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ENTREVISTA Juan Martínez Moro, artista y ensayista

"Es obligado navegar a contracorriente, sobre todo contra los flujos ideológicos a la moda"

El artista cántabro Juan Martínez Moro.

Juan Martínez Moro (Santander, 1960) es uno y trino en el campo del arte español. Cuando escribe un ensayo se hace llamar con su nombre completo y cuando hace grabado es Juan M. Moro. Como para solventar esta disyuntiva existencial y artística ha adoptado desde 2019 la síntesis de J. Martimore, que es el heterónimo con que ha firmado sus dos últimas obras a caballo entre la ficción, el ensayo y el arte gráfico.

Artista y ensayista, catedrático de la Universidad de Cantabria y Premio Nacional de Grabado, concedido por la Calcografía Nacional-Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Martínez Moro, desde 1987, ha protagonizado 25 exposiciones individuales y múltiples colectivas nacionales e internacionales, ha representado a España en la XXIV Bienal Internacional de Gráfica de Ljubliana, en Eslovenia, y ha sido el artista Invitado de la XV Feria Internacional de Arte Gráfico Estampa. En su actividad ensayística, destaca la atención dedicada al ámbito de la ilustración del libro, con títulos como Ilustrar lo sublime (1996) y La ilustración como categoría (2004). Con Elogio del Antropoceno (2019) y Los Caprichos de Mannekind (2021) ha querido reunir sus dos líneas de trabajo, la plástica y la escritora, para crear un concepto inédito de producción que responde a su nueva personalidad creadora, J. Martimore.

Juan Martínez Moro, J. Martimore, Juan M. Moro... Catedrático, artista plástico, ensayista... ¿Por qué adoptar varios heterónimos para otros tantos campos de su actividad? ¿Es que el Juan M. Moro grabador y artista no tiene nada que decirle al Juan Martínez Moro ensayista?

Todo lo contrario, existe una gran corriente de comunicación entre los tres, lo que evidencia la “heteronomia” de baja intensidad elegida. La adopción de estos heterónimos surge tanto por razones de estructuración personal (¿uno y trino?, tal vez, siguiendo algunos modelos mitológicos occidentales), como también en respuesta a roles determinados por prejuicios culturales que entiendo son muy rígidos, a los que pretendo confundir o soslayar. En este último sentido, no es desdeñable que todo sea un liberador juego del escondite.

Con el sobrenombre de J. Martimore, sin embargo, aspira a una amalgama, una síntesis de sus otros 'yo'. ¿Cómo se manifiesta ese encaje de su obra gráfica en su obra literaria o viceversa?

Efectivamente, J. Martimore es el último que se ha incorporado a la terna, como consecuencia de un proceso de fusión entre mi actividad artística y ensayístico-literaria. Estos personajes en realidad te visitan un buen día que estás trabajando (condición esencial): llevas tiempo haciendo algo y de repente te das cuenta de que no solo has creado una obra, sino también una nueva identidad. Estamos en constante cambio, no hay identidad ni ego inmutable. Y esa identidad obviamente forma parte de la obra, como es este caso.

En el campo del ensayo está discurriendo desde un sentido estrictamente discursivo, formal o académico, hasta otro más narrativo en donde el concepto corre a lomos de personajes e historias ficticias con 'Elogio del Antropoceno' (Milrazones, 2019) y 'Los Caprichos de Mannekind' (El Desvelo Ediciones, 2021). ¿Por qué se produce esta evolución y hacia dónde se dirigirá en el futuro su vertiente ensayística?

De nuevo se trata de un proceso liberador, que busca profundizar cada vez más en el desarrollo de procesos intuitivos. Este tipo de proyectos quieren transmitir pensamiento (o sensaciones) a través de la conjunción artística de recursos visuales y literarios. Sin embargo, su evolución viene marcada por algunos planteamientos previos defendidos en trabajos académicos, en especial aquellos referidos al estudio de la ilustración gráfica (o al arte contemporáneo, que tiene en nuestros días mucho de ilustración). Visto lo acontecido en la parte artística, donde prácticamente he prescindido ya de la necesidad de tener un taller y pesada maquinaria, mi vertiente ensayística muy probablemente discurrirá, por lógica madurativa semejante, hacia una mayor levedad y ligereza.

Su obra 'La ilustración como categoría' (Trea, 2004) lleva por subtítulo 'Una teoría unificada sobre arte y conocimiento'. ¿En qué consiste dicha teoría?

Digamos que el vínculo entre arte y conocimiento, en un sentido amplio, es una aspiración soterrada y no siempre destacada por la teoría del arte de nuestros días. De otro modo, esa relación en concreto resulta también un hándicap para el siempre indemostrable rigor comunicador del lenguaje artístico. En el libro que menciona se identifican los antecedentes de dicha relación en el ámbito histórico de la ilustración del libro, más concretamente en algunos usos alternativos e inéditos de la imagen, al menos para las llamadas artes mayores, que se ha dado en el pasado en libros científicos, de pensamiento político, de filosofía y ética, religiosos… No obstante, toda teoría unificada, cuyo referente más célebre se encuentra en la física, no es otra cosa que una hipótesis imposible, y en este caso incluso un oxímoron.

En un mundo donde lo audiovisual ha sentado sus reales, ¿el grabado no es la hermana pobre de estas disciplinas? ¿No es una antigualla recluida en galerías de artes y retrospectivas?

El arte en términos absolutos tiene muy poco que ver con una idea unidireccional de progreso. Es más bien la búsqueda en toda su amplitud de posibilidades de expresión. De hecho, renunciar a cualquiera de ellas debe ser visto como una merma. Más allá de la imagen o de la idea de superficie, la plasmación artística nos adentra en un mundo de calidades y cualidades a los que no se puede renunciar. Al menos yo no lo hago cuando disfruto la penetrante densidad de la línea de un dibujo a carbón en cualquier cueva paleolítica. El grabado en concreto aporta unas cualidades gráficas derivadas de su propio y exclusivo proceso que no son reproducibles con ningún otro medio. Precisamente ayer mismo leía la noticia de una importante exposición en Washington dedicada a la exquisita técnica de la aguatinta, donde se destacaba la figura de Goya. Por cierto, la aguatinta es mi propia especialidad dentro del grabado.

¿El grabado y la ilustración en general como soporte de difusión del conocimiento no han quedado obsoletos respecto a Instagram?

Solo en términos de difusión veloz de la información (su inmediatez), y no del conocimiento. Para empezar, la veracidad de ambos están en entredicho en el soporte digital que señalas. Yo sigo prefiriendo la relativa garantía de la intermediación editorial, tanto referido a los formatos de prensa, revista como libro, aunque pueda no estar de acuerdo con alguna línea editorial en concreto. Y en cuanto al conocimiento en ningún caso, pues lo entiendo como un elemento necesariamente contrastado, verificado, digerido… E incluso diría que me interesa más la sabiduría que el conocimiento, por el factor necesariamente introspectivo que introduce dicho concepto. Nada que ver con Instagram u otros.

En 'Los Caprichos de Mannekind' diserta, mediante escenas o pantomimas, sobre aquello que más nos une como seres humanos en vez de aquellos aspectos identitarios que nos separan. ¿No es otra manera de navegar a contracorriente? ¿Queda algo por decir o mostrar sobre el ser humano que no se haya mostrado o dicho ya?

Es obligado navegar a contracorriente, sobre todo contra los flujos ideológicos a la moda, que son redundantes y los más cegados por el falso y transitorio deslumbrar del éxito, la adaptación intelectual y la corrección política. Efectivamente, mi propuesta tiene mucho de ello, al pretender afrontar al ser humano desde un enfoque medianamente ontológico cuando parece que ya no se lleva. Sobre el ser humano queda mucho por decir, pues alberga el todo y la nada, lo grande y lo pequeño, lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo… De todo ello este tragicómico personaje cada día nos sorprende con nuevas salidas, y a expresarlo se dedican las artes desde tiempos inmemoriales.

La obra es también un guiño-homenaje a Los Caprichos de Goya. Con 200 años de distancia de por medio, ¿cuál es la vigencia del pintor aragonés y de su obra, sobre todo sus colecciones de grabados?

Considero la obra gráfica de Goya su aportación más universal. Esta opinión se puede medir de manera objetiva recurriendo a su impacto en referencias bibliográficas: es la parte mas citada tanto verbal como visualmente de todo su trabajo. La vigencia es total, aunque solo sea porque lo es el periodo en que vivió, finales del XVIII y principios del XIX: el encadenamiento neoclasicismo-romanticismo sigue definiendo nuestra propia época en términos generales de pensamiento y estéticos. Y Goya es una figura que concita muchos elementos de aquella época.

Si el maniquí de artista hablase, ¿qué nos diría?

El maniquí no habla, solo realiza posados o pantomimas, que es una forma somática e integrada de lenguaje no verbal, mas espontánea, menos controlable y, por tanto, también menos engañosa de decir las cosas. De eso trata el libro.

¿Y qué nos dirían los arqueólogos del futuro cuando encuentren los restos del período antropocénico en que vivimos?

Nada bueno. A bote pronto lo que diría cualquier inquilino en su sano juicio: ¡pero cuánto destrozo y basura habéis dejado en el inmueble!

¿Hay alguna tesis de futuro en el ensayo-ficción 'Elogio del Antropoceno'?

En realidad, no. Se trata de una visión retroactiva desde un más que previsible futuro distópico sobre los tiempos del presente. El autor, un arqueólogo amateur, tiene que reconstruir el pasado en base a una serie de indicios materiales conservados. Al carecer de datos y referencias sólidas de comparación, se ve obligado a una reconstrucción hecha uniendo cabos sueltos, que deriva en interpretaciones paradójicas, delirantes y cómicas, con lo que el libro se convierte en una ironía sobre los usos y costumbres actuales. De ahí el homenaje del título a Elogio de la Locura de Erasmo.

Usted ha comisariado exposiciones, representado a España en muestras, en bienales, con obra en colecciones públicas y privadas y múltiples referencias en publicaciones. Además, recibió el Premio Nacional de Grabado en el año 2000. ¿Es de esos artistas que dedican buena parte de su tiempo a allanar el camino de los reconocimientos? ¿Qué significa para usted los premios?

En absoluto, de hecho he frecuentado muy poco los premios en las más de tres décadas que llevo en el “negocio”. Entiendo que todo lo que menciona es consecuencia lógica de haber sido, y aún ser, bastante activo. Los premios están bien siempre y cuando sean coherentes y honestos, lo cual tiene mucho que ver con el jurado. Le contaré una anécdota, cuando conseguí el premio que menciona, uno de los articulistas, creo que fue en ABC, destacaba el total desconocimiento previo de aquel premiado. No obstante, los premios hay que relativizarlos mucho, hay no pocos intereses y condicionantes, o están profundamente determinados por la contingencia de las circunstancias.

¿El mejor Ministerio de Cultura es el que no existe? ¿Cuál ha de ser el papel de las instituciones con respecto al arte?

No me parece mal que haya un ministro, aunque sea para hacer de florero, pues en los sistemas institucionales los floreros también son necesarios. El problema es obviamente la gestión. Una gestión que se debe hacer con ideas de política de estado, o de región, o de municipio, o de ciudadanía, o históricas… es decir todo bajo términos amplios y aglutinadores; y no partidistas, oportunistas, temáticos, ideológicos, contra-ideológicos…, en cuyo caso la gestión degenera en mera digestión de unos pocos allegados y arribistas.

¿No teme que en la universidad se mire mal a un catedrático que huye del discurso estrictamente académico y cuya actividad trasciende los límites del campus?

En absoluto. La universidad entiendo que se debe definir por su amplitud de miras y de posibilidades de trabajo. En el ámbito de las Artes y Humanidades, que es al que pertenezco, la actividad crítica, el desarrollo de formas alternativas de expresión y de pensamiento forma parte de su realidad histórica. En este sentido me considero profundamente universitario, y no me he sentido cohibido en ningún momento a este respecto. Aunque volviendo al principio de la entrevista, el juego de heterónimos también tiene que ver con el enfoque personal que le he dado a mi presencia paralela entre ámbitos académicos y artísticos. A este respecto, es cierto que el arte contemporáneo y la institución universitaria no se entienden demasiado en algunas cuestiones.

¿Los caminos de la sociedad y de la Universidad no parecen haberse separado? Lo digo porque tengo la percepción de que la Universidad, que desde antaño fue considerada como el cerebro de la sociedad, es como un cerebro sin cuerpo y la sociedad un cuerpo descerebrado...

Dando continuidad a lo anterior, en lo que respecta al arte contemporáneo puede haber algo de ello, pues en él se plantean cuestiones inéditas que deben ser aún encajadas o asimiladas por discursos teóricos y metodologías que puedan estar entrando en fase anacrónica, por ejemplo. No obstante, considero que no cabe hablar a título general de la universidad, pues en definitiva todo depende del peso y la presencia que tengan las artes en cada campus universitario, y/o las dinámicas e interacciones personales e institucionales, la capacidad real para la transversalidad y la amplitud de miras entre áreas de conocimiento, los modelos curriculares…  

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Publicado el
1 de noviembre de 2021 - 20:33 h

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