3 de marzo y víctimas del terrorismo
Participé recientemente en una mesa redonda con motivo de la conmemoración del cincuenta aniversario del 3 de marzo. Y en ella compartí la idea, unánimemente aceptada, de que la sociedad vasca (y, en particular, la de Vitoria) no podía dejar caer en el olvido las huelgas obreras que culminaron en la masacre causada por la policía en los alrededores de la iglesia de San Francisco. Aunque me permití añadir que había que recordar por igual la violencia terrorista de ETA, que, en plena democracia, había quitado y amargado la vida de mucha gente en el País Vasco durante varios decenios. Se me objetó que éste no era el tema que se estaba tratando en aquel acto. Y efectivamente no lo era; pero venía a cuento mencionarlo, si se quería reivindicar una memoria democrática en toda su plenitud y sin parcialidades.
Entre otras razones, porque, tanto las del 3 de marzo como las del terrorismo, son víctimas por igual de la ausencia o menoscabo de las libertades democráticas que Euskadi ha venido sufriendo durante muchos años. Con Franco, primero, como en toda España; y después con los que le tomaron el relevo, tratando de imponer quiénes eran vascos a tiempo completo, instaurando su propio “bando nacional”. Víctimas, pues, del totalitarismo franquista que, pese a la muerte del dictador, aún regía en la fecha de la masacre obrera de Vitoria. Y víctimas, ya en democracia, de un terrorismo que trataba de imponer violentamente en la sociedad vasca su ideología totalitaria.
Eso, afortunadamente, ya es pasado, gracias a la acción persistente del sistema democrático, (con Gobiernos socialistas al frente). Pero es un pasado que se tiende a olvidar con excesiva rapidez. Se tienda a olvidar a quienes gritaban “ETA, mátalos”, en manifestaciones masivas por las calles de nuestras ciudades. A quienes justificaban cualquiera de los 850 asesinados por ETA , porque “algo habrían hecho”. A quienes se burlaban de los familiares de las víctimas, en llamadas anónimas a sus domicilios. A quienes fomentaban un insoportable vacío social a los seres queridos de quienes ETA mataba. A quienes asaltaban sedes políticas desafectas a su “causa nacional” (socialistas muy especialmente). A quienes, día sí y día también, quemaban autobuses, destruían mobiliario urbano y hacían de las calles de las poblaciones vascas perpetuos laboratorios de violencia. A quienes se reservaban sus zonas especiales en las que nada más que ellos podían entrar sin peligro de ser agredidos. A quienes quemaban librerías que antes quemaron “guerrilleros de Cristo Rey” …
Todo eso ha pasado, sí, y es un alivio. Pero alivia menos que todo eso -bastante más reciente que la masacre del 3 de marzo de 1976- tienda a olvidarse con demasiada celeridad; y se reivindique el olvido con la excusa, (tan propia de la derecha española cuando habla de las víctimas del franquismo), de no reabrir viejas heridas entre los vascos (porque, ya es sabido, aquí hubo un “contencioso” y dos partes enfrentadas).
Hoy es el día en que al entorno político que jaleaba a ETA, o no condenaba abiertamente sus crímenes y atentados, le cuesta decir que lo que hizo la banda terrorista estuvo mal. Y no sólo eso. Porque, además, sus máximos dirigentes políticos (los de EH Bildu / Sortu) justifican ese pasado terrorista de manera indirecta cuando hablan globalmente de la historia, supuestamente gloriosa, de la izquierda abertzale. Un pasado que asumen en su totalidad, sin autocrítica alguna, omitiendo su apoyo a la violencia totalitaria del terrorismo en plena democracia. Y lo más chirriante es que, con tal déficit de antifascismo práctico a sus espaldas, EH Bildu /Sortu nos quiera hacer creer que es la mejor garantía para parar a la extrema derecha en Euskadi.
De ahí la necesidad de una memoria integral que ayude a poner las cosas en su sitio, en una época de confusión, de propagación de embustes y de lavados de cerebro, en busca de sociedades desinformadas, como paso previo a dictaduras sin alma, último grito del capitalismo tecnológico para acabar con la democracia.
Es, por tanto, necesario seguir recordando lo que fue el 3 de marzo, como vacuna permanente contra un franquismo que no debe volver. Porque el franquismo fue, entre otras cosas, el poder de ametrallar en plena calle a trabajadores que reivindicaban sus derechos. Y es necesario recordar el terrorismo de ETA y los males que nos han causado, para que nadie pueda volver a caer en la tentación de apropiarse por la fuerza y al margen de la legalidad democrática, de un país que es de todos. Nos lo reclaman, entre otros, las 850 víctimas mortales que la violencia totalitaria de los supuestos salvadores de Euskadi fueron dejando por el camino.
Creo, por eso mismo, que en esa memoria inclusiva, tanto las asociaciones de víctimas del terrorismo como el movimiento del 3 de marzo, deberían caminar cogidos de la mano.
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