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La guerra interminable de Irak

Iñigo Sáenz de Ugarte

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El Gobierno iraquí está dispuesto a hacer frente a los grupos armados yihadistas. Su problema es que le resulta bastante difícil. Incluso cuando pone en marcha una operación de alto nivel, acaba sumando fuerzas propias al parte de bajas. El sábado, el Ejército lanzó un ataque a gran escala contra un centro de entrenamiento de miembros de Al Qaeda cerca de Rutba, a 380 kilometros al oeste de Bagdad, en la provincia de Anbar.

Resultado: 24 militares iraquíes muertos, incluido el general Mohamed Al Karaui, jefe de la Séptima División del Ejército. Los soldados fueron atacados por milicianos suicidas que hicieron explotar las bombas que llevaban adosadas al cuerpo. Cuando entraron en los edificios, trampas explosivas acabaron con algunos de los asaltantes. No era el desenlace que esperaba el Gobierno.

2013 ha sido el peor año en Irak desde 2008, cuando aún se sufrían los efectos de la guerra civil de 2006-07. Por entonces, las milicias suníes de Anbar, financiadas por EEUU, habían conseguido acabar con la mayor parte de los grupos yihadistas ligados a Al Qaeda. A partir de entonces y tras la retirada de las fuerzas norteamericanas, la seguridad quedó en manos del Gobierno de Maliki, lo que incluía mantener a esas tribus suníes dentro del sistema. Es decir, había que seguir pagándoles o integrar a algunos de sus elementos en las fuerzas de seguridad. En definitiva, y a pesar del odio alimentado entre suníes y chiíes por la violencia desatada desde 2003, intentar que ambas comunidades aceptaran convivir de forma pacífica en el nuevo Estado. 2013 ha resultado ser la constatación de un fracaso.

El Huffington norteamericano ha hecho una presentación con los datos de 2013 desde abril. Según los de Iraq Body Count, este año han muerto entre 7.900 y 8.700 personas. El jefe de la oficina de AFP en Bagdad hizo hace un mes un recuento completo de todos los actos violentos confirmados en un solo día, el 29 de noviembre. Muestra la frustración de un periodista de agencia que intenta reflejar el mayor número posible de esos sucesos en su trabajo, pero que se enfrenta a dos obstáculos: el menor interés de los medios de comunicación en la historia de Irak, desplazada por otros conflictos, y la dificultad para encontrar un sentido, una línea común a toda esta violencia.

No son sólo atentados contra objetivos específicos suníes o chiíes. Ha habido numerosos casos de represalias contra miembros de la comunidad a la que pertenecían los probables autores de los ataques. Han vuelto a aparecer a primera hora de la mañana grupos de cadáveres de hombres jóvenes amordazados y atados, asesinados probablemente sólo porque eran suníes o chiíes. En las zonas que han sufrido la violencia, la gente ha empezado a tomarse la justicia por su mano ante la incapacidad de la policía.

El Gobierno lanza una operación militar tras otra, algunas con nombres tan singulares como “La venganza de los mártires”, detiene a centenares de personas y el efecto sobre el número de atentados es nulo. Sus tácticas no son particularmente sutiles: consisten en detener a todos los hombres entre 16 y 45 años en el pueblo o barrio donde tiene lugar la redada.

Indudablemente, la guerra de Siria ha contribuido a la actual situación, pero no hay que engañarse. Es la misma guerra que comenzó en 2003.

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