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Culpables

¿Qué tenemos las mujeres en la cabeza cuando sentimos la necesidad de enviar nuestras ubicaciones si quedamos con un desconocido a través de Internet? ¿Cuántas vidas de indefensión aprendida y aprehendida tenemos encima para decirles a nuestras amigas y personas cercanas dónde vamos a estar y con quién?

Manifestación feminista en Santander durante la huelga del 8M. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Manifestación feminista en Santander. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Después de 27 días de búsqueda el asesino de Marta Clavo se entregó en una comisaría de la Guardia Civil. Para escribir este artículo he tenido que bucear en la red, leyendo varias decenas de reseñas acerca de este asesinato machista- que lo es, a pesar de que la Ley de Violencia de Género aún no reconozca los crímenes cometidos fuera de las relaciones de pareja- y el nivel de morbo y casquería desplegado de nuevo me vuelve a resultar repugnante.

Yo no voy a analizar quién era Marta, su vida, sus últimos momentos. Me parece una cuestión básica de respeto por la víctima además de no aportar absolutamente nada más allá de saciar las ansias miserables de un sector de la población. Y me importan bien poco las motivaciones del asesino, otro monstruo más, el cómo la mató y el porqué. Pero hay un aspecto que subyace a este homicidio, que agrega una capa más, que pone de relevancia un aspecto concreto: los modelos de relaciones y las aplicaciones de citas.

Tinder, la app que según la investigación policial utilizó Marta para quedar con su victimario, acumula más de 80 millones de usuarios en el mundo. 80 millones de personas de ambos sexos (normativamente hablando) que la usan para buscar esa relación ideal, ese sexo esporádico y sin compromiso o simplemente pasar un buen rato con alguien. Cada vez nos resulta más difícil construir redes de afecto reales y las virtuales han pasado a ser un sustituto de nuestra vida no digital. Pero ¿estamos reproduciendo los roles más perniciosos dentro de ese mundo alternativo? Cuando los comentarios más repetidos en las redes sociales alrededor del asesinato de Marta son sobre qué aplicación usó, por qué quedó a esas horas o si mandó un mensaje con su ubicación, podemos responder fácilmente a esa pregunta: usamos nuevas herramientas para los mismos modelos relacionales. Herramientas diseñadas siguiendo esquemas de pensamiento insertados en el imaginario colectivo en el cual el producto a consumir son los cuerpos de mujeres que reproducen mediante algoritmos la lógica patriarcal.

¿Qué tenemos las mujeres en la cabeza cuando sentimos la necesidad de enviar nuestras ubicaciones si quedamos con un desconocido a través de Internet? ¿Cuántas vidas de indefensión aprendida y aprehendida tenemos encima para decirles a nuestras amigas y personas cercanas dónde vamos a estar y con quién? ¿Por qué estamos a la espera siempre de que esa compañera que ha quedado nos vaya diciendo cómo va la cosa, si ha llegado a casa bien, o si necesita que la vayamos a buscar a todo correr o avisemos a la policía? Fácil: nosotras sabemos que el riesgo que corremos es acabar en una cuneta.

La lectura fácil de que la responsabilidad de cuidarse era de Marta o de todas las Martas del mundo es la tónica general. Tal y como pone de relevancia la letra de 'Un violador en tu camino' y el movimiento que se está generando a través de la misma, debemos girar ese espejo de la responsabilidad femenina sobre nuestra protección para enfrentarlo con la imagen de nuestros verdugos. Ninguna de esas mujeres fue culpable de las agresiones sufridas, ninguna de nosotras lo es. Y tampoco Marta, por mucho que algunos quieran hacernos creer que quedar con personas para practicar sexo o simplemente conocerse sea una práctica de riesgo.

Quizás prescindir de las aplicaciones sea una solución. Y quedarnos encerradas en casa también. Pero lo que yo quiero plantear es que, en lugar de crear algoritmos que reproduzcan lo más pernicioso de nuestra sociedad y cuestionar el comportamiento de mujeres libres que pueden y deben ejercer el derecho a decidir sobre su sexualidad y sus relaciones afectivas sin temer que alguien las destroce la vida, sería mucho más beneficioso utilizar toda esa inteligencia colectiva para que esas aplicaciones sean más seguras y más igualitarias. Nunca tuvimos tantas capacidades para reconfigurar la forma de relacionarnos. Un destornillador puede ser un arma pero también una herramienta que nos ayude a construir la estructura de una casa mejor para todas.

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