El currículum menguante: deporte nacional de cierta clase política
Hay fenómenos naturales que la ciencia aún no explica del todo: los agujeros negros, la materia oscura y el misterioso encogimiento del currículum de muchos políticos. Uno abre sus biografías oficiales y descubre que, por arte de magia, la experiencia profesional cabe en un post‑it. Y sin letra pequeña.
La escena es conocida: personas que han hecho de la política su único oficio, o que vienen de profesiones cuya exigencia académica no desvela a nadie, acaban gestionando presupuestos que harían sudar frío a un director financiero. Y ahí están, tan tranquilos, tomando decisiones que afectan a millones de ciudadanos, mientras uno se pregunta si han manejado alguna vez algo más complejo que un grupo de WhatsApp.
La preparación empresarial brilla por su ausencia. La económica, también. La organizativa, mejor no mencionarla. Y el dominio de idiomas… bueno, digamos que muchos se sienten muy cómodos en su monolingüismo militante. Leer, leen poco; escribir, lo justo; y cuando oyen la palabra intelectual, algunos reaccionan como si les hubieran insultado en arameo. Para ellos, alguien que sabe redactar un párrafo con subordinadas o hilar un discurso con argumentos, es sospechoso de elitismo, pedantería o, peor aún, pensamiento propio ¡gran pecado!
Aun así, pontifican. Y pontifican con una seguridad que ya quisiera un catedrático en su discurso inaugural. Se suben al atril, inflan el pecho, sacan un papel doblado del bolsillo, que no leen, y proclaman verdades universales con la firmeza de quien jamás ha dudado de nada, quizá porque dudar exige leer, contrastar y pensar. Su superioridad es tan rotunda que termina revelando lo que pretende ocultar: una inanidad y una inferioridad que se nota a kilómetros.
Mientras tanto, la ciudadanía sueña con perfiles solventes, gente que sabe dónde pisa, que entiende un balance, que distingue un dato de una ocurrencia. Personas con trayectoria real, de esas que no se evaporan al primer vistazo. Nombres preparados, de cualquier signo político, capaces de aportar algo más que frases huecas y promesas con fecha de caducidad inmediata.
Sin embargo, la realidad insiste en ofrecernos representantes del club del currículum menguante. Y claro, de ahí salen políticas que duran lo que un yogur abierto, iniciativas sin visión que se improvisan de un día para otro y ocurrencias que se presentan como soluciones estratégicas. Todo muy dinámico, muy fresco, muy efímero.
El resultado es un paisaje político lleno de gestos, titulares y postureo, donde la gestión seria parece un lujo escandinavo. Y mientras tanto, los ciudadanos observan, suspiran y continúan esperando que, algún día, la competencia profesional en el desempeño político deje de ser una rareza y pase a ser un requisito.
0