Zombis, viejos, periodistas
Y de repente el estallido. La prensa española ya no puede hablar de crisis. ¿Demolición? ¿Hundimiento? En pocas horas, supimos el viernes que El País dará la baja a cerca de 150 personas (despidos más jubilaciones anticipadas) de una redacción de 470, y rebajará el sueldo a los que se queden. Entre 175 y 190 personas tendrán que abandonar las empresas de Unidad Editorial, editora de El Mundo y Marca, que se suman a otros despidos masivos ocurridos en el grupo en los últimos años.
Las cifras del deterioro económico de El País son concluyentes. Como ocurre habitualmente con los números, no cuentan toda la historia. Aun siendo terrible el descenso de los ingresos publicitarios, las razones de la hecatombe hay que buscarlas en la incapacidad de adaptarse a los nuevos tiempos y la adopción de estrategias digitales equivocadas tanto en el plano periodístico como en el de la rentabilidad.
A los periódicos no se les han muerto los lectores por razones biológicas, como se decía hace unos años de forma malévola. Los han matado de aburrimiento y no han sabido reclutar a los que debían relevarlos. Cuando las cosas iban bien, cualquier idea innovadora era rechazada. 'Si funciona, no lo toques' es una idea desgraciadamente muy extendida en las empresas españolas. Cuando se viene encima la catástrofe, ya es demasiado tarde y las soluciones son una repetición de lo que ya se hacía antes o una loca carrera hacia ninguna parte. A lo más que se llega es a enterrar dinero en promociones o en apostar por contenidos propios de la prensa de corazón para el fin de semana.
Pero en realidad la crisis de El País no empieza en El País, es decir, en el papel, sino en Prisa, en los errores de dirección que obligaron a la empresa a asumir un nivel de deuda insostenible para cubrir sus inversiones en televisión.
En muchos grupos de comunicación del mundo --News Corporation es un caso obvio--, es al revés. Los intereses en televisión y otros negocios ayudan a asumir las pérdidas de la prensa. The Times y The New York Post pierden decenas de millones de libras o dólares cada año con una asombrosa regularidad. Al menos hasta ahora han sido los beneficios de otras áreas del grupo las que han permitido tal 'dispendio'.
Ahí es donde entra el presidente de Prisa, Juan Luis Cebrián, y donde la herida recibe una lluvia de sal. “No podemos seguir viviendo tan bien”, dice al comunicar la política de recorte de gasto. Es la muerte de la ironía viniendo de un directivo que cobra un sueldo más extras de varios millones de euros, muy superior al de cualquier otro grupo de comunicación.
Pero no es sólo Cebrián. Miquel Roig comparaba ayer en Twitter la remuneración del consejo y alta dirección de Prisa en 2011 (20,44 millones para una empresa con un valor en Bolsa de 226 millones) con la de Inditex (19,95 millones en remuneraciones con un valor en Bolsa de 62.308 millones).
Si Cebrián estaba pensando en el sueldo más bonus de Rupert Murdoch (30 millones de dólares en el último año), conviene recordar que la capitalización bursátil de News Corporation es de 56.000 millones de dólares. Pero incluso en el caso de Murdoch, hay que mencionar que él y otros directivos han aceptado un recorte en sus bonus para responsabilizarse de los efectos económicos del escándalo del News of The World. No hay noticias de que el consejo de Prisa vaya a adoptar una actitud similar por sus malos resultados económicos.
La culpa siempre es de los otros, en especial de los periodistas que han puesto en práctica las distintas estrategias aprobadas por sus directivos. Y además no parece que haya mucho respeto por una redacción que con su trabajo consiguió que en los últimos 30 años El País haya sido uno de los periódicos más rentables de España, o quizá el que más.
Esa es la razón de los altos sueldos existentes en esa redacción, cortesía también --todo hay que decirlo-- de las virtudes negociadores de sus compañeros de rotativa, agrupados en esas organizaciones llamadas sindicatos, que tenían la peregrina idea de que los trabajadores también debían disfrutar de una parte de las decenas de millones de euros de beneficios.
Como también Cebrián es/era periodista, hay que aceptar en sus explicaciones sobre la crisis de la prensa un cierto grado de ironía o sarcasmo que otros miembros de la profesión también practican para soportar estos tiempos oscuros. ¿Eso incluye llamar muertos vivientes a los periodistas que tienen la responsabilidad de defender la fortaleza sitiada?
Yo digo que somos zombies. Ya nos hemos muerto. Lo que pasa es que, como buenos zombies, nos negamos a pensar que estamos muertos. Nos sentamos con los demás y ellos saben que somos zombies, pero nos aceptan en la mesa.
¿Un desliz o un exceso irónico? ¿Es una definición simbólica con la que se refiere a los periódicos más que a las personas que trabajan en ellos?
Sus interlocutores del viernes que recibieron las malas noticias ya saben que el desdén que siente Cebrián por los periodistas va más lejos. Son unos viejos y además irrecuperables para los tiempos modernos. Según la descripción hecha por el comité de empresa:
El presidente del grupo considera que la plantilla del periódico está envejecida y carece de profesionales con “perfiles digitales”, además de resultar muy cara, por tener “un salario medio de 88.000 euros”. Para Cebrián, la tercera edad en periodismo empieza a los 50 años. “El tema más preocupante es que la edad media de la plantilla es de 53 años”, ha subrayado al recordar que 189 personas superan los 50 mientras que solo 10 están por debajo de los 30. “Esto afecta a los perfiles profesionales y al modelo de periódico que queremos hacer”, ha añadido.
Esta es una constante en muchas empresas españolas, también en el sector de la comunicación. La idea de que la formación no sólo es conveniente, sino imprescindible es completamente ajena a las costumbres de los directivos. Es una pérdida de tiempo, un gasto superfluo. Resulta mucho más cómodo exprimir al trabajador por lo que sabe hasta que no queda ni una gota. Invertir en formación es cosa de extranjeros.
El propio Cebrián dijo en la entrevista citada antes que “hay nativos de la era digital que no entienden nada y hay gente ya bastante madura que lo ha comprendido bien”. Entre la gente “bastante madura” debe de estar él, responsable de tantos giros absurdos en la estrategia digital de El País, aún a estas alturas incapaz de rentabilizar las altas cifras de audiencia. El problema es el negocio, no los periodistas, que a fin de cuentas forman un ejército que cumple órdenes. Y cuando tienes a una persona con un sueldo alto y no sabes qué hacer con ella y la envías a algún pasillo oscuro o la pones en una mesa para hacer un trabajo irrelevante, la culpa de ese dispendio económico, de esa pérdida de capital humano, no es del zombi viejo, sino de sus jefes (que por cierto siempre van a cobrar más que él).
Es más fácil enamorarse de los cacharros y despreciar a las personas. Es más sencillo enarbolar un iPad en una reunión como si fuera las tablas de Moisés para anunciar cual profeta con línea directa con el ser supremo que el futuro está en las tabletas. Lo malo es que al final, tienes que meter un contenido de calidad en esas tabletas, o cualquier otro dispositivo móvil, que te diferencie de los demás y que justifique que el cliente, antes llamado lector, esté dispuesto a pagar.
Son esos molestos zombis, viejos y periodistas los que tendrán que rellenar el cacharro. El País y otros grandes medios de comunicación están en el negocio de los contenidos, no en el de la tecnología. ¿Cobrarán menos los zombis que lo que sacaban con esos fantásticos convenios obtenidos por los márgenes de beneficios que daban los productos sacados de una rotativa? Es muy posible. ¿Los necesitan las empresas? Desde luego. Porque de lo contrario ¿qué es lo que puede ofrecer una empresa como El País? ¿Artículos de Boris Izaguirre?
¿Quién es el zombi aquí?
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