El comedor social autogestionado que alimenta derechos humanos en la zona de contacto entre Madrid y Toledo
Aunque haya pasado justo una década, Pilar recuerda perfectamente la primera comida que preparó en el comedor social. “Hicimos lentejas para 27 personas”, recuerda con una sonrisa en la boca.
Fue un ya lejano 11 de abril de 2016 cuando abrió sus puertas este centro que desde entonces ha repartido más de 220.000 comidas a personas que necesitan ayuda para cubrir sus necesidades alimenticias básicas en Illescas y los pueblos del entorno, en el límite entre Madrid y Toledo, una de las zonas más pobladas de Castilla-La Mancha, debido en buena medida al éxodo madrileño por razones diversas, incluido el exilio económico.
Pilar, que también preside la entidad que está detrás de este comedor -la asociación 'Alimento para todos'-, sigue detrás de los fogones cada día. Justo este viernes celebrarán una jornada de puertas abiertas para conmemorar este décimo aniversario, al que han invitado a todas las personas que han colaborado desde el principio.
“Aunque la primera comida se sirviese en el 2016, la asociación surgió un año antes”, aclara Félix, tesorero de la entidad. “No existía en ese momento un comedor social. Pero muchos entendíamos que era algo necesario. Era un momento de crisis fuerte, y veíamos que había una necesidad, gente que lo pasaba mal, incluso para comer”, rememora.
Y vista la necesidad, un grupo de voluntarios se propuso actuar. Se convocó una primera asamblea a la que se presentaron unas cuarenta personas... y hasta hoy.
135 comidas cada día
“Vino gente Cruz Roja, de Cáritas, del ayuntamiento, partidos políticos, asociaciones, mucha gente a nivel particular… Y se entendía la necesidad. A partir de ahí, se decidió crear la asociación Alimento para Todos”, explica Félix.
Tras unos meses de trabajo consiguieron cocinar esa primera tanda de lentejas de la que hablaba Pilar. De las 27 raciones que la asociación preparó hace 10 años ha pasado a unas 135 cada día, que se reparten entre medio centenar de familias. Las cuatro decenas de participantes en la primera asamblea se han convertido en unos 260 voluntarios y voluntarias que arriman el hombro en función de su capacidad y disponibilidad.
El grueso del trabajo lo absorben Pilar, Manoli y Johnny, que son quienes dedican cuatro o cinco horas diarias a preparar las comidas, pero hay muchos más colaboradores. Cada uno ayuda en lo que puede: como pinche de cocina, en la limpieza o la recogida de los alimentos, el reparto de las comidas… Incluso uno de los perceptores de la ayuda, dedicado a la albañilería, construyó en el patio un fregadero para poder limpiar con más comodidad las ollas más grandes.
Y es que los propios usuarios de la asociación suelen participar en las labores, un voluntariado que algunos mantienen aunque su situación económica mejore y ya no necesiten este servicio para cubrir sus necesidades de alimentación.
A las personas que acuden se les pide que no superen un umbral de ingresos -728 euros al mes una persona o 1.057 euros dos personas, sin contar hijos-, pero es un límite que suele quedar por encima de la realidad de la mayoría de personas que acuden
Los usuarios son de procedencia muy variada. Aquí acuden personas originarias de España, pero también de Cuba, Venezuela, Marruecos o Perú. Todas tienen en común una situación económica muy vulnerable. A las personas que acuden se les pide que no superen un umbral de ingresos -728 euros al mes una persona o 1.057 euros dos personas, sin contar hijos-, pero es un límite que suele quedar por encima de la realidad de la mayoría de personas que acuden.
Por fortuna, salvo algunos casos de sinhogarismo, la mayoría de personas solo necesitan acudir durante un periodo de tiempo, ya que su situación con el paso del tiempo.
“Familia” y “amistad” a pesar de la adversidad
Las personas que acuden a este comedor social hacen fila cada día para un reparto que suele empezar sobre las 12:00 horas. Acuden con sus táperes, en los que los voluntarios les sirven la comida para llevarla a sus casas.
Una hora antes de que comience el reparto, ya hacen cola una decena de personas. Entre ellas está Amarilis, una cubana que lleva dos años residiendo en España y que reconoce que este comedor social supone para ella “mucha ayuda”.
Sus realidades hablan de desempleo y prestaciones sociales que muchas veces no llegan ni para cubrir lo más básico. A pesar de las circunstancias, han creado una comunidad entorno a este comedor que les lleva a hablar de “familia” y “amistad”.
“Nos tratan con mucho cariño. Desde el primero hasta el último, súper cariñosos con nosotros, súper atentos. Yo estoy súper agradecida”, cuenta Marta, una de las usuarias.
Todo ello en un local que luce reluciente en el momento de la visita de elDiario.es Castilla-La Mancha, el día antes a la fiesta por el décimo aniversario. El espacio es amplio y con numerosas estancias. Hay un comedor donde ya no se sirven comidas dado el alto volumen de gente que necesita este servicio, una cocina donde ya reposan las comidas de los dos próximos días -sopa de marisco con tortilla de patata y albóndigas con espaguetis- y una despensa con numerosas estanterías y arcones frigoríficos. También cuentan con baños y zonas de fregaderos en este espacio que tiene la asociación tiene alquilado gracias a una subvención del Ayuntamiento de Illescas, que también cubre los gastos de energía.
“A partir de ahí lo que hicimos fue pedir la colaboración de, sobre todo, supermercados. Veíamos que, en las grandes superficies, los supermercados locales tiran muchos alimentos. Recogemos a diario en supermercados de Illescas e incluso en Yuncos”, explica Félix.
También colaboran con ellos otra empresa que les permite completar el menú cubriendo el coste de productos congelados.
Carencias materiales y falta de relevo generacional
Sin embargo, no todo queda cubierto. Pilar y Manoli, dos de las cocineras, señalan que tienen carencias de aceite y leche. También hacen falta productos infantiles como pañales o productos de higiene para niños, ya que los usuarios también tienen necesidades de ese tipo de artículos.
Además de las necesidades materiales, esta asociación en la que los voluntarios que más tiempo dedican ya peinan canas, también demanda un relevo generacional. Juan Antonio, otro de los voluntarios, reconoce que la gente joven echa una mano, pero que los compromisos laborales les impiden tomar las riendas. “Hay gente joven que colabora. La gente joven colabora mientras puede. Los que estamos fijos somos gente mayor. Lógicamente, necesitamos un relevo”.
Diez años después de aquellas primeras lentejas, la ilusión y el empeño de unos ciudadanos que quisieron hacer frente al hambre siguen vigentes. Y, aunque las cifras hablan de miles de comidas y cientos de voluntarios, lo que realmente sostiene este proyecto es algo menos cuantificable: la convicción de que nadie debería quedarse atrás. Este comedor social demuestra que la solidaridad no es solo una respuesta a la urgencia, sino una forma de comunidad que, una década después, sigue creciendo y buscando manos nuevas para garantizar que nunca falte lo esencial.
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