Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

Cuestión de prioridades

Musulmanes rezando en una mezquita

0

¿Quiénes formamos el nosotros? Claudica el PP ante las exigencias ultraderechistas —da igual cuando lea usted esto— y nos damos de bruces con la filosofía política. 

En la respuesta que demos a la pregunta se contiene nuestra visión del mundo. Lo que somos y lo que nos gustaría ser. 

Lo de la prioridad nacional es un mal eufemismo para camuflar la segregación, pero sirve bien para señalar una de las principales fracturas entre distintas concepciones de la sociedad. 

De un lado, tenemos a quienes conciben que el nosotros sólo puede estar formado por los de aquí de toda la vida. Una vaguedad nativista que a duras penas logra disimular el etnonacionalismo subyacente. De acuerdo con esta visión, la comunidad es una realidad natural determinada —dicho toscamente— por una lengua, unos paisajes y unas costumbres. El individuo nace en ella y no hay, en realidad, otra forma de incorporarse a ella. En última instancia, se tienen derechos sólo en tanto que se pertenece.

Aunque la ultraderecha empezó cargando contra la inmigración irregular, ahora ya apunta contra la que tiene resuelta su situación administrativa. Hagas lo que hagas, para ellos nunca serás lo suficientemente de aquí.  

Hace escasos meses uno de los máximos dirigentes del PP en Catalunya, Alejandro Fernández, calificaba la política de prioridad nacional como «la antesala del fascismo». No sabemos qué piensa ahora que su partido la ha adoptado, pero hay que conceder que tenía razón cuando lo dijo.

VOX y Aliança Catalana no han inventado nada. Zeev Sternhell trazó en «Les anti-Lumières» una interesante genealogía de los movimientos reaccionarios desde el siglo XVIII y su caracterización de la Nueva Derecha francesa de los años sesenta y setenta del siglo pasado ilumina con precisión el origen del núcleo del pensamiento y la estrategia de las ultraderechas locales. 

Se sustituye el argumento racial —ya inutilizable— por el argumento cultural. Se habla de culturas incompatibles, de identidad amenazada, de civilización que defender, de una patria que salvar. 

El argumento derechista sobre la escasez de recursos para garantizar derechos a todos los miembros de nuestra sociedad —lo que permite presentar como razonable una opción tan extremista como la negación de derechos por razón del origen— es radicalmente falaz. La cuestión central es cómo se producen y distribuyen los recursos necesarios, que es el debate que la derecha siempre quiere esquivar.

Se construye al otro como una amenaza existencial para desviar la atención del conflicto de clase, para convertir el miedo y el odio en un factor de movilización electoral y de acceso al poder, facilitando además una jerarquización social funcional a los intereses de los poderosos.

No puede escapársenos que, en esta jerarquía de la pertenencia, los siguientes en perder derechos serán los enemigos internos. On connaît la chanson. La lista es larga y nunca se cierra del todo, siempre hay sitio para uno más. 

Existe, sin embargo, otra manera de responder a la pregunta. En la tradición republicano-democrática, en la que la comunidad está en permanente construcción, con cada acto de deliberación pública. Por ello, en esta concepción del mundo las sociedades son abiertas, plurales, diversas e inclusivas. En ellas, los derechos no son un privilegio de los nacidos dentro de un determinado grupo sino una conquista democrática de la que son portadores los individuos en tanto que lo son, sin negar la relevancia política del hecho nacional. 

Para los que pensamos que la razón es universal y que todos los seres humanos compartimos una misma y común naturaleza, no hay fundamento legítimo para negar a nadie los derechos positivizados en los tratados internacionales, los que deben considerarse inherentes a la persona porque lo es, ni tampoco se puede negar el acceso a las prestaciones y servicios públicos que los hacen efectivos. 

Desde luego, incluso en esta línea de pensamiento existe una tensión en cuanto a la pertenencia a la comunidad política, en un sentido estricto, de todo individuo que vive en una sociedad determinada. El acceso a los derechos relacionados con la participación política sigue reservándose, en gran medida, a los ciudadanos. En cierto modo, se puede leer la historia del movimiento democrático como una lucha permanente por la no-dominación y por la ampliación del demos, hacia dentro y hacia afuera, así que el debate sobre la incorporación progresiva a los derechos de participación política para todos los que vivimos juntos seguirá abierto. 

No hay duda posible sobre lo que implica recorrer uno u otro camino. A las generaciones de progresistas hoy vivas nos corresponde, pues, profundizar en la lógica democrática, sin complejos y sin demora.

Etiquetas
stats