La sala de conciertos barcelonesa La deskomunal anuncia su cierre para finales de 2026
La desaparición de La Deskomunal, anunciada este jueves en un comunicado, supone un nuevo mazazo para el circuito barcelonés de salas de conciertos. Y, uno de los más duros, pues el anuncio llega apenas cinco años después de su apertura. Inaugurada a finales de 2020, La Deskomunal ha brindado su escenario a más de mil grupos y aunque su aforo sea de apenas 200 espectadores, solo en 2025 asistieron a sus actuaciones más de 25.000 personas. El motivo principal del cierre, explican, es una conflictiva relación con el ayuntamiento traducida en continuas inspecciones y multas.
En La Deskomunal aseguran haber vivido una pesadilla. “Ha venido la Urbana a multarnos por ruido tras decirnos que lo teníamos todo correcto y solo porque se quejaba un vecino. Y la pagabas aunque una denuncia así debe ir acompañada de un control sonométrico que no existía”, relata Bernat Serrat, uno de los socios. “Otro día nos decían que el cartel que prohíbe la venta de alcohol a menores no estaba bien visible. Accedíamos a cambiarlo de sitio y aun así llegaba una multa de tres mil euros. La pagábamos y al reunirnos con el distrito reconocían que teníamos razón, pero que como ya estaba pagada…”, explica Xavi Vicente, otro socio del local.
“Hubo un mes en que tuvimos una visita de la Urbana cada semana”, recuerdan. “¿Qué le pasa a la música? ¿A qué viene esta actitud tan beligerante?”, se preguntan. Eso mismo han preguntado en la sede del distrito de Sants cada vez que la situación se hacía insostenible. La respuesta siempre ha sido cordial. Se les ha reconocido su aportación cultural al barrio y que toda su documentación estaba en regla, pero también se les recordaba que habíamos elegido una actividad conflictiva. “¡Eso me irritaba mucho! ¡Hemos escogido una actividad totalmente legal!”, exclama Serrat. Y tras unos meses de relativa calma, volvía la Urbana, las inspecciones y las multas.
‘Cuidado con la musiquita’
La Deskomunal ha sido el sueño de varios vecinos de Sants que reclamaba el derecho a “tener un espacio en el barrio donde ver conciertos regularmente”. Era un deseo razonable en un barrio con 47.000 habitantes. Nacido de la alianza de dos proyectos cooperativos de Sants, el bar Kop de Ma y la sala de conciertos Koitton Club, sus respectivos bagajes les permitieron dar forma a un insólito espacio que de día opera como restaurante y de noche, como local de actuaciones. Las mesas y sillas se apilan bajo el escenario y el restaurante se transforma en una sala capaz de soportar bandas de alto voltaje eléctrico. Adecuarla e insonorizarla costó 350.000 euros. La apertura se retrasó siete meses: la licencia se encalló en el ayuntamiento.
La tortuosa experiencia del Koitton Club ya sirvió como advertencia de lo que podía ocurrir en La Deskomunal. Entre 2012 y 2019, vivió continuos enfrentamientos con la Guardia Urbana. “El primer año ya recibimos siete inspecciones”, recuerda Serrat. “Eran agresivas y sin motivo aparente. Y no solo por parte de la Urbana; también, de inspectores del distrito”, matiza. “Una vez un técnico del ayuntamiento me señaló con el dedo y me dijo: ‘Cuidado con la musiquita’. Yo le contesté: ‘¿Cuidado, por qué? Tengo licencia para poner música. Y entonces me dijo: ‘Ya, ya. Pero cuidado. Ya nos entendemos’. Yo volví a responderle: ‘No, no le entiendo’”.
La experiencia de Vicente en Kop de Ma es muy distinta. “En trece años solo hemos recibido una inspección”, calcula. “Claro, nuestra actividad no es la música”, añade con sorna. Aun así, las molestias que pudieran ocasionar tanto Kop de Ma como Koitton Club o ahora La Deskomunal no están relacionadas con la actividad del local, sea la restauración o música en vivo, sino con el ruido que haga el público en la calle. Y Kop de Ma está al lado la plaza Osca, las más ruidosa del barrio. En ASACC, la Asociación de Salas de Conciertos de Catalunya, no daban crédito al acoso que sufría el Koitton Club. Ninguna sala de Barcelona había vivido algo igual.
Un milagro en plena pandemia
En octubre de 2020 abrió el restaurante y 30 de diciembre se estrenó el escenario de La Deskomunal. Fue como un milagro en esa época pandémica en que solo se hablaba de cierres de salas. “Ese día nos cayeron algunas lágrimas. Veíamos la luz al final del túnel”, reconoce Vicente. Ese túnel eran unas deudas considerables que les obligarían a pasar meses y meses sin cobrar por trabajar. La carpeta del ordenador donde archivaban las cuentas se llamaba ‘Economía de Guerra’. A mediados de 2022 el negocio ya estaba saneado, pero el desgaste había causado mella en los nueve socios de la cooperativa. Tres años después ya solo quedarían dos: Serrat y Vicente.
Si en el pandémico 2021 apenas celebraron 60 actuaciones para poco más de 2.700 espectadores, en 2022 ya superaron el centenar de conciertos y otros tantos eventos gratuitos: presentaciones de libros, sesiones de DJs, recitales de poesía... Los 12.000 espectadores de 2022 han aumentado progresivamente hasta los más de 25.000 de 2025 repartidos en casi 250 actividades. En cinco años ha tratado con más de 80 colectivos y promotoras. Cada día llegan diez emails de grupos solicitando fecha para tocar, prueba inequívoca de lo necesario que es un local de conciertos con este aforo.
La estabilidad económica ha llegado, han podido mejorar los sueldos y, tras la enésima reunión con el distrito, el local vive una etapa más o menos plácida. “Cero inspecciones y solo tres o cuatro visitas de la Urbana. Pero con eso ya contamos”, asume Serrat. Sin embargo, la “incertidumbre y persecución” les empuja a tirar la toalla justo en el año económica y artísticamente más redondo. “Los problemas vecinales, las multas e inspecciones seguirán porque estamos en el negocio que estamos”, denuncian.
Subvenciones e inspecciones
Entre ayudas y subvenciones para insonorizar el local, afrontar el covid y programar artistas, La Deskomunal ha recibido 250.000 euros. Algo más de 100.000 han provenido del ayuntamiento; el resto, de la Generalitat. No son cifras extraordinarias, pero de poco han servido. “Ya no pedimos ayudas, sino que dejen de ponernos palos en las ruedas”, insisten. “Nos hemos encontrado un día haciendo un acto publicitado desde la web del distrito, cosa que agradecemos porque así se reconoce que la vida cultural del barrio pasa también por La Deskomunal, y esa madrugada ha aparecido un inspector pidiéndonos todos los papeles sin motivo aparente”, ponen como ejemplo. Su caso recuerda aquella época en que el bar Heliogábal recibió simultáneamente un Premi Ciutat de Barcelona y una orden de cierre.
La gota que empezó a colmar la paciencia en La Deskomunal llegó a finales de 2024. En la enésima inspección se les advirtió, una vez más, que el limitador de volumen no estaba precintado. Serrat reconoció la infracción, pero recordó, una vez más, que quien debía precintar ese aparato era el ayuntamiento. En aquella inspección también instaron al local a entregar el informe del limitador. Si no lo hacían, recibirían una orden de cese de la actividad e incumplirla podría suponer una multa de 30.000 euros y el cierre del negocio. Tras varias semanas de pánico, solicitando una cita con el distrito para resolver el conflicto, se les reconoció que aquel informe llevaba años entregado. No había motivo de sanción. Todo había sido un error.
Serrat y Vicente reconocen haber padecido “cierta conspiranoia”. “Hemos llegado a pensar que lo estaban haciendo adrede para desgastarnos y que nos fuésemos”. Pero no quieren presentarse como víctimas, sino ampliar el foco del conflicto. “Esto no es un problema de barrio sino de ciudad. Se ha conseguido que la gente no se queje por la falta de vida cultural. Ahora para ver grupos que te gustan tienes que ir a festivales y la mayoría de gente está pasando por el aro. Yo no quiero asumir ese chantaje y la manera es montando salas. Porque los que fomentamos la vida cultural en los barrios somos las salas que acogemos durante todo el año al público local y a los grupos que no tienen cabida en los festivales”, reivindica Serrat.
El caso de La Deskomunal no es único. Se suma al de otras salas en la cuerda floja como Bóveda (Poblenou), Meteoro (Poble-sec), La Rarita (Sants), El Pumarejo de L’Hospitalet y alguna más que ya desapareció. “¿Cuántos vecinos quieren nuestro local en el barrio y cuántos no?”, preguntan en La Deskomunal. El local tiene enfrentamientos con dos vecinos. Uno ha llegado a llamar desde su pueblo para quejarse del ruido; un hecho reconocido por la policía. “El problema no es que se quejen dos vecinos, sino que la administración dé credibilidad a estas cosas. Y desde las Olimpiadas, la ciudad ha ido tomando ese cariz de civismo y planes Endreça”.
Un entierro a lo grande
No hay vuelta atrás. La Deskomunal desaparecerá del mapa. Pero en vez de hacerlo en silencio, sus responsables han preferido politizar ese malestar y, eso sí, despedirse por todo lo alto. Durante 2026 la sala y el restaurante seguirán abiertos. En noviembre y diciembre tocarán los grupos más allegados. El entierro de La Desko será en una fiesta que durará dos meses.
A partir de aquí, la intención es que alguien con más energía y menos desgaste emocional retome el proyecto del mismo modo que el cierre del Koitton Club supuso el nacimiento de la sala Taro. “Antes se nos ponía la piel de gallina cuando tocaban los grupos de nuestra vida. ¡En La Desko tocaron Scream!”, recuerda Serrat, refiriéndose a la banda estadounidense de hardcore-punk de los 80. “Esa excitación va desapareciendo cuando solo estás pensando en si esa noche te harán una inspección”, confiesan. Lo deseable sería que lo heredase alguien en sintonía con los ideales cooperativistas que impregnan todos los proyectos alojados en el recinto La Comunal.
La Deskomunal morirá con un último deseo: “Que lo que nos ha pasado a nosotros pase cada vez menos”, suspira Serrat. “Si la definición de cultura del ayuntamiento han de seguir siendo los festivales mainstream, adelante, pero que nos dejen poner nuestro granito de arena. Ofrecemos un servicio al barrio. Somos espacios necesarios. Los vecinos los reclaman. Cuando la gente no venga a las salas tendremos que rendirnos, pero sigue viniendo”, celebra. “Ver conciertos en tu barrio es algo demasiado bonito como para dejar de luchar por ello. Pero hay que tener espíritu de lucha”.
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