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CV Opinión cintillo

Gulliver en los tiempos de Aliexpress

Figuración 'El Lilliput de Gulliver', a cargo del IVO para el Ayuntamiento de València.

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El parque del Gulliver tiene multitud de aspectos que lo hacen fascinante, pero si hubiese que destacar solo uno sería lo extraño que resulta nuestro amor por algo que, a día de hoy, no haríamos de ninguna de las maneras. El Gulliver existe y lo adoramos; de ninguna forma nos desharíamos de él. Pero si no existiese y alguien nos presentase una idea así, le diríamos que está fuera de lugar: por atrevido en lo político, por costoso en lo técnico y en lo económico, y por inseguro para los niños y las niñas (esta última, la sentencia final y en firme).

Esas fueron de hecho las reacciones que despertó el proyecto del arquitecto Rafa Rivera, el artista fallero Manolo Martí y el dibujante de cómics Sento Llobell cuando comenzaron a presentarlo a responsables políticos y técnicos de la administración. Los creadores de aquella propuesta, que la pusieron en marcha por iniciativa propia, han relatado en diferentes ocasiones que el parque terminó por construirse venciendo muchos obstáculos, casi que de casualidad. Mirando atrás en el tiempo, es posible identificar una serie de factores de contexto que abrieron un espacio de posibilidad singular. El ambiente de entusiasmo y la estética moderna animados por la cercanía del año 92, la debilidad de Clementina Rodenas como alcaldesa sustituta y su necesidad de encontrar algún símbolo con el que reivindicarse, y unos Jardines del Turia pendientes de urbanizar y troceados en tramos independientes, en los que empezaba a caber cualquier cosa, dibujaron el cuadro donde el Gulliver pudo hacer pie. Además, es importante recordar que el parque no fue bien recibido de inicio (en particular, por el gobierno de signo contrario que entró al poco de inaugurarse). Solo con el tiempo, y especialmente, con la cantidad de experiencias allí vividas, el Gulliver terminó entendiéndose, valorándose y sintiéndose como propio.

Unos 30 años después, llega la inesperada secuela de aquella historia, el Gulliver 2: anunciado en la campaña electoral municipal de 2023, lanzado a toda máquina para la campaña de 2027. En un primer momento, fue un intento un tanto extravagante de apropiarse políticamente del simbolismo del parque infantil, que había estado años prácticamente abandonado, y que acababa de readquirir impulso gracias a la remodelación llevada a cabo en 2022. No es un detalle menor que la primera ubicación que —la entonces candidata— María José Catalá anunció para la construcción del nuevo Gulliver fuese el área de vegetación silvestre creada por el anterior gobierno frente a las Torres Serranos, a la que despectiva e irónicamente se llamó el “jardín de bichos”. La promesa no era solo crear otro espacio infantil icónico, sino hacerlo poniendo el foco sobre el mal gusto y lo chapucero del gobierno de entonces, mostrando cómo hay que hacer las cosas.

Desvelado el proyecto del Gulliver 2, lo primero que se observa es que —como el parque con el que pretende emparentarse— es un hijo indiscutible de su tiempo, de este ahora en el que otro Gulliver es completamente imposible. El defecto de base del proyecto presentado es que, desde el Ayuntamiento, está hecho aprisa y corriendo, resolutivamente, sin apenas atención o entusiasmo, procurando incluir los ingredientes más visibles del proyecto original (juego, Gulliver y arte fallero), pero sin preocuparse por cómo aquella receta se preparó, se mezcló y se coció. La colaboración entre una empresa comercializadora de equipamiento para parques infantiles y un taller de arte fallero se ve a leguas que es puro empaste, que carece de la complicidad y el trabajo mano a mano que hubo en el Gulliver original. De ese contexto de trabajo, sin apenas márgenes para los profesionales reclutados, no puede resultar más que un parque menor, conformado por una serie de elementos semi-tematizados aunque genéricos (el castillo con grandes toboganes de tubo y las cabañas complementarias), sobre los que descansa un Gulliver empequeñecido que bien podría sustituirse por la figura del ogro-gigante del Gato con Botas en su palacio transformable.

Quizá estemos todavía a tiempo para esto último… Porque intentando exprimir el simbolismo del parque de los 90 y poniéndose a su lado, lo que logra este proyecto es vulgarizarse a sí mismo y desvirtuar el Gulliver original; trayéndonos a la cabeza frases como “segundas partes nunca fueron buenas” o ese meme de “lo que pides vs. lo que te llega por Aliexpress”. Haciendo que nos preguntemos si esta repetición de la historia entra en la categoría de farsa o en la de tragedia.

Por encima de todo, y esto es lo más decepcionante, este episodio dejará un testimonio tangible y expresivo del momento en el que vivimos, en la que las formas de gobierno y la gestión de nuestra ciudades, de manera general y sin importar quien se ponga al mando, parecen incapaces de ir más allá del titular rápido, el gesto populista y el resultado de simple apaño, provocando la frustrante sensación de que el cuidado, la energía y la imaginación son cosas de otra época perdidas en el pasado.

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