando celebraciones -algunas poco comunes, como una boda en la carcel- y realizando todo tipo de encargos: publicidad, trabajos para eventos de la Sección Femenina, algo de documentación de siniestros... Sin embargo, su objetivo no se resistió a captar escenas más espontáneas, como la gasolinera del Coso, una criada barriendo en la calle, un dependiente coqueteando con una clienta, jóvenes domingueros paseando por el parque...

Retrato de una época

“En mis fotos se puede ver cómo iba progresando la ciudad, se nota hasta en el pavimento: se pasa de las 'piedretas' al alfalto. Salíamos de una guerra... En mi infancia fui una niña bien; pasé de que me llevaran en coche al colegio a dormir en un campo de concentración en Francia, sobre la paja. Cruzamos porque a mi padre, que era capitán del ejército, lo dieron por muerto en combate en Huesa del Común. Mi madre incluso estuvo cobrando por viudedad... Hasta que la avisaron de que estaba vivo en Valladolid y nos volvimos”.

En el archivo ahora en manos de la Diputación también se hallan muchos retratos a familiares y amigas, algunas de una deslumbrante espontaneidad. “Nos encantaba hacernos fotos divirtiéndonos, aprovechando que íbamos mudadas de domingo... En aquella época en Huesca, aquella Huesqueta, nos arreglábamos mucho, no como ahora que enseñan el ombligo”, dice divertida.

En el acto de cesión del fondo, Elisa Sancho, vicepresidenta de la Diputación Provincial, destacó los planteamientos de Divina Campo a la hora de planificar y desarrollar su trabajo, que le otorgan “una gran singularidad, alejada de cualquier convencionalismo”. Pasaron muchos años hasta que los profesionales empezaron a trabajar con la misma libertad que Campo mostró en la Huesca de 1950, de ahí que Sancho pusiera en relieve su contribución a “una visión igualitaria de la sociedad”.

En la entrega, Sancho también se tuvo un recuerdo para María Jesús Buil, “quien realmente nos descubrió a esta fotógrafa en el año 2016 y fue consciente de la importancia de su trabajo y de este fondo”. El hecho de que hasta entonces no se conociera puede deberse a que la marca comercial que utilizó siguió siendo la de su padre (Fotos M. Campo) y a que su andadura profesional en la ciudad fue breve.

Contenta, aunque algo abrumada por el homenaje recibido, Divina Campo confiesa que “en aquella época jamás pensé que en el futuro mi trabajo tendría tanto valor”.

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