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El caballo de Nietzsche es el espacio en eldiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).

Escribir la tierra. El matadero y otros cuentos de la montaña

El escritor Javier Morales y la portada de su nuevo libro, publicado por la editorial Tres Hermanas. La foto del autor es de Lisbeth Salas.

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Por una nueva escritura de la tierra

Hay una diferencia de más de veinte años entre los relatos que integran La despedida y El matadero, el más reciente y el único inédito de este libro. Englobar las cuatro historias ya editadas bajo el epígrafe Cuentos de la montaña es un homenaje inevitable al gran escritor portugués Miguel Torga, a quien tanto debo. Escribí los cuentos de La despedida en el inicio de este siglo, después de pasar tres años como periodista en el valle del Jerte, en el norte de Cáceres, al frente de una revista dedicada al cooperativismo entre los agricultores de la zona. Era el único redactor (al principio también la maquetaba y distribuía) y decidí inventarme un seudónimo para ampliar las voces que firmaban en la publicación. Fue así como surgió el personaje de Luz Verde, una profesora de Lengua y Literatura en el instituto de esta comarca cacereña. Cuando regresé a Madrid la convertí en la narradora de La despedida, publicado por la Editora Regional de Extremadura años después, en 2008, y del que ahora comparto el cuento que da título al libro. Profecías es el relato de apertura de Ocho cuentos y medio (Baile del Sol, 2014). Reino de Cordelia publicó en 2020 La moneda de Carver, de donde proceden El tiempo del tabaco y Cementerio alemán. Ese mismo año escribí El matadero. Frente a la tentación de reescribir los cuentos, pues soy y no soy el mismo escritor de entonces, he preferido dejarlos como estaban, como se concibieron en su momento, salvo pequeñas correcciones. Los relatos no dejan de ser los anillos de un mismo árbol, de ahí que me haya animado a reunirlos ahora en un solo volumen. Las raíces de este árbol se han ido expandiendo a largo de mi vida en busca de preguntas y de respuestas sobre nuestro paso por este mundo y nuestra relación con los otros seres vivos que nos rodean, con una naturaleza de la que formamos parte, aunque se nos olvide.

Todos los relatos están ambientados en Extremadura, en un espacio más o menos reconocible. La Comarca de La despedida, con esa libertad que permite la literatura, es claramente el valle del Jerte, como apuntó en su día Gonzalo Hidalgo Bayal en la presentación del libro en Plasencia. Al fin y al cabo es lógico que sea así por el vínculo que mantengo con un paisaje que es el territorio de mi infancia. Los cuentos nacen, además, de una mirada hacia el mundo rural exenta de cualquier romanticismo e idealización, como sí percibo en bastantes de quienes han decidido hoy dejar la ciudad para refugiarse en los pueblos, una arcadia que debe más a la imaginación de la literatura que a la realidad. No se trata tanto de regresar al campo para reproducir el modo de vida de las ciudades como de “resalvajizar” el mundo rural (rewilding lo llaman en inglés), dejando un espacio para una agricultura que no destruya la naturaleza, por supuesto, sin ganadería, siempre atentos a las necesidades y posibilidades de subsistencia de las personas que habitan en los pueblos. Una naturaleza saludable lo será también para los campesinos. En ese proceso habría que renaturalizar también las ciudades, sustituir el gris del asfalto por el verde de la clorofila para que nuestras urbes fueran más habitables para todas las personas que las habitan, humanas y no humanas.

Al releer los relatos para esta brevísima tentativa de antología rural que tienen entre sus manos, me doy cuenta de que, salvo el que da título a La despedida y que nació de un reportaje que escribí para un suplemento dominical, no hay ganaderos ni hay animales de granja. En El matadero solo quedan ya las cenizas de ese mundo, pero en esa historia de ficción, que también le debe mucho a un reportaje, lo que se pretende construir en su lugar no es mucho mejor. Hay una imagen recurrente de mi adolescencia, de la época que retrato en El tiempo del tabaco, que me confirma la necesidad de una nueva escritura de la tierra. Estamos en julio y mi padre, la mula y yo descansamos del duro trabajo a pleno sol debajo de una higuera. He dejado el sombrero de paja en una isla de hierba mientras me como el bocadillo sentado en un montículo de tierra. El sombrero ha perfilado un cerco en mi pelo sudoroso. Mientras, con una suma paciencia y cariño, con afán y la misma minuciosidad con la que emprendía todo lo que hacía, mi padre cura con mercromina las heridas del animal producidas por el arado.

Acaba de pasar el cultivador para dejar libre de “malas hierbas” los surcos donde crece el tabaco. Animalito, susurra en un lamento que se acaba convirtiendo casi en una letanía. Mi padre sufre al ver las heridas de la mula. Estoy seguro de que le gustaría no tener que utilizar al animal para trabajar, pero es la única alternativa a su alcance para roturar la tierra sin deslomarse aún más. Lo que me lleva a pensar que incluso entre personas bondadosas y empáticas hacia los otros seres vivos, como mi padre, los animales han sido siempre los grandes perdedores de la historia. Desde nuestra arrogancia suicida, los humanos jamás nos hemos dignado a escuchar lo que los otros animales tenían que contarnos. Si hubiéramos sabido entender su murmullo ancestral quizás ahora nos habríamos merecido el nombre de homo sapiens. En un mundo de escasez energética, adonde nos llevará posiblemente la hecatombe ecológica, no deberíamos tener la tentación de utilizar y explotar de nuevo a los animales para hacer nuestro trabajo. Decía Gary Snyder que su aportación al marxismo fue incorporar a la naturaleza entre las clases explotadas. Podríamos extender esa idea a los animales domésticos. Reproducir el mismo esquema piramidal, en el que los humanos siguen estando por encima del resto de seres vivos, no serviría más que para perpetuar el modo de vida que nos ha llevado hasta aquí. Es imprescindible, por tanto, una nueva escritura de la tierra, una nueva literatura que tenga en cuenta los bosques, las montañas y los ríos, que no se escriba en los surcos del dolor de los otros animales, sino desde la fraternidad y el reconocimiento de todos los seres vivos que habitan el planeta Tierra.

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