La historia oculta de un pionero de la animación cinematográfica española
Aquel primer año del siglo XX, los vecinos de La Gineta (Albacete) quedaron consternados por un terrible crimen. Un grupo de personas 'cuestionaban' en la calle Real y la plaza. De repente, alguien, tal vez alterado por la discusión, salió de su vivienda e hirió con su navaja a varios de estos vecinos. La sangre y los gritos se mezclaron en horrible confusión. Quizá, el pueblo no habló de otra cosa en mucho tiempo. Posiblemente, el vecindario reparó mucho menos en el nacimiento, aquel 1900, de Feliciano Pérez, un bebé que pasaría a la historia como un pionero del cine de animación en España. Pero entonces, cuando arrancaba un siglo condenado a la catástrofe, pocos sabían que era eso del cine.
Solo cinco años antes de que Feliciano respirara por vez primera el aire albacetense, los hermanos Lumière habían asombrado a los privilegiados que acudieron a presenciar un espectáculo insólito. Ocurrió en la ciudad de París, el 28 de diciembre de 1895. Ante sus ojos, unos obreros que salían de la fábrica, caminando como si estuvieran allí. Y aquel tren que se les acercaba, cada vez más potente y amenazador. El pánico corrió veloz entre las butacas. Unas primigenias imágenes en movimiento que iban a cambiar para siempre la percepción de los hechos. Tanto es así que incluso el invento transformó la relación de la humanidad con la verdad.
En La Gineta del fin de siglo estaban presentes todas las tensiones propias de una centuria marcada por la guerra, las revoluciones fallidas y la desigualdad endémica de los desfavorecidos. En la bisagra de los dos siglos, España vivía en la dicotomía entre la decadencia y los vientos emprendedores del progreso. Se había inventado el cine y también daban sus primeros pasos los automóviles o la aviación.
Ese era el país en el que Feliciano Pérez lloró tras abandonar el útero de su madre en una casa del municipio albaceteño de La Gineta. El pueblo, situado en la “carrera del trigo”, guardaba en la memoria la miseria antigua y aquella ocasión, en el año de 1765, en que suplicaron socorro al Marqués de Esquilache para aliviar la ruina que trajo una tormenta de julio. Ni los granos de la uva pudieron recoger los vecinos.
A ese pueblo, curtido en trabajo y calamidades, vino a nacer Feliciano Pérez. Cuando comenzaba a caminar, La Gineta tenía algo más de 3400 habitantes y ya era importante villazgo desde que se segregara de Albacete en 1553. Un término propio, con privilegio y situado en un paso estratégico entre Madrid y el levante. Y con una incierta historia sobre el origen de su nombre: La Gineta. Si no quedan vestigios de la torre desde donde parece partieron sus raíces, tampoco sabemos a qué jugaba Feliciano Pérez siendo niño por las calles del pueblo. Allí donde se crio, en Postigos, esquina con Amargura. Presagio de las tragedias a las que tendría que enfrentarse en la vida.
Inquietudes artísticas
El chiquillo se hace adolescente y con catorce años es un estudiante muy estricto con sus horarios. Ingresa en el Colegio Duque de Ahumada y después, por los méritos de aprobar el examen, pasa al Infanta María Teresa. Su vida ya está en Madrid. Sus intereses van más allá del plan previsto. Aparte del francés, las matemáticas, el dibujo, la gramática, la gimnasia o la esgrima, con el legendario maestro Afrodisio Aparicio, Feliciano Pérez siempre busca un rato para cultivar otras inquietudes.
El joven artista se ha integrado en la vida del colegio y es allí cuando comienza a prepararse para Telégrafos y, tiempo después, para mecánico electricista, formación que se impartía en el Colegio de Areneros. Obtiene el número uno en la asignatura de dibujo y el dos en taller. En aquel primer curso es cuando conoce al rey Alfonso XIII. El monarca le da la enhorabuena y le anima a seguir en su empeño.
Prosigue sus estudios de montador, mientras continúa igualmente con Telégrafos. En solo cuatro años en el Duque de Ahumada, consigue la plaza. Es promovido a guardia civil, pero para poder seguir su formación en el Infanta M. Teresa, es nombrado profesor auxiliar de dibujo, a las órdenes del capitán Sierra. Alguien que le va a enseñar la amplitud del mundo artístico.
Tiene 21 años y La Gineta ha quedado muy lejos. Ingresa en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Durante los cinco años de aprendizaje, recibe las enseñanzas de Julio Romero de Torres o Cecilio Pla, mientras comparte pupitre con algunos compañeros como Dalí o Francisco Arias. Años después, recordaría Feliciano: “Yo entonces era un poco revolucionario”. Lo cierto es que la tempestad de la Revolución Rusa de 1917 había agitado la política europea hasta límites insospechados. La siguiente década para España fue la del fin del turnismo político y la llegada de la primera dictadura del siglo XX. La dictadura de Primo de Rivera auspiciada por el rey. Por entonces, Feliciano Pérez trabaja con Sierra en la decoración de los teatros madrileños Lara, Maravillas y Palacio de Hielo.
En 1924, quizá con un espíritu ya menos insurrecto, pide el reingreso en Telégrafos y se casa al año siguiente. Por motivos laborales, se marcha a vivir a Sevilla, pero coincidiendo con el nacimiento de su hijo, se convocaron tres plazas de delineantes en la Dirección General y pudo regresar a Madrid. Vuelve a colaborar con Carlos Sierra, director de la compañía teatral 'La Farándula' y ya de nuevo en el mundo del teatro, Feliciano incluso hace sus pinitos como actor en el Teatro de la Comedia.
Y así, guiado por el destino, siempre enigmático y silencioso, entra a trabajar en el mundo del cine. Su primera función es como ayudante de dirección en el rodaje de la película 'La muñeca rota'. El film, rodado en 1927, cuenta la historia de un violinista que estrangula a su antigua novia, que ha preferido unirse a un hombre rico. El guión de esta cinta interpretada por Fifí del Valle, Carmen Caballero y Mariano Asquerino, entre otros, fue escrito por Sierra, su mentor, y dirigido por Reinhardt Blothner.
Juntos, Feliciano y Carlos, van a construir el toro que coge al célebre torero, Marcial Lalanda, en la película 'Viva Madrid que es mi pueblo'. En el estudio de la calle Pizarro de la capital idean y dan forma al animal que protagoniza unos escasos y dramáticos segundos de una de las escenas de la “comedia cinematográfica de ambiente madrileño”.
Una crónica de 1928 del diario 'ABC' explicaba que “esos trenes en que los provincianos llegan para emprender, desde los andenes de Atocha, la Florida o las Delicias, la conquista de Madrid son el alma de esta película, como son el alma de Madrid y la causa de su engrandecimiento”. El film mudo dirigido por Fernando Delgado dio la oportunidad a Feliciano Pérez de conocer al operador de cámara Arturo Beringola, con quien, entre secuencia y secuencia, entabló una amistad que les uniría en una empresa pionera muy poco tiempo después.
Una técnica nueva
Así fue como, tal vez sin planteárselo nunca, el joven Feliciano Pérez iba a pasar a la historia de la cinematografía española. Pero antes, el experto en cine de animación en España, Adrián Encinas, nos explica qué ocurría a principios de los años treinta. Dice: “La llegada a la cartelera madrileña en 1934 del film de muñecos animados 'Fetiche' (Ladislas Starewitch, 1933), tuvo un gran éxito de público e influyó directamente en una serie de jóvenes artistas afincados en la capital que vieron en la animación de muñecos la vía a través de la cual dar salida a sus propios proyectos”.
Uno de ellos fue Feliciano Pérez, quien, como hemos visto, ya estaba inmerso en el mundo del cine. Encinas cuenta algo más: “La entrega de Pérez a su sueño de realizar una película de muñecos fue total, pues aprendió de forma autodidacta todos los trucos que son necesarios para que los muñecos puedan soportar un rodaje stop-motion: dotarles de un esqueleto interno que les dejara en una posición fija entre fotograma y fotograma, anclar los muñecos a los escenarios para que estos no se caigan en medio de la escena”.
Adrián Encinas es autor de 'Animando lo imposible, los orígenes de la animación stop-motion' (1899-1945) y ha investigado al detalle la vida y obra de grandes figuras de la animación como Segundo de Chomón, Émile Cohl, Lotte Reiniger, Ladislas Starewitch, los hermanos Diehl o Willis O´Brien. Y entre ellos, se topó también con algunos españoles pioneros como Salvador Gijón, Adolfo Aznar y el albaceteño de La Gineta. Feliciano Pérez imaginó una historia de hadas en la que el héroe salva a la princesa de un horrible dragón que la mantiene cautiva, y como recompensa, obtiene la mano de la hija del rey. De esta idea nació 'El intrépido Raúl'. Considerada hoy la primera película de animación rodada en stop-motion que se conserva en España.
Feliciano Pérez elaboró cuidados escenarios en miniatura, muñecos fabricados con gran meticulosidad, al detalle en facciones y vestimentas, “con animaciones fluidas y unos diálogos que hoy resuenan encantadores, e incluso un dragón rechoncho que resulta muy poco amenazante”, indica Adrián Encinas. Fue entonces cuando Feliciano volvió a encontrarse con Arturo Beringola, al que pidió que le ayudara como operador de cámara. El cine de muñecos saltó a otra dimensión con esta cinta. Anteriormente, entre 1911 y 1912, Segundo de Chomón incluyó fragmentos de animación en varias películas que realizó en Barcelona. Y en 1934 ya tuvo un pase de prensa la película de muñecos 'Arte, amor y estacazos', que se estrenó oficialmente en 1936 pero no pervivió ninguna copia.
'El intrépido Raúl' sobrevivió al tiempo y ha viajado hasta nuestros días gracias a la suerte, al buen hacer de la Filmoteca Nacional y a la familia de Feliciano Pérez que supo conservarla. Ahora podemos rescatar su historia y compartir este legado cinematográfico de un gran artista al que la tragedia de la guerra civil truncó su talento para el séptimo arte. El corto de animación se estrenó en el fatídico 1936. El film se había rodado en los estudios CEA de Ciudad Lineal en Madrid, durante una huelga de decoradores. En ese mismo espacio, aquella primavera, también se estaba montando la famosa 'Morena Clara'; se hacía 'El bailarín y el trabajador,' de Luis Marquina y Enrique Jardiel Poncela iniciaba su serie 'Celuloides Cómicos'. El 11 de mayo, la Dirección General de Seguridad aprobó la exhibición de 35 películas, entre ellas la creación de Feliciano Pérez. Unas semanas después, el 3 de junio, encontramos un anuncio en 'La Voz de Cantabria' donde se publicita la muestra de “la primera película hecha con marionetas en España”.
La película de animación debió funcionar bien. Desvela Adrián Encinas: “Pérez y Beringola firmaron en el año 1936 un contrato para la realización de una segunda película de muñecos animados, 'La cigüeña encantada'”. Pero nunca pudieron rodarla. La guerra acabó con todo. Jamás volvieron a colaborar juntos. Feliciano Pérez abandonó el mundo del cine.
Su obra siguió mostrándose, incluso en un país arrasado por la sangre y el drama. En Barcelona, ya tomada por las tropas franquistas en marzo de 1939, se exhibió también la cinta. 'La Vanguardia Española' relaciona en la cartelera las diversas salas donde podía verse 'El intrépido Raúl'. Una de ellas era el cine 'Actualidades'. Las entradas costaban una peseta y las sesiones comenzaban a las tres de la tarde y terminaban a la una de la madrugada.
Además del trabajo de Pérez y Beringola, podía verse 'Bebés acuáticos', dibujos de Walt Disney. En alguna de las otras 56 salas barcelonesas, echaban los últimos acontecimientos a través del 'Noticiario Español', con reportajes como 'La reconquista de Málaga', “interesante y detallado documento gráfico de la liberación de la bella capital andaluza” o 'Vivan los hombres libres', una producción que refleja el horror de las chekas barcelonesas y la farsa del fatídico gobierno de Negrín. La República había muerto para siempre.
Funde a negro
La película 'El intrépido Raúl' fue comprada por la productora Hermic Films y reestrenada en 1947 con el nombre 'La princesa y el dragón'. Los ocho minutos de film aún enternecen casi cien años después. Comienza a sonar la música y suena intenso el contraste del blanco y negro. Aparecen los rótulos iniciales: “Dirección y muñecos. Feliciano Pérez”. Plano general. Castillo entre los árboles. Plano americano. Aparece el protagonista y se presenta: “Señoras. Señores. Yo soy Raúl. El intrépido Raúl”. Funde a negro.
Y en una elipsis leve, en el salto de una sola línea, estamos en Madrid. Noviembre de 1990. Ha llegado a la casa del pintor una redactora del periódico local, Olga San Román. Quiere entrevistar a Feliciano Pérez para 'La Voz de Chamartín'. “A sus vigorosos noventa años, coge todos los días los pinceles y se instala en su ático para recrear los paisajes que su ojo impresionista ha captado”, escribe y detalla su carrera pictórica a lo largo de estos años.
Feliciano, “de estilo figurativo con influencias impresionistas, ha sido admirado en salas tan prestigiosas como Madrazo, Eureka, Macarrón”. Prefiere pintar retratos, bodegones y, ante todo, paisajes: las orillas del río Júcar, Solán de Cabras, Madrid, Alcalá del Júcar, Santander, Zaragoza, Gandía, Navacerrada, Toledo, Molina de Segura. Después de tanto mirar, ahora, la vista de Feliciano está en su barrio, la colonia Buenavista o Colonia Primo de Rivera. Una serie de edificaciones que se construyeron en 1929 y que estaban destinadas a guardias y policías municipales.
Aquel barrio que conoció en su juventud también ha cambiado. Olga San Román le observa y relata su técnica: “Jugando sabiamente con los colores, especialmente verdes, ocres y amarillos, con unos morados fabulosos, a pinceladas cortas y espesas”. El talento de Feliciano puede que naciera observando los cielos partidos de La Gineta. Se hizo hombre y artista en el Madrid republicano y durante los años del silencio enseñó a otros en el Colegio de los Maristas y en el Ateneo Politécnico de Prosperidad. David Calle, el fotógrafo que acompaña a Olga, afina el objetivo de la réflex y cuando cree certera la estampa, dispara. El perfil del pintor no ha cambiado en lo sustancial de aquel otro retrato que le hicieron mientras rodaba 'El intrépido Raúl'. Apenas las tonalidades de su cabello y la textura de su piel. Pero en sus ojos aún brilla la curiosidad de quien busca perpetuar la belleza.
Durante años ha sido jefe de Administración de primera clase en el sector de las Telecomunicaciones y a pesar de ello, no ha dejado su dedicación a la pintura y su afición a la fotografía. Ha concurrido a la Exposición Internacional de Arte junto a representantes de Alemania o Bélgica. Además, con la cámara de fotos ha hecho instantáneas como Sombras, Rompiente, Barcas, Burbujas y Ocaso. Pero entre toda su obra, un retrato llena por completo su memoria.
“Preside su estudio, en el ático del chalé que comparte con sus hijos y su nieto, un bello retrato de mujer, su esposa, cuya muerte en el año 64 marcó su vida y le apartó de exposiciones”, sigue narrando la redactora. Feliciano responde sin que se le pregunte: “Yo hago todo lo que puedo porque así me distraigo”. El pintor, el pionero del cine de animación, este hombre viudo desde hace décadas trabaja en su taller.
Entre sus numerosos cuadros, destaca la noble cabeza de un guerrero español, a plumilla, “de cuando era chavalín”. En verdad, nunca ha dejado de serlo. Olga San Román remata su entrevista: “A este vigoroso artista, pintor más de sierra que de mar, por sus raíces manchegas, el caballete no le abandona nunca”. Y confirma Feliciano como un chiquillo: “A todas partes voy con los trastos”.
Esos trastos que fueron sus manos y su imaginación. Para nuestra fabulación queda lo que el pionero albaceteño del cine de animación pudo pensar en su penúltimo instante. Quizá recordó cómo, siendo niño, en 1906, corrió la voz y el pánico por La Gineta al conocerse el robo con fuerza en el tren mixto de Andalucía que pasaba por su pueblo. Tal vez, repasó mentalmente su vida o sintió pesar por el bodegón inacabado. Posiblemente, lloró a su mujer. Y quién sabe, si en ese aliento último, le golpeó en la cabeza aquella canción que canturreaba el protagonista de su película. “Viva la princesa y muera el dragón / Viva la princesa que es la que quiero yo”. En esa escena, antes de enfrentarse al terrible dragón, el intrépido Raúl recogía una flor que se encontraba en el camino, la olía profundamente y se quedaba dormido en el bosque.
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