Discoteca de los 80: la punta del iceberg de un filón llamado nostalgia
No es nada nuevo, pero el sector de los macroconciertos nostálgicos ha crecido tanto en los últimos años que ya se ha erigido por derecho propio en una sólida rama del negocio de la música en vivo. A formatos ya conocidos como Love The 90s y Love the Twenties se ha sumado ya la inevitable versión ochentera. Eso es Discoteca de los 80, un macroevento que este fin de semana reunió a 18.000 personas en el Palau Sant Jordi. El reclamo artístico era un cartel de glorias ochenteras como Ryan Paris, C.C. Catch, Samantha Fox y Alphaville, pero la verdadera excusa era sumergirse en cuerpo y alma en una multitudinaria noche de nostalgia premium. Noche ochentera toda la noche entera, que diría Vicco.
El llenazo registrado con semanas de antelación obliga a observar cómo, en las últimas temporadas, no dejan de surgir iniciativas cuyo objetivo es atrapar al público con la excusa de un viaje musical al pasado. Atrapar al público en su pasado, incluso. Además de los Love the 90s y Love the Twenties previstos para esta temporada, el 30 de abril nace otro evento, el Caribe Mix Festival, que anuncia escalas en Barcelona, Mallorca, Cádiz, Santander, Gran Canaria, Tenerife y Madrid con Soraya, King Africa, Raúl, Gusanito y Guaraná, entre otros. “Nostalgia bien curada, energía actual y cero postureo”, anuncia la publicidad de este nuevo formato cuyo lema es “Vuelven los rompecinturas del verano”.
Todo vuelve, sí. Y la ofensiva de la nostalgia ataca por tierra, mar y aire. En octubre zarpará de Barcelona ‘El Barco Ochentero’, un crucero con escalas en Ibiza, Palermo, Roma y Marsella que se presenta como “el mayor festival de pop español en altamar”. Para muchos melómanos, surcar el Mediterráneo con Seguridad Social, Revólver, Los Rebeldes y Danza Invisible sería una condena. Pero alguno se hubiese enrolado gustoso en el Boaty Weekender donde tocaron años atrás Belle & Sebastian, Teenage Fanclub y Yo La Tengo. O en el Rock the Bells que surcará el Caribe mientras rapean Public Enemy, Warren G, T.I. y EPMD. Como todo en la vida, la nostalgia también es una cuestión de gustos.
La del sábado fue la tercera gala Discoteca de los 80 tras las de Madrid y Valencia. El término gala no es gratuito, ya que los artistas interpretan una, dos o a lo sumo tres canciones. La gran mayoría sale a escena con un micrófono y una patrulla de bailarines. El resto, música enlatada sobre la que Lime, Eruption, Silver Pozzoli y otros ‘one hit wonders’ entonan sus respectivos éxitos: Babe, we’re gonna love tonight, One way ticket, Around my dream… Ni más ni menos que como se les disfrutaba en los programas televisivos de los 80 y en algunas galas de Fin de Año. Algunos títulos adquieren una inquietante doble lectura tantos años después. Era el caso del How old are you? (¿Cuántos años tienes?), de Miko Mission, o el Happy children (‘Niños felices’) de P. Lion.
Pero si las galas televisivas de Fin de Año eran interminables y desconcertantes en su voluntad de satisfacer a todo tipo de telespectadores, en Discoteca de los 80 todo está medido al minuto. El escenario circular en el centro de la pista alterna dos o tres actuaciones con una sesión de los discjockeys que amenizan los interludios con baterías de éxitos ochenteros. Los Jumper Brothers, Tonín y Edu, manejan un material tan infalible que el público a menudo vibra más con ellos que con los supuestos protagonistas de la noche. Cruel paradoja, sí, pero así es la música: no importan los cantantes, sino las canciones.
En un mismo bloque Toñín y Edu pueden enlazar hits de Human League y Guns N’Roses, de Bon Jovi y Modern Talking ,de Europe y Kylie Minogue. Nada desentona. Todo encaja en el concepto retrochentero. El Sant Jordi es un parque temático de la nostalgia. Un escape room de estética ochentera con paredes falsas y pasadizos secretos que conectan escenas musicales antaño antagónicas. En lo alto del escenario, una pantalla circular proyecta vídeos recopilatorios de películas y teleseries de los 80. En cuanto hay que dar paso al siguiente bloque de actuaciones, la cabina circular de los discjockeys se eleva como la cesta de un globo y desaparece en cuestión de segundos. Y entonces sube por la pasarela Fernandisco, el locutor de los ochenta por excelencia.
¡La mejor generación de la historia!
A lo largo de seis horas se suceden decenas de proclamas. “¡Volemos juntos a la mejor década de la historia!”. “¡Somos muy jóvenes!”. “¡Que vivan los 80 y que viva la madre que nos parió”. “¡La mejor generación de la historia!”. “¡Que nunca se apague el espíritu de los 80!”. “¡Que levante los brazos quien quiera quedarse en los 80 para siempre!”. Uno ya ni pestañea cuando Fernandisco habla del “cordón umbilical que nos conecta con los 80” y afirma que “la gente de los 80 ha trabajado mucho para sacar a su familia adelante”. Todo vale cuando se trata de convencer a casi 18.000 personas de que no existe ningún motivo para avergonzarse de estar pasándolo tan bien. Por cierto, ¡la de veinteañeros no emancipados que estarán aprovechando para liarla gorda en casa de sus padres!
Además de un viaje al pasado, Discoteca de los 80 es una excusa para reencontrar viejas amistades. Y se nota. En los pasillos exteriores y las zonas de restauración abundan corrillos de personas que buscan un lugar tranquilo, sin música, donde contarse todo lo que no se han podido contar durante meses o años. Hay conversaciones serias y profundas. Y no todo el público presente fue adolescente en los 80. En las gradas hay señoras de más de 70 años; en la pista, varias treintañeras. Además de un chute a tu juventud, el escape room también funciona como viaje a una época no vivida. El ambiente de euforia es mayoritario, pero hay gente para todo. Mientras Bad Boys Blue ocupan el escenario, un hombre en primera fila se ríe con un vídeo que le ha saltado en el móvil: es un gato caza un ratón tirándose un pedo en la puerta de su escondite. A su lado, un tipo con peluca a lo Limahl lo está dando todo. Él y sus amigos vienen de Holanda. Más allá, dos o tres bostezan cuando Den Harrow canta Future brain.
Otra proclama recurrente en la macrogala Discoteca de los 80 hace referencia regresar “al lugar donde somos felices”. Ese es el eslogan acuñado por la promotora Share Music para toda su cartera de macroconciertos: ochenteros, noventeros y dosmileros. No olvidemos que esto es más que un concierto: es un producto. Y que en Share Music no se definen como promotora de conciertos o festivales, sino como “diseñadores de experiencias musicales únicas”. Esto es la macrofestivalización de la nostalgia. O la macrofestivalización del tardeo. Y, en tanto que producto nostálgico, resulta impecable. El montaje visual es deslumbrante (solo objetar las imitaciones de Madonnas y Michaels Jacksons que proyectan en las pantallas para, cabe suponer, no infringir derechos de imagen) y el ritmo apenas flaquea. Se hace largo, pero porque son cinco horas. No hay que tomárselo como un concierto, sino como una noche en la discoteca. A ratos bailas, a ratos te sientas, a ratos sales a fumar, a ratos charlas... y vuelta a la pista.
Más de dos horas después de la primera actuación aparecen en escena unos tipos cargando extraños objetos y utensilios. Esa estructura aparatosa en medio de la cual hay un taburete es ¡una batería! Y lo que se están colgando al hombro esos dos operarios tienen que ser ¡guitarras y bajos! Y ese señor que aguarda su turno en la pasarela es nada menos que F.R. David, autor de Words don’t come easy, superlativo bombazo ochentero que mantiene intacto su enternecedor brillo. Sí, el francés ha decidido actuar en riguroso directo con tres músicos. Todo un riesgo y un honor que solo compartirá con los alemanes Alphaville.
Para mucha gente Discoteca de los 80 es un festival de la falsedad. Casi nada es real. Sin embargo, no hay que olvidar que en 2026 el formato bases pregrabadas y solo voz en directo (con o sin autotune) está a la orden del día en los conciertos de músicas urbanas. Otro asunto es que a Iván (el único español de la gala) se le atragantase su Fotonovela y que Samantha Fox (de las más aplaudidas) tuviese que remontar el desastroso inicio con Nothing’s gonna stop me now. Párrafo aparte merecería CC Catch. Su voz sonó exageradamente fiel a la de entonces. Era normal sospechar, pero cuando cantó un fragmento a capela se desvanecieron las dudas. Firmó la actuación más completa (¡tres canciones!).
Cuando por fin salen Alphaville, pasadas las once de la noche, ha habido numerosas deserciones en la pista. También en el escenario. De la banda original solo queda Marian Gold. El cantante alemán se ha casado cuatro veces y tiene siete hijos; tal vez algunos músicos y coristas sean familiares. Big in Japan suena atropellada, imperfecta, distinta… ¡Como tocada en vivo! Tampoco Gold está en plena forma vocal. No será él sino el público quien realce el estribillo de Forever young. “¿De verdad quieres vivir eternamente?”, preguntaban Alphaville en 1984. ¿Quién hubiese imaginado que aquella canción sobre temer a la muerte en un clima de guerra inminente tendría en 2026 una lectura tan actual?
“¡Ay, la rodilla!”, exclama una pareja entre risas mientras calcula los escalones que debe subir hasta llegar a la calle. Durante seis horas no les ha dolido nada. Discoteca de los 80 ha sido un placebo, un balneario pop, un paraíso de felicidad como han subrayado los rostros sonrientes de las primeras filas que se proyectaban en las pantallas. Asociar años 80 y felicidad supone no pocos roces con la Historia, pero aquí solo se realzan los aspectos agradables. El guion musical también implica una relectura parcial. Los 80 fueron mucho más que pop superficial. Pero esto no es una clase de Historia, sino un espejismo. Nada debe romper el hechizo. Solo el vaso de cerveza a 7’90 euros te hará caer del guindo.
La caja de Pandora de la música nostálgica se abrió hace décadas. Hoy hay réplicas para todos los gustos, formatos y bolsillos: tardeos temáticos, reuniones de bandas a diestro y siniestro, grupos tributo a quien haga falta, festivales con cabezas de cartel próximos a la jubilación… Este macrotardeo ochentero es la sublimación de una tendencia que crecerá hasta el infinito Más aún, cuando el empobrecimiento crónico de la juventud señala a los mayores de 40 como únicos clientes con dinero para gastar. Las tres discotecas ochenteras han recibido 55.000 espectadores. Love the 90s nació en 2017 y desde entonces suma más de 360.000. Pero todo esto es solo la punta del iceberg de una tendencia mucho más estructural. El pasado es un pozo sin fondo. Un filón inagotable.
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