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CASTILLA-LA MANCHA

Tribulaciones de un turista

"Philip Alston nos cuenta que el país que estaba acostumbrado a ver como turista enamorado no es el mismo que ha visto como relator profesional y analítico de la ONU"

El relator de la ONU: Hay dos Españas muy distintas y una de ellas está al límite

EFE

Lo malo de un turista en España es que sea también relator de la ONU y puesto a su oficio levante la alfombra y mire debajo. La sorpresa que este cambio de perspectiva puede acarrear al observador imparcial (turista y relator a un mismo tiempo) no está descrita, o quizás sí.

Es lo que le ha ocurrido a Philip Alston, relator de la ONU para la pobreza extrema, que tras haberse construido mentalmente una idea de España como turista (bastante placentera por otra parte) ha visto arruinado ese espejismo ilusorio tras observar más de cerca a nuestro país, a pie de obra y en su papel de relator de la ONU.

Relator de la pobreza extrema, para ser más exactos, y pobreza que al parecer abunda en nuestro país, pero que no siempre es visible o sencillamente se prefiere no ver. Por un momento, nuestro turista encandilado primero y relator de la ONU desengañado después, creyó estar viendo doble sin haber bebido: una España oficial y turística en primer plano, como primera impresión, y luego en duro y crudo contraste, una España real que subyace a la primera y que no se le parece en nada. De ahí la sorpresa.

Esto nos lleva a reflexionar sobre lo falso de las generalizaciones que hacemos unos y otros, cuando afirmamos que España es de esta o aquella otra manera, o que se sale o que no llega, sin percatarnos que todo depende del punto de vista y del terreno que se pisa. Sobre todo si donde se pisa y se camina es a nivel de tierra.

No se ve la misma España desde un sillón de la Real Academia de la Lengua que desde un andamio inestable y precario, como es hoy en día casi todo el trabajo en España. Ni tampoco es el mismo país el que se contempla desde un tren turístico de juguete que desde esas chabolas de jornaleros que viven en régimen de explotación esclava.

Philip Alston nos cuenta que el país que estaba acostumbrado a ver como turista enamorado no es el mismo que ha visto como relator profesional y analítico de la ONU. Incluso sospecha que el primero desvanece su realidad cuando se compara con el segundo, al lado del cual el primero parece una performance trucada, o al menos una antología poco fiel.

Es más, sospecha que no pocos españoles desconocen esa realidad y dudarían si se les dijera que esa realidad habita y es frecuente en su país. Esta revelación en tiempos de posverdades hormonadas por el autobombo oficial, debería llevar a preguntarnos si la España macroeconómica que se vende tiene algo que ver con la España real que las pasa canutas.

"En España hay familias que tienen un dilema: o poner la calefacción o comprar comida".

"Las autoridades hacen la vista gorda con las condiciones de los jornaleros inmigrantes".

“Las ventajas de quienes tienen contratos fijos y la precariedad extraordinaria de los demás que no los tienen, es insostenible”.

Dice Alston, y todos sabemos que dice la verdad.

He aquí una síntesis de sus alarmantes conclusiones:

“España debería mirarse de cerca en el espejo y actuar. Lo que verá no es lo que desearía la mayoría de españoles, ni lo que muchos responsables de formular políticas tenían planeado: una pobreza generalizada y un alto nivel de desempleo, una crisis de vivienda de proporciones inquietantes, un sistema de protección social completamente inadecuado que arrastra deliberadamente a un gran número de personas a la pobreza, un sistema educativo segregado y cada vez más anacrónico, un sistema fiscal que proporciona muchos más beneficios a los ricos que a los pobres y una mentalidad burocrática profundamente arraigada en muchas partes del gobierno que valora los procedimientos formalistas por encima del bienestar de las personas”.

Suele ocurrir que algunos países muy turísticos lleven una doble vida: una aparente, que es la que se enseña o ve el turista, y otra real, que es la que discurre por debajo, en segundo plano, al nivel del ciudadano indígena.

Hay oficios más expuestos a conocer el país real, tan distinto del país oficial y aparente. Uno parece ser este: relator de la ONU para la pobreza extrema. Otro puede ser experto del grupo GRECO del consejo de Europa contra la corrupción. El país que ellos ven e informan parece muy diferente del país que ven la mayoría de nuestros medios de comunicación, y también del que ven la mayoría de nuestros políticos.

Otro oficio privilegiado para ver el país de cerca, sin filtros publicitarios, es el de médico o enfermero de la sanidad pública, sobre todo los que desarrollan su labor en el ámbito de la atención primaria. En cuanto que la atención domiciliaria se hace (cuando se sigue haciendo pese a los recortes) de manera muy frecuente en domicilios de extrema pobreza, podemos llegar a dudar que eso que vemos, ocurre en nuestro país.

Y sin embargo es ahí donde ocurre, y no precisamente como una excepción, sino más bien con una frecuencia inusitada y poco conocida. Y esta es la misma impresión que sacó el relator de la ONU, Philip Alston, cuando se apeó de la nube turista y puso pie a tierra. Más difícil es que se bajen de la nube muchos de nuestros políticos y sus lumbreras macroeconómicas, espectros alucinados en sus cielos bursátiles.

No sé si esta duplicidad de realidades tiene algo que ver con la posverdad y el poder de distracción de los medios de masas. Sin duda se lee poco y se mira menos. El caso es que esta visión doble (diplopía) se tiene no solo ante la percepción de la pobreza extrema versus el éxito macroeconómico, sino también ante las calificaciones de sesudos organismos que elogian nuestra democracia, versus la corrupción real y las cloacas del Estado que conocemos todos.

Y así vemos que al mismo tiempo que un experto del Instituto Elcano -por poner un caso- hace una apología desatada de nuestra democracia como lo mejor de lo mejor, la Fiscalía anticorrupción sospecha que el espionaje a Podemos fue un encargo directo del Gobierno de Rajoy. Hecho gravísimo en cualquier democracia normal, pero que en una democracia sobresaliente como la nuestra no tiene la más mínima importancia.

Intenta la Fiscalía anticorrupción averiguar, del propio comisario Villarejo, quién dio la orden de ese espionaje y de la falsificación subsiguiente, si Fernández Díaz, ministro del Interior, ducho en cloacas, o si la orden procedía de Cosidó, experto en tugurios subterráneos. Este Cosidó es por cierto el mismo senador del PP que afirmaba ufano y sin complejos que en nuestra democracia de primera a los jueces del Tribunal Supremo se les toquetea por detrás, dóciles y obedientes.

La otra opción que baraja la fiscalía es que la orden procediera del mismo Rajoy, según indicios muy sólidos, lo cual concuerda con lo que afirma el DAO Eugenio Pino, que sostiene ante el juez que Fernández Díaz intercedió por Villarejo a petición de Rajoy.

En fin, que efectivamente batimos todos los récords. Y no solo eso, sino que unos récords (los de la corrupción) nos llevan a los otros (los de la pobreza).

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