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Lecciones de China

Iñigo Sáenz de Ugarte

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El dueño de El País (bueno, vamos a dejarlo en uno de sus principales accionistas) tiene una idea para encontrar una solución a la crisis de la democracia en Occidente: China. Sí, China, ese país paradigma del capitalismo de Estado gobernado por el Partido Comunista Chino.

¿Qué puede Occidente aprender de China? Berggruen apunta un par de enseñanzas: “Lo que China ha hecho bastante bien ha sido pensar y planear a largo plazo, y llevar a cabo el plan con un equipo de personas con capacidad contrastada en su especialidad, fruto de la experiencia meritocrática de quienes integran las instituciones chinas. En Occidente, nuestros líderes surgen de un proceso político que tiene que ver con la ideología y con la popularidad, lo que necesariamente implica el corto plazo. En este sentido, sí hay valores que debemos aprender de China”.

Ahora a la democracia le llaman “popularidad”. Dejemos a un lado esa definición irrelevante.

Lo de planear a largo plazo es bastante obvio. Si no tienes que rendir cuentas cada cuatro años en las urnas (los planes quinquenales y todo eso), resulta más sencillo planificar con el horizonte puesto en la próxima década. Si eres Deng Xiao Ping puedes nombrar al futuro líder del país sabiendo que su sucesor pondrá en práctica las líneas maestras de tu política aplicándola a los nuevos tiempos. Y eso es lo que en líneas generales ha ocurrido en China.

La referencia a la experiencia meritocrática ya es de nota, aunque sólo sea por el pequeño detalle de que unos 668.000 militantes del partido en China (ya sabemos que todas las cifras relacionadas en China son inmensas) han sido castigados por prácticas corruptas en los últimos cinco años (¡sólo cinco años!), según cifras oficiales.

¿Más datos? El propio Hu Jintao, que acaba de abandonar la cúpula del poder, alertó a los delegados sobre el peligro de la corrupción en el congreso del partido. La familia del primer ministro, Wen Jiabao, acumula activos por valor de 2.700 millones de dólares, según el NYT. De momento, los familiares del nuevo líder del país, Xi Jinping, no pueden presumir de tanto, pero parecen haber acumulado un notable patrimonio.

Si sólo fueran los máximos líderes del país y su círculo más cercano, se podría pensar que el problema está contenido en los ámbitos a los que pocos ciudadanos pueden llegar. La realidad es que desde hace años casi todos los contactos de los chinos con su Administración se encuentran manipulados por la corrupción. Un cargo público es una oportunidad para imponer a la gente un impuesto extra con el que aumentar la fortuna personal.

Y esa es la meritocracia que el dueño de El País (perdón, uno de sus máximos accionistas) quiere propagar por Occidente. Es una solución irrebatible y por eso el periódico le ha dedicado casi una página entera a su último libro. Poco me parece.

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