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¿Por qué la música es cada vez más uniforme y posiblemente lo será mucho más en el futuro?

El músico y ensayista Edi Pou, miembro de Za! y Los Sara Fontan

Nando Cruz

25 de marzo de 2026 22:06 h

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Quien más y quien menos habrá tenido alguna vez la sensación de que todo lo que escucha suena igual. Es una sensación subjetiva y, a menudo, fruto de una falta de atención. Pero hay algo cierto en ella, porque en las últimas décadas casi todas las canciones que oímos coinciden en algo: su compás binario. Sea de dos por dos, de cuatro por cuatro o de ocho tiempos, el patrón binario es tan hegemónico que aparece en el 95% y hasta en el 100% de las cien canciones más exitosas del momento en decenas de países. Así lo ha comprobado Edi Pou, baterista, compositor y activista musical, y así lo explica en Nou elogis de l’imparell (Nueve elogios del impar, editorial H&O).

Este microensayo, de apenas 120 páginas y con mucho ritmo, revela que se nos está imponiendo la música de compás más simple, aunque el cerebro humano es capaz de disfrutar de opciones más complejas (compases ternarios, de cinco, de siete, amalgamas...) porque esta es la más fácil de vender. También, que en épocas de la historia no tan lejanas y en culturas no europeas, la riqueza rítmica era mucho mayor. Pou, periodista en feliz excedencia y mitad de los dúos Za! y Los Sara Fontan, afirma que esta dieta sonora tan limitada está reduciendo nuestra capacidad de escucha y nos insta a rebelarnos contra la uniformización de la música que oímos.

¿Por qué podría interesarle este ensayo a alguien que jamás ha prestado atención al compás de las canciones que escucha?

Por un lado, porque es interesante reflexionar sobre cómo escuchamos la música y por qué escuchamos lo que escuchamos. Por otro, porque la música es reflejo, síntoma o indicador predictivo de la sociedad. La falta de diversidad que creo que hay actualmente va acompañada de una falta de diversidad de fauna, de formas de comunicarnos, de centros de las ciudades cada vez más iguales... La música es un espejo de muchas otras cosas.

¿Cómo escucha usted la música? Por ejemplo, en un concierto.

Pongo mucha atención. Me cuesta estar hablando con alguien y a la vez escucharla. Pongo todo el cuerpo y a veces soy un poco pesado reaccionando con ‘¡uuuh!’ pensando: al grupo le gustará que haga esto. No soy muy freak de los baterías, pero sí de los ritmos y las armonías. No puedo evitar, mientras disfruto, identificar compases y alucinar con las armonías.

Hay quien piensa que si te concentras mucho dejas de disfrutar la música. Como si disfrutar pasase únicamente por dejarse llevar sin pensar. ¿Nos perdemos algo si no analizamos la música que escuchamos?

Rotundamente, sí. Poner el foco en lo que haces o escuchas te ayuda a disfrutarlo más y a entenderlo mejor. Pero, claro, vivimos en un momento de hiperestimulación y la saturación mental que tenemos hace difícil que podamos concentrarnos en algo. Por eso triunfa la idea de que la música ha de ser un lugar donde olvidarte de ti mismo y desconectar. Esa es una de sus funciones, y me encanta, pero no puede ser la única ni puede dominar todo el panorama. Me pone muy nervioso esa frase que he leído mucho a programadores de festivales y he oído a muchos grupos de ‘esperemos que durante un rato la gente olvide sus problemas y desconecte’. Por un lado, es asumir que la gente tiene unas vidas insatisfactorias. Y, si es así, deberíamos rebelarnos. Por otro, ojalá el discurso fuese al revés: esperamos que durante este rato la gente encuentre aquí la energía para pensar sobre sus vidas y busque soluciones cuando vuelvan a presentarse los problemas.

Estudiando el Top 100 de numerosos países, detecta que en muchos el 99% de las canciones más exitosas son de compás binario. Pero, claro, el mainstream tiende por naturaleza a uniformizarlo todo. ¿También se está reduciendo la música de otros compases fuera del mainstream?

No tengo pruebas empíricas, pero mi impresión es que sí. Hasta en el underground hemos confundido en los últimos veinte años mayoritario con popular y minoritario con elitista. Y, de repente, hacer música que se saliera del mainstream parecía esnob. En el libro intento demostrar que históricamente los ritmos impares han estado mucho más extendidos que ahora.

Las plataformas de streaming nos llevan a un túnel donde las ideas minoritarias son cada vez más minoritarias y las más generalistas devienen más generalistas más rápido. Hay intereses económicos en que sea así.

La tecnología facilita crear música mucho más compleja, pero en muchos estilos los sintetizadores y las cajas de ritmos se han convertido en un camino fácil para perpetuar la hegemonía del cuatro por cuatro.

Hay partes de tecnología que ratifican el statu quo cuatrocuatrista, pero los sintetizadores modulares, por ejemplo, abren todo un mundo de música generativa que puede ser muy sorpresiva. La tecnología más perniciosa para irse cargando la diversidad rítmica es la que difunde la música, más que la que la hace. Las plataformas de streaming nos llevan a un túnel donde las ideas minoritarias son cada vez más minoritarias y las más generalistas devienen más generalistas más rápido. Y eso no pasa porque la tecnología en sí sea malvada, sino porque hay intereses económicos en que sea así.

La inteligencia artificial también tenderá, por definición, a sobrerrepresentar lo más común y a infrarrepresentar lo diferente. ¿Vamos hacia un mundo donde la definición de música será “conjunto de sonidos ordenados en compás binario” y el ritmo impar se habrá extinguido?

Tengo la esperanza de que cuando hacer música ya no tenga valor, porque la podrá crear una máquina, hacer música que salga de lo normal volverá a adquirir valor. Y la humanidad disfrutará de lo que se cree en los márgenes porque la zona intermedia ya no tendrá ningún interés. Tengo la esperanza de que la inteligencia artificial sea el acelerador de un cambio a favor de la diversidad. Quiero ser optimista, aunque hay días en que cuesta serlo.

¿Necesitamos música sencilla y binaria porque vamos estresados todo el día y no tenemos tiempo para escuchar con atención o la simplificación de la música en las últimas décadas hace que ya solo seamos capaces de digerir música sencilla porque nuestro cerebro no da para más?

La falta de costumbre provocará cada vez menos capacidad de escucha. Eso se podría revertir fácilmente con un poco de dedicación diaria, pero la falta de tiempo en nuestro día a día hace difícil revertir esta dinámica porque nos queda muy poco espacio mental. Vamos muy saturados. Llegamos a casa con la cabeza reventada. Y, además, tenemos cierta obsesión por la utilidad de las cosas. Detenerte a escuchar tranquilamente algo nuevo o dedicar tiempo a trabajar la escucha nos parece algo totalmente inútil cuando creo que es de las cosas más útiles que podemos hacer. Vamos entendiendo que debemos cuidar el cuerpo, que debemos cuidar la alimentación y se empieza a ver que debemos cuidar también nuestra mente. E igual que el cuerpo se entrena haciendo ejercicio, la cabeza y el oído se pueden entrenar con la música. Y me gustaría pensar que una escucha más empática puede ayudar a tener una actitud vital más empática en todos los ámbitos.

Tengo la esperanza de que cuando hacer música ya no tenga valor, porque la podrá crear una máquina, hacer música que salga de lo normal volverá a adquirir valor

Suponemos que un compás binario es más fácil al oído y que los ritmos impares son más difíciles. Pero explica que esa facilidad o dificultad de unos u otros es un hecho cultural fruto de la costumbre. ¿Podríamos deducir que la industria musical, fomentando un consumo de músicas cada vez más simples, nos está atrofiando el oído?

Eso sería mucho decir. Pero oír siempre el mismo tipo de música atrofia la capacidad de escucha, sin duda. Si solo escuchas música en la misma escala do re mi fa sol la si cuando oigas música microtonal pensarás que está desafinada. Tu cerebro ha aprendido a clasificar la música de un modo que deduce que eso es incorrecto. Los estudios afirman que tenemos un cerebro superpotente capaz de entender y disfrutar todo tipo de ritmos y armonías, pero la falta de costumbre va reduciendo la posibilidad de disfrutarlas. El placer musical, simplificando mucho, proviene de dos lados: uno es predecir la repetición, lo cual nos genera satisfacción, y otro es la sorpresa de un giro inesperado, que también nos provoca satisfacción. En el libro lanzo la intuición de que está triunfando más la versión conservadora del disfrute: la previsible. Y seguramente es así debido a unos intereses: es más fácil para un empresario venderte una y otra vez lo mismo.

¿A quién interesa que cada vez haya menos diversidad lingüística, de fauna, de vegetación, de alimentos y, también, de ritmos?

A las cuatro personas más ricas del planeta. Que cada vez haya menos diversidad anula todo lo que escapa a su control. Vamos hacia ese mundo de hipermultimillonarios, hacia esa especie de nuevo antiguo régimen donde interesa que todos consumamos lo mismo porque es mucho más fácil fabricar un millón de bollicaos que un millón de productos alimentarios diferentes. Seguramente por ello nunca antes la música ha sido menos diversa.

El músico Edi Pou

¿Es casual que todas las marchas militares sean de compás binario?

En absoluto.

No podemos cambiar nuestras vidas de hoy para mañana, pero podemos tomar las riendas de la banda sonora de nuestras vidas. ¿Cómo?

Se me ocurre una respuesta más teórica y otra de gestos concretos. La teórica sería tender a una escucha crítica, pensar por qué escuchas lo que escuchas y cómo te ha llegado; tender también a una escucha curiosa e incluso plantearse escuchar nuestro entorno: la realidad. Cuando fui a Nueva York a tocar con Los Sara Fontan flipé porque todo el mundo iba por la calle conectado a sus AirPods. Esa desconexión con el presente es muy bestia.

Hay gestos concretos que te permiten hackear un poco ese embudo en el que vamos cayendo sin pensar demasiado. No debemos perder la curiosidad ni en la música ni en cualquier otro ámbito porque entonces nos rendimos como humanos

¿Y esos gestos más concretos?

El primero es espiar las playlists que hace la gente en las plataformas. Son una fuente de descubrimiento extraordinaria: las hay de música india de los 70, hip-hop con patrones extraños… El segundo, hablar de música con tus vecinos, con gente de otras generaciones… Y el tercero, escuchar música fuera las plataformas: en vinilo, en conciertos, en emisoras digitales… Todo ello te permite hackear un poco ese embudo en el que vamos cayendo sin pensar demasiado. No debemos perder la curiosidad ni en la música ni en cualquier otro ámbito porque entonces nos rendimos como humanos.

Perder esa curiosidad, perder incluso la capacidad para disfrutar músicas con compases diferentes, ¿a dónde nos aboca como especie?

A ser como los personajes de la película Wall-E: personas que han abandonado su cuerpo, que son incapaces de hacer ejercicio, que viven mirando una pantalla que tienen delante y se mueven a través de una cinta transportadora. Tienen una vida comodísima, tienen comida y se pasan el día tumbados, pero han perdido todo poder de decisión sobre sus vidas. El interés de los cuatro oligarcas es tenernos tumbados ante la pantalla, pero los humanos tenemos un cerebro privilegiado y confío en que sabremos reaccionar.

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