Necesitamos un apagón
Necesitamos un apagón, vaya que si lo necesitamos. Pero un apagón de verdad. Una posibilidad de reiniciarnos para no seguir en esta estupidez proapocalíptica a la que tan bien nos dispone el sistema-crisis-mundo en el que nos están educando a vivir desde el batacazo económico de 2008.
Necesitamos un apagón del sistema capitalista voraz que hace que estemos enganchados a su consumo para perder cada día autonomía y capacidad de reacción ante la vida. Nuestra fragilidad se ha multiplicado ad infinitum porque alguien nos contó que somos frágiles y nos lo creímos, porque la semántica se ha enredado hasta confundir “comunicación” con “smartphone”, “vivir” con “trabajar” o con “consumir”, y “seguridad” con ausencia de incertidumbre (o dicho de otra manera: con el silencio de nuestras alarmas de cuarta generación).
Necesitamos un apagón para constatar que es mejor lo pequeño que lo grande, que el modelo de megaciudades al que nos han empujado en una migración forzada eterna no es viable y que, a pesar de la falta de servicios, es más humano vivir en San Vicente del Monte que en Getafe, que es mejor llegar a algún sitio que ir en AVE sin poder decidir el rumbo ni el ritmo, que puede ser más viable residir cerca del trabajo que habitar las ciudades dormitorio a las que nos obligan los precios de los lugares donde realmente nos emplean.
Necesitamos un apagón de los gordos que lleve a “negro” todas las malditas tertulias de televisión y radio, donde expertos de la nada pontifican sobre el todo y dictan cátedra sustentados en la falsografía de lo que no han leído. Necesitamos que dejen de inocularnos el miedo para que, así, un apagón de unas horas no se traduzca en el convencimiento de que Putin está a las puertas de nuestras casas —porque llevan meses anunciándonos que así será—.
Necesitamos un apagón del sistema para que no se produzca un apagón de la vida. Un apagón que nos conecte a otras humanas y nos desconecte de la dependencia de las gasolineras, de los enchufes, de las pantallas, de las tarjetas bancarias o de las redes (a)sociales.
Necesitamos que las pesadillas dejen de ser noticia y que las novelas apocalípticas den paso a las narraciones utópicas. Necesitamos levantar la vista de la pantalla para constatar que todo es mejor de lo que nos parece porque lo que nos parece es equivalente a lo que nos cuentan y lo que nos cuentan se cocina en la matriz del miedo.
Necesitamos un apagón de los vecinos que, acodados en la barra del bar o agazapados en la cola del súper, dictan cátedra sobre todo y la nada, y de aquellos políticos que se dan palmaditas en la espalda mientras apuñalan al adversario al tiempo que emiten notas de prensa cercanas al género de la ciencia ficción.
Necesitamos un apagón del nihilismo fácil que despilfarra el presente porque no se responsabiliza del futuro y pasar a construir un disfrute cotidiano que prepare el mundo que está por venir.
Necesitamos consejeros que no destaquen que los profesionales de salud tuvieron una epifanía y se portaron bien durante la crisis “excepcional” y que se concentren en humanizarse a sí mismos antes de humanizar al sistema. Necesitamos re-humanizarnos: aprovechar el apagón para volver sobre nuestra sombra y reencontrarnos con lo que contenemos sin saberlo, con aquello hermoso que podemos ser.
Necesitamos redefinir el vocabulario para que pasión, amor, vecindad, futuro o justicia no sean palabras vacías sostenidas en esta telaraña de violencias de baja intensidad
Necesitamos un apagón que nos encienda, que prenda en nosotras la rabia al mirarnos al espejo y constatar nuestra flacidez, nuestra precariedad de ánimo, nuestro terror ante todo, nuestro pánico a rozarnos, nuestra afición por ser víctimas antes que activistas de nuestros derechos, nuestra incapacidad de tejer por nosotras mismas, nuestra adscripción a la primera identidad fuerte —o bandera, o pegatina, o himno facilongo— que asoma por la ventana.
Necesitamos un apagón, vaya que si lo necesitamos. Necesitamos que se apague nuestra incapacidad de empatizar con las y los otros allá donde se encuentren, que superemos nuestra anemia ética, que nos rebelemos ante la inoculación del pensamiento mágico-religioso, que neguemos ese futuro convertido en casa de apuestas deportivas con copa gratis…
Necesitamos apagar el modelo gentrificador y turistificador que estamos importando a Cantabria cuando podemos constatar ya el desastre que ha provocado en otras latitudes cercanas, necesitamos apagar las luces de navidad y prender la energía social que solo se alimenta desde lo comunitario.
Necesitamos redefinir el vocabulario para que pasión, amor, vecindad, futuro o justicia no sean palabras vacías sostenidas en esta telaraña de violencias de baja intensidad.
Necesitamos un apagón total de los gurús, los iluminados, los banqueros, los predicadores, los patriotas, los agresores, los trepas, los vigoréxicos, los triunfadores de pacotilla, los conspiranóicos, los apocalípticos, los ombliguistas, los revanchistas, los desmemoriados, los desarrollistas, los influencers, los dueños del Ibex 35, los encapuchados, los moralistas, los propagandistas católicos, los corrompedores, los que están demasiado seguros de sí, los que nos roban la autoestima y la decisión.
Necesitamos un apagón para reiniciarnos y la buena noticia es que podemos provocarlo bajando los plomos de esta desgana miedosa en la que habitamos y conectándonos a lo más básico: el gozo en común del milagro de la vida, ese que no precisa un cable ni una pantalla para funcionar, ese que solo necesita que vivamos con/para el/la otra, que nos cuidemos, que nos soñemos bien.
Sobre este blog
Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
0