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Barcelona se llenó de bolardos y otros elementos de protección en los meses siguientes al 17A

Las inmediaciones de la Sagrada Familia han sido peatonalizadas y cerradas con bolardos y jardineras

Arturo Puente

Bolardos, pilones, maceteros, barreras, peatonalizaciones de seguridad... tras los atentados de la Rambla y Cambrils este léxico se convirtió en familiar por la discusión que generó el hecho de que en Barcelona no hubiera elementos físicos para dificultar un atentado por atropellamiento. Una modalidad que entonces ya estaba en auge en toda Europa y para la que algunos expertos recomendaban instalar barreras. Un año después los bolardos se han convertido en un elemento más del mobiliario urbano barcelonés.

La polémica por la instalación de barreras llegó casi el mismo día que la furgoneta conducida por Younes Abouyaaqoub sembró de muerte la Rambla. En cuanto ganó peso la hipótesis de que aquel atropellamiento había sido una acción terrorista, en seguida comenzó a compararse con otros ataques con vehículo sufridos en diferentes ciudades europeas, hasta ocho desde verano de 2016.

Fue precisamente tras uno de esos atentados, el que había ocurrido en diciembre en Berlín, cuando la Policía Nacional envió a las juntas de seguridad locales la recomendación de que, coincidiendo con las fiestas navideñas, instalaran impedimentos físicos en los mercados y lugares concurridos. A partir de aquí, cada junta local hizo lo que consideró más oportuno. En el caso de Barcelona, reforzar la vigilancia con elementos móviles en fechas señaladas, pero no instalar bolardos permanentes.

En un primer momento, la propia alcaldesa Ada Colau se convirtió en blanco de críticas, pese a que este tipo de decisiones las toman órganos que sobrepasan los ayuntamientos. En Barcelona la Junta Local de Seguridad agrupa a los principales cargos de seguridad a nivel político -con representación del Ayuntamiento y la Generalitat-, policial -Policía Nacional, Guardia Civil, Mossos d'Esquadra y Guardia Urbana de Barcelona- y judicial -fiscal jefe provincial y jueza decana magistrada de Barcelona-. Además puede asistir algún otro responsable político del Gobierno central, como el delegado del Gobierno. Fue en este órgano donde, meses antes del atentando, se decidió aumentar las medidas de seguridad antiterrorista, sin llegar a colocar bolardos.

Durante la polémica el Ayuntamiento, la Generalitat y el Gobierno central exhibieron unidad de criterio, reiterando que la decisión sobre las medidas de seguridad había sido tomada por unanimidad y basada en criterios técnicos. De hecho, en la reunión que la Junta volvió a celebrar unos días después del ataque, los pilones fijos volvieron a descartarse, aunque se abrió la posibilidad de instalar más barreras móviles. Para decidirlo se formó un subgrupo específico, formado por los cuerpos policiales superiores (Nacional, Guardia Civil y Mossos) junto al Ayuntamiento.

Para noviembre, y debido a las conclusiones de este subgrupo, el criterio cambió radicalmente. Por un lado, se recomendó la instalación de pilones, cubos de hormigón y jardineras en varios puntos de la ciudad, como la propia Rambla, el entorno de la catedral y diversos espacios abiertos del distrito de Ciutat Vella. También en el entorno de la Sagrada Familia, donde además se procedió a una peatonalización de seguridad de la mayor parte de la manzana colindante al templo.

Siguiendo estas indicaciones, el ayuntamiento optó por convertir algunos de los elementos móviles que se habían ido colocando en diferentes momentos en barreras permanentes. Por último, el subgrupo recomendó aumentar los efectivos policiales en zonas de gran aglomeración y formar a los agentes en detección del radicalismo. La ciudad, en definitiva, ha tratado de blindarse ante la posibilidad de un nuevo atentado como el que sacudió la Rambla. Y, en este proceso, los anteriormente despreciados bolardos, han proliferado como champiñones.

Desde el ayuntamiento se aducen razones de seguridad para no indicar los puntos concretos donde se han instalado barreras físicas. Algunas son fáciles de ver, como las que cierran el bulevar central de la Rambla, otras se mimetizan con las jardineras, como en la zona comercial del Portal del Àngel. Algunos parecen meros elementos del tráfico, como la hilera de pivotes que cierran el recorrido del tramvía en Diagonal. Algunos de estos obstáculos, incluso, pueden tomar forma de camión o vehículo de carga que aparece convenientemente ante un mercadillo o instalación al aire libre.

“Somos meros ejecutores de lo que decide la Junta de Seguridad”, recuerdan fuentes del consistorio. Los bolardos, como todas las nuevas medidas, son parte de un plan de seguridad renovado del que sin embargo a todo el mundo le cuesta reconocer su paternidad. Por un lado porque supone un reconocimiento implícito de que algo no se hizo bien antes del 17 de agosto de 2017. Por otro lado, porque la alerta terrorista continúa en niveles máximos, más aún para una Barcelona que era y es objetivo por su dimensión internacional. Y, como repiten los expertos, el riesgo cero no existe.

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