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Un boletín de Esther Palomera exclusivo para socias y socios. Donde la verdad no se maquilla ni se suaviza. Una opinión directa sobre lo que esconden los micrófonos de la política.

“Hablemos de cloacas”

La exmilitante del PSOE Leire Díez, a su salida de los juzgados de Plaza de Castilla el pasado noviembre
11 de junio de 2026 08:05 h

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Hay una frase que estos días se escucha por cada rincón de La Moncloa: “Si quieren hablar de cloacas, hablemos de cloacas”. Y es que el empeño de las derechas y su sincronizada mediática por empatar la corrupción de Estado de la Kitchen que operó en los gobiernos de M. Rajoy con “el comando Leire Díaz” que se atribuye ya a P.S. puede ser muy loable pero poco creíble, a tenor de las tramas, los personajes y los resultados de las andanzas de unos y de otros. Lo segundo, de hecho, no se entendería sin la existencia de lo primero. 

Es muy probable que en su comparecencia el próximo día 24 ante el Congreso de los Diputados, el presidente del Gobierno intente establecer las diferencias, lo que no está claro es hasta dónde está dispuesto a escalar en la descripción de unos hechos y una cronología que, según cuentan en la fontanería monclovita, salpican a no pocos personajes de cuantos hoy exigen dimisiones, reparten carnés de decencia e imparten lecciones de ética desde los púlpitos de la política y el periodismo. 

Hay apuestas. Y van ganando los que apuntan que Pedro Sánchez no se atreverá a tanto. En minoría están, por tanto, los que retan a un desnudo integral de las élites judiciales, policiales, empresariales y periodísticas. Caiga quien caiga y tenga las consecuencias que tenga. Como en todos los ámbitos y profesiones, en la judicatura hay togados buenos, malos y mediopensionistas, igual que hay policías intachables y también corruptos o hay periodistas que buscan la verdad, que persiguen intereses espurios o que tienen vinculaciones inconfesables con todo tipo de cloacas.

Los que se llenan la boca de regeneración democrática son, en ocasiones, los que más tienen que callar, y nadie se atreve a desenmascarar. Por prudencia, por temor, por corporativismo o por el precio a pagar, a pesar de saber que es siempre la verdad, y no el miedo, la que ayuda a fortalecer las democracias. Y, ahora, que por fin Sánchez ha interiorizado que tener el gobierno no significa tener el poder y que salvo el BOE, el suyo no tiene influjo alguno en el ámbito judicial, policial, empresarial o mediático y que hasta el legislativo -con la mayoría absoluta del Senado- lo controlan las derechas, es cuando algunos le animan a hacer una especie de revival del célebre Yo acuso, la carta abierta escrita por el novelista Émile Zola con la que imputó directamente a las altas esferas militares y gubernamentales francesas de fabricar pruebas y encubrir la inocencia del capitán Alfred Dreyfus, un oficial judío falsamente condenado por traición. 

Este miércoles en respuesta a una pregunta de la portavoz de HB, Merche Aizpurua, el presidente deslizó la idea de una presunta implicación de la élites en una operación de acoso y derribo contra el Gobierno. La diputada abertzale le instaba a “aclarar todo” lo que sepa sobre las casos de corrupción que afectan a su entorno en su declaración del día 24 de junio y Sánchez le respondió que dirige un “gobierno incómodo para las élites” y que será igual de contundente en la respuesta a la corrupción de su partido como en la respuesta a “los infundios, las insidias y las mentiras que están propagando” sobre el PSOE y su Gobierno.

Lo que hizo fue fijar el marco para el repaso del minucioso relato que los suyos creen que debe hacer durante su comparecencia. Una narración de los hechos que incluya el por qué de tanta investigación de la UCO y cuál fue la espita que desató una virulenta ofensiva de la Guardia Civil contra el Gobierno y que algunos relacionan con la destitución en su día del coronel Pérez de los Cobos. Pero también los detalles sobre qué hay y quiénes están detrás de la investigación al expresidente Zapatero; lo que callan algunos medios afines al PP; la tupida red de intereses entre algunos jueces y el partido de Feijóo; los motivos que mueven a algunos grupos mediáticos; las filtraciones interesadas desde la Fiscalía Anticorrupción; lo que falta por conocer de los audios de Villarejo y que dormitan en algún cajón de la Audiencia Nacional sin que ningún juez haya decidido investigar…

Y todo ello no significa que no haya motivos justificados para investigar la corrupción que haya anidado en el PSOE, la basura de Santos Cerdán, los pagos a Leire Díaz, las reuniones de la directora de la Guardia Civil con la ex militante socialista, los negocios de Zapatero, los tejemanejes del ex presidente de la SEPI o cuanta inmundicia haya podido acumular en estos años el partido del Gobierno. Todo lo contrario. 

Hay que llegar hasta el final. Con la verdad. Con todos y cada uno de los protagonistas. Con las pruebas concluyentes para que quien haya cometido un delito, pague por ello. Y con la línea de puntos que une la Kitchen y “el comando Leire” porque la trama de la ex militante del PSOE, sí, lo que investigaba inicialmente era la basura de aquellos años y cómo la mal llamada policía patriótica, mandatada por un ministro y toda la cúpula de Interior, construía pruebas falsas para destruir al adversario político, tapar la corrupción del PP y ocultar la participación de M.Rajoy en la caja B de su partido. Algo que sin la complicidad de determinados grupos mediáticos y periodistas hubiera sido imposible. 

Pero una cosa es la verdad y otra son las obsesiones enfermizas o las operaciones coordinadas para tumbar al Gobierno. Como dijo Carlos Alsina al anunciar hace unos días su retirada de la información política: “No estamos aquí para tumbar gobiernos como sea, ni para diluir o justificar o maquillar los desmanes, los atropellos, las mentiras y las incoherencias de quien gobierna. Pero tampoco para ayudar a que llegue al Gobierno quién no ha sido capaz de conseguirlo por su propio pie”. Y algunos, por lo que sea, están solo en esto último, no en contar la realidad de los hechos, con los antecedentes y los contextos imprescindibles.

Así que, adelante, “hablemos de cloacas”.

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