Ya, ya, pero es que el lobo viene de verdad. Y con colmillos
Estamos a un mes de ir a depositar nuestro voto. Ahora es tiempo de reforzar con vigas y hormigón el edificio de nuestras creencias, mirar debajo de la tierra y ver si son suficientemente sólidos nuestros cimientos. Hay tres posibilidades de actuación. Pasar del colegio electoral y aprovechar la jornada festiva para ir a cazar gambusinos, por ejemplo. Ni se les ocurra hacer tal cosa. A votar, hay que ir a votar, sí o sí. ¿Hacerlo en blanco? Usted verá, pero les recuerdo que Felipe González ha dicho que va a votar en blanco, y el Ojo espera que ustedes, siempre buenas gentes, hagan justo lo contrario de lo que piensa hacer Felipe González. Por dignidad. Así que queda la opción de votar a un lado o a otro. Mi nieto preguntó hace poco a su madre si éramos de izquierdas o de derechas. Recibió una buena explicación de por qué su familia votaba a la primera de las opciones. Didáctica explicación, resumida en la justicia social y la necesidad de que el Estado -lo público- intervenga para defender a los débiles. Siguió con más cosas, claro. Creo que mi nieto va a votar, cuando llegue su hora, a la izquierda. Parece listo el chaval.
Cuando se acerca la fecha fatal, a todos nos entra la duda de si es mejor una campaña electoral en positivo -esto es, ilusionar al respetable que te puede votar- o en negativo, esto es, contar las mil y una desgracias, un auténtico tsunami, que te van a caer en la mismísima chepa si votas a los contrarios. La primera reacción es la buenista: en positivo, en positivo. Bien. Pero tengamos en cuenta que esto de las promesas electorales tiene una acogida más bien fría del respetable, por decirlo de una manera fina, escaldada de los sucesivos incumplimientos de unos y otros según llegan al poder. Por supuesto no hay que renunciar a contar el programa con el que se quiere gobernar pero, si estás en el poder, conviene recordar a todos lo mucho que has hecho, reconocer los errores y hacer una promesa firme y decidida: lo vamos a hacer mejor, mucho mejor, hemos aprendido en estos años y nunca, nunca, vamos a volver a confiar en bandarras y corruptos, ya hemos desarrollado un sexto sentido para detectarlos después de tanto berrinche.
Es verdad que quedan muchas cosas por cumplir - ¿es necesario mencionar la vivienda? - y hay que asegurarse de que tu electorado, pongamos el alma en ello, crea que puedes conseguirlas o, por lo menos, luchar por ellas y, sobre todo, batirte hasta el final para que no nos roben lo ya conseguido. Y ahí, sin solución de continuidad, nos adentramos en la campaña negativa, porque vemos que es verdad, que llegan los lobos. Vemos sus orejas, sus ojos amarillos, sus colmillos, y hasta olemos su fétido aliento. Vienen desde el otro lado de la colina y ya están a punto de llegar. Se ríen a carcajadas, imaginando su ineludible victoria.
Confiados como están y zafios como son, se les escapan los planes que piensan desarrollar para cumplir con los mandatos de la derecha mundial -Trump, tecnomultimillonarios, grandes capitales, complejo de la defensa- y la castiza, esa de la caspa, empresarios avaros, Iglesia ultramontana, jueces de sucias togas y prensa bárbara que han depositado en ellos todas sus esperanzas para que echen de una vez por todas a esa excrecencia moral y política que se llama Pedro Sánchez. Es la avaricia brutal del capitalismo transformada en odio, te vapulearemos, te humillaremos y, si podemos, te meteremos en la cárcel.
Hablan de pensiones, de sanidad o de educación y en su boca nos suena como una amenaza negra, un aviso de la implantación de la codicia de los suyos: adiós a lo público, privaticemos las pensiones, la salud, las primeras letras y hasta las universidades. Nosotros, los ricos, sabemos administrar esas cosas, que ya estamos hartos de que cualquier desarrapado, ¡incluso un moro o un panchito!, puedan estudiar o curarse una bronquitis por la cara. A pasar por caja, por nuestra caja, o a curarse en su chabolo, que las hierbas de toda la vida son buenísimas. Táctica habitual: primero lo apuntan, luego dicen que es un malentendido, que ellos nunca harán eso, pero ustedes, el Ojo y hasta el lucero del alba saben que sí, que lo van a hacer con hacha o motosierra, qué feliz ese Milei, tan amigo de la reina del vermú, esa inenarrable Díaz Ayuso. También tienen ocurrencias de Jaimito, porque además son torpes, como trocear las casas grandes. Es que da la risa.
Y qué me dicen de esas aberraciones de la izquierda, como el derecho al aborto o a la eutanasia, ataques contra nuestras íntimas raíces cristianas, o el libertinaje del mundo de la cultura, en especial el del cine, ese nido de víboras comunistas y pornográficas. Aquí hacen falta unos funcionarios decentes, como los que van a nombrar en Castilla y León, gentes de firmes creencias capaces de oler cualquier atisbo encubierto en guiones y otras propuestas culturales, siempre llenas de apestoso rojerío. Y si nos apuran, copiamos a Keiko Fujimori y alargamos, por ley, las faldas de las chicas. Se van a enterar de lo que es un gobierno decente.
Decíamos antes de esos inmigrantes que vienen a España a robarnos nuestras casas o nuestros empleos. Incluso los okupas que se hacen fuertes con un tíquet de la pizzería, que así nos lo han demostrado Feijóo y su lugarteniente Albiol, qué personajes de tebeo barato. Fuera con ellos, que aquí viene a gobernar Santiago Abascal. En Andalucía – ¡qué gran liberal Juan Manuel Moreno! - o en otros lugares donde gobiernan en comandita PP y Vox ya ha comenzado a ponerse en marcha la llamada prioridad nacional, esa vergüenza xenófoba, amparada por los mantos de la Virgen del Pilar o del Rocío.
Claro que hay que agitar al personal porque viene el lobo. Porque te muerde y, si puede, acaba contigo. No estamos ante una posible alternancia entre gentes civilizadas. Quiá. Lo que tenemos enfrente son los equivalentes a Trump o Bolsonaro, a Le Pen o Meloni. Así es el mundo al que ellos nos quieren incorporar, a subirnos a esa ola mundial de la ultraderecha que va a ahogar derechos humanos que creíamos inalienables, a acabar con cualquier intento de justicia social, anatema para estos enloquecidos depredadores. Ahí tienen su campaña electoral, suciedad en estado puro, insultos y groserías adobadas con Inteligencia Artificial. No hay límites para la infamia.
Por eso, porque el peligro cierto está a la vuelta de un mes, duele oír al dúo Rufián-Montero eso de “una izquierda que se presenta en la misma papeleta con el PSOE no va a arreglar los problemas” ¿Cómo dicen? O sea, si tenemos en cuenta que ellos han optado por despreciar esa unidad que ofrecía más posibilidades de evitar que gobernara la derecha, ahora pretenden que creamos que van a arreglar los problemas que afectan de lleno a los ciudadanos con sus escuálidos diputados si Feijóo llegara a La Moncloa. ¿A quién intentan engañar? ¿De qué van a servir esos miserables escaños si no han logrado impedir que el lobo se siente en el trono? Voto puramente testimonial, qué rojos que somos, tenemos nuestro huequito y nuestro sueldo, ya verán qué cosas más fuertes vamos a gritar. Menudos somos.
En “La buena persona de Sezuán”, de Bertolt Brecht, la bondadosa Shen Te tiene que rendirse a la evidencia: “primero el comer, luego la moral”, que en la obra se traduce algo así como primero tener el dinero para poder hacer obras de caridad. Dejen al Ojo una versión libre: primero saquen el mayor número de escaños, lo que se saca con una coalición amplia, para luego poder arreglar cosas. No han querido hacerlo. Así que desde la nada, desde la insignificancia, qué creen que van a poder hacer, ¿cuántos problemas, como el de los alquileres, mero ejemplo, van a poder resolver?
¿Nos queda esperanza? La justa.
Querríamos ser la fuerza que justifique la tercera ley del movimiento de Newton, aquella que dice que a toda acción le corresponde una reacción igual, y representar aquí, en este país en la esquina de Europa, el resurgimiento de una izquierda que haga frente a ese terremoto ideológico mundial que está acabando con la democracia.
Por supuesto que nos acongoja la extrema violencia que vemos estos días protagonizada por los jóvenes en Francia, en Italia o en Barcelona. También la de la policía para reprimirla. Pero nos gustaría ser el origen de un movimiento que pretenda solucionar los subsuelos de los que nace esa violencia. De ofrecer una salida hacia un mundo mejor a los que aún no han cumplido dos décadas de vida.
Porque ellos, los lobos, nunca se la van a dar.
Adenda. Ha ganado el viejo Lula, ese símbolo mundial de la izquierda luchadora y resistente. Lo tenía todo en contra, pero el pueblo brasileño se ha levantado en votos y ha enterrado a esa dinastía ultraderechista, sierva miserable de Donald Trump, al que imitan incluso en la no aceptación de la derrota, intento de golpe de Estado incluido. Veremos cómo reacciona Flavio y cómo justifica ante sus patrocinadores, millones y millones de dólares para su promoción tirados a la basura. Por lo pronto, ha impugnado las elecciones, después de intentar con métodos mafiosos que los partidarios de Lula no pudieran votar. Es igual. Ganaron. Es verdad que América Latina ha girado hacia regímenes totalitarios. Pero tampoco se olviden de que los dos grandes gigantes de la zona están en manos de partidos que se acercan mucho más, a la izquierda. Entre México y Brasil suman casi 450 millones de habitantes. La población total de América Latina es, aproximadamente de 724 millones. Gana la izquierda.
Con todo, la jornada del domingo nos dejó una gran lección: que se puede vencer a esta derecha rabiosa que parece imparable.
Se puede. Movilización, movilización, movilización.
Sobre este blog
El Ojo izquierdo nació en El País en 2010 y prolongó su vida durante diez años en la cadena SER, con vivienda propia en el Programa Hoy por Hoy, primero con Carles Francino, después con Pepa Bueno y finalmente con Àngels Barceló.
Ahora se instala con comodidad en elDiario.es, donde es de esperar que se mantenga incólume la aviesa mirada de su autor, José María Izquierdo.
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