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Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Autocuidado y ruido, mucho ruido

Una trabajadora sanitaria de una residencia de mayores.

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Los que denuncian que vivimos bajo una nueva dictadura de corte castrochavista (aunque ya no exista ninguno de esos personajes) deben haber sido inoculados con la vacuna de la estupidez (una disponible en cantidades democráticas). Este modelo de Estado Nación, basado en la individualidad del ciudadano, sigue dependiendo del autocontrol de los ciudadanos.

Si durante los meses de confinamiento estricto eran los vecinos los que denunciaban a vecinos o los que se encargaban del control social de calles y urbanizaciones, ahora no hay mucha diferencia. Ponerse la mascarilla o no, pedir el ya extinto 'pasaporte' COVID en la hostelería (un exotismo en los bares de Cantabria), o vacunarse depende de la voluntad individual. No hay ninguna lógica de lo colectivo en este modelo y tampoco hay capacidad real de imponer el monopolio de la coerción que teóricamente reside, por gracia de un contrato inexistente, en el Estado.

Del autocontrol (ya no hacen falta masivos ejércitos para decirnos qué o cómo hacerlo), ahora nos empujan al autocuidado, una especie de nuevo modelo de privatización de la salud pública que pone en manos de cada ciudadano la decisión de confinarse o no, de hacerse pruebas o no, de determinar si una tos es una tos o es un COVID leve o es la antesala del viaje incierto.

Las conversaciones de bar circulan alrededor de esa increíble capacidad de diagnóstico que hemos adquirido todos y nuestro triste Reinhard Wallmann es una voz en el desierto que siempre llega tarde: cuando él ha descubierto que el pasaporte COVID en la hostelería no servía, los tertulianos de mesa de bar (que ahora no hay barra) ya sabían, desde el primer día, que todo se trataba de un ejercicio retórico.

Lo grave es que la pandemia ha dejado tiritando lo que ya estaba bajo cero: el sistema público de atención primaria

Para completar este cuadro de individualismo crónico ha sido indispensable la conversión de la salud en un asunto de pura estadística y eficacia. Mientras yo no me muera de COVID, la cosa no debe ser tan grave. Pero lo grave, mientras seguimos el minuto y resultado de la pandemia, ocurre a la sombra de esta montaña inmensa de datos y esta plaga de analistas y médicos aficionados. Lo grave es que la pandemia ha dejado tiritando lo que ya estaba bajo cero: el sistema público de atención primaria. El mito de la “mejor salud pública de Europa” empieza a competir con el del “carácter feliz y despreocupado de los españoles”.

Mientras los seguros privados hacen su agosto (sin ninguna razón lógica), los centros de salud pasan del atrincheramiento a la saturación en un nanosegundo. Nos faltan profesionales y no existe la presión colectiva para que se invierta lo que se debe en el sistema. Eso si es lógico: si ya todos somos médicos y enfermeros, para qué contratar a los que saben de la materia. Se empieza repescando a los jubilados y se termina, como ya está ocurriendo en las residencias de mayores, contratando a conductores de esos trenes varados para cubrir las bajas de las mal pagadas especialistas en los cuidados que poco nos importan.

La pandemia es un shock y Naomi Klein debería estar revisando su mítico volumen dedicado a explicarnos cómo no salimos indemnes de estos traumas colectivos porque hay personajes del sistema que aprovechan el estado de parálisis colectiva para meternos las reformas dobladas: desde una derogación de reforma laboral que no lo es hasta una transición energética comandada por los dueños del pasado energético.

Y, mientras, nosotros autocuidándonos, obsesionados con una libertad de mierda que solo se traduce en la libertad del consumo o del vilipendio, felices de que nos lleguen series distópicas enlatadas para asistir al apocalipsis desde el sofá, dispuestos a trabajar por cuatro perras sin importar si la precariedad nos convierte en personas superfluas, escudados en la crisis para justificar casi todas las disfuncionalidades de un sistema que siempre elige la economía cuando la vida está en juego, que siempre apuesta por las viejas normalidades en lugar de buscar nuevas formas de vida, que nos responsabiliza individualmente de todo para terminar de socavar la ya débil idea de lo común.

No hay mejor sistema de control que tener a una mayoría de la población viviendo entre la precariedad laboral y el pánico emocional. Quizá hemos pasado de la doctrina del shock a la crisis permanente como placenta social: una sucesión de microshocks que nos hacen confundir todo, que nos aturden y nos hacen habitar una vida simulada bajo la violenta ficción de que todo depende de nosotros mismos: ese “si tú quieres, tu puedes” que empuja al “emprendimiento” (ese autoprecariado edulcorado con cierto glamour), a la obsesión por las dietas sanas, por la ecología de salón o a confundir una forma en change.org con la revolución.

Todo esto es posible, como nos recuerda Franco ‘Bifo’ Berardi, porque “cuando el ritmo de la comunicación se acelera hasta el ruido blanco, la mente pierde su capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso. No podemos contar mucho con la mente crítica”. Y de seguir así, a este ritmo imposible que nos encapsula y nos empuja al más perverso autocontrol, “en el futuro, la capacidad crítica habrá desaparecido de la mente humana, será solo el privilegio de una minoría que pueda leer y abstraerse del ruido”.

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