CV Opinión cintillo

“Los Ángeles caídos. El fanatismo de los psiquiatras de Franco”

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Sí, ángeles caídos, o mejor, víctimas inocentes ocultadas en un negro limbo de la historia por la dictadura franquista. Ángeles caídos también, los otros, los victimarios, los renombrados psiquiatras que cual fieles discípulos de un militarizado y sanguinario Lucifer, pusieron a su servicio el interesado discurso de una pseudociencia basada en la patologización del adversario político, del diferente y de las mujeres rebeldes contra un machismo ancestral, con el objetivo de la limpieza/exterminio de un país.

Ángeles caídos, sí, pero unos y otros nunca olvidados. Los primeros, porque su persistente lucha en busca de la identidad arrebatada, de la personalidad negada o de la defensa de la dignidad de su condición femenina desde la igualdad, es la lucha de todos los demócratas en nuestro país y permanece siempre en nuestra memoria colectiva como exigencia de reparación y verdad. Y los otros, precisamente también, porque su identificación, denuncia y crítica ética y científica es una exigencia de verdad, justicia, reparación y garantía de no repetición.

Y así, con su nuevo documental “Los ángeles caídos. El fanatismo de los psiquiatras de Franco”, la periodista valenciana Rosa Brines, de nuevo trabajando junto a Félix Vidal, eleva al cielo de de la verdad y la memoria a miles de niños y niñas robados por el franquismo y las tramas criminales que se perpetuaron en los primeros años de nuestra democracia, junto con muchos homosexuales, perseguidos por aquél régimen de terror como enfermos en base a diagnósticos y tratamientos diabólicos; así como a miles de mujeres republicanas, en su mayoría presas, a las que los promotores de esta pseudociencia machista consideraban “crueles, fanáticas y movidas por apetencias sexuales”. Al mismo tiempo, la directora valenciana, apoyándose en la crítica científica, brillantemente aportada por los psiquiatras Cándido Polo y Enric Novella, somete al juicio de la historia a los responsables intelectuales de estos crímenes de lesa humanidad, cuya impunidad siempre repugnará nuestra conciencia colectiva.

Si en su anterior documental “La amarga derrota de la República”, Rosa Brines nos invitaba a una revisión profunda sobre las sombras y mentiras vertidas por los vencedores, y todavía hoy por el franquismo sociológico, sobre la derrota de la República. Ahora, con su nuevo trabajo, lanza una flecha cargada de verdad, dignidad y crítica científica, a la conciencia de cualquier persona de buena fe que se sitúe cara a cara frente a este impresionante documental. Sin duda, la flecha da en la diana, porque nadie puede permanecer indiferente ante una carga de reflexión y crítica tan contundente como la que nos ofrece su trabajo. Esta es, creo sinceramente, su gran aportación. Para mí es un sentimiento ya vivido.

Muchas veces, cuando en las sesiones del Tribunal Internacional de Justicia Restaurativa de El Salvador escucho los terribles testimonios que manifiestan verdaderas atrocidades con las mujeres, los niños y niñas salvadoreños, incluso con los nasciturus, uno se estremece y se pregunta cómo es posible que un ser humano sea capaz de ejecutar en un instante tal barbarie. Pero planificar la destrucción y la desaparición de personas a sangre fría, justificándola ideológicamente con argumentos pseudocientíficos, hoy tipificados como crímenes contra la humanidad, es sin lugar a dudas mucho más pernicioso, execrable y repugnante. Los renombrados creadores de todo este aparato ideológico desfilan como ángeles caídos por el documental de Rosa Brines que también da fe de sus publicaciones, dejando constancia de alguna de sus creaciones más estremecedoras. A la cabeza de todos, el gran maestre, el Dr. Vallejo Nágera, quién en su libro “La locura de la guerra. Psicopatología de la guerra española” sintetizaba así el soporte ideológico de la sustracción de niños por el franquismo: “La idea de las íntimas relaciones entre marxismo e inferioridad mental ya la habíamos expuesto anteriormente en otros trabajos…La comprobación de nuestras hipótesis tiene enorme trascendencia político-social, pues si militan en el marxismo de preferencia psicópatas antisociales, como es nuestra idea, la segregación total de estos sujetos desde la infancia, podría liberar a la sociedad de plaga tan terrible”.

Es la idea destructiva, antes citada, de la patologización del adversario político, que en el caso de las mujeres alcanza niveles paroxísticos en Vallejo-Nágera: “Recuérdese para comprender la activísima participación del sexo femenino en la revolución marxista, su característica labilidad psíquica, la debilidad del equilibrio mental, la menor resistencia a las influencias ambientales, la inseguridad del control sobre la personalidad… Cuando desaparecen los frenos que contienen socialmente a la mujer y se liberan las inhibiciones frenatrices de las impulsiones instintivas; entonces despiértase en el sexo femenino el instinto de crueldad…; crueldad que no queda satisfecha con la ejecución del crimen, sino que aumenta durante su comisión”. Y concluye su diagnóstico con esta brutal afirmación: “La mujer suele desentenderse de la política, aunque su fanatismo o ideas religiosas la hayan impulsado en los últimos años a mezclarse activamente en ella, aparte de que en las revueltas políticas tengan ocasión de satisfacer sus apetencias sexuales latentes”.

Lamentablemente, existen muchas experiencias en el mundo sobre el secuestro, robo y venta de niños y niñas. Pero sin lugar a dudas la desaparición forzada y sistemática de niños y niñas, catalogable como crimen de lesa humanidad y práctica genocida, constituye un lugar de encuentro doloroso e ignominioso en el continente latinoamericano, especialmente en las Dictaduras militares de Argentina, Chile y Guatemala, y en el conflicto armado de El Salvador. Pero debemos poner en primer lugar de esta lista, sobre todo, por el número tan terrible de desapariciones, el caso de la España franquista; sin que nos olvidemos, claro está, de la desaparición masiva de niños y niñas durante el holocausto nazi.

Y es preciso reconocer que lo que en Latinoamérica pasó con la infancia sacrificada y sobre todo desaparecida en la segunda mitad del siglo pasado, por la represión de las Dictaduras de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay en el cono sur, al igual que en El Salvador, Guatemala y Honduras, en el fino istmo de Centroamérica, tiene su precedente ideológico y fáctico más inmediato en el terrible drama de “los niños robados por el franquismo; un sistema de desaparición de menores hijos de madres republicanas (muertas, presas, ejecutadas, exiliadas o simplemente desaparecidas) -como señala el Auto del Juez de la Audiencia Nacional de España, Baltasar Garzón de 18 de noviembre de 2008-, “puesto en práctica a lo largo de varios años, entre 1937 y 1950, y desarrollado bajo la cobertura de una aparente legalidad, al contrario de lo que décadas después ocurriría en los países latinoamericanos (donde eran robados sin más), pero precisamente por ello, con unos efectos más perdurables en el tiempo y más difíciles de detectar y hacer que cesen”.

Esta situación, -concluye Garzón- a pesar de lo terrible que puede parecer hoy día y de que a gran mayoría de los ciudadanos les puede resultar casi inverosímil, lo cierto es que presuntamente ocurrió y tuvo un claro carácter sistemático, preconcebido y desarrollado con verdadera voluntad criminal para que las familias de aquellos niños a las que no se les consideraba idóneas para tenerlos porque no encajaban en el nuevo régimen, no pudieran volver a tener contacto con ellos. De esta forma se propició una desaparición ‘legalizada’ de miles de menores de edad, con pérdida de su identidad, en la década de los años 40, en aras a una más adecuada preparación ideológica y la afección al régimen; situación que, en gran medida, podría haberse prolongado hasta hoy”.

El documental de Rosa Brines, realizado por encargo de la Conselleria de Qualitat Democràtica de la Generalitat Valenciana, encara con valentía el drama de esta herida de los niños robados del franquismo que sigue abierta, como otras, en nuestra sociedad, y para la que siguen reclamando verdad y justicia las víctimas y los grupos que exigen el respeto a la memoria histórica. Algunos han pretendido desvirtuar la relación de este crimen contra la humanidad con el franquismo alegando que esta práctica delictiva también se dio en los primeros años de la democracia, lamentablemente vinculada a miembros corruptos de órdenes religiosas. Pero como señalaba hace ya unos años la periodista Montse Armengou, especialista en el tema, “cuando las víctimas se desvinculan de la dictadura se expresa una doble tragedia: no entendemos que muchas de las injusticias a las que nos enfrentamos hoy día arrancan de la dictadura y se han perpetuado en la democracia. Sigue siendo mucho más digerible pensar que unos señores muy malos robaban niños, en vez de contextualizarlo en un sistema político y religioso que favorecía, alentaba y encubría esos robos. Además, muchos afectados se imponen la práctica idea de que es más fácil culpar a una banda de traficantes que a una dictadura. Pero la consecuencia es clara; si el delito es común habrá prescrito; cuando, si fuera calificado como crimen de lesa humanidad sería imprescriptible”.

Además, la desaparición forzada de niños robados a sus padres o familiares, constituye un delito de carácter permanente. Así lo determina la Convención Internacional para la Protección de todas las personas contra las Desapariciones Forzadas, de 20 de diciembre de 2006. Los niños desaparecidos, los niños robados a sus familias son también las víctimas silenciosas e ignoradas del franquismo y de sus tramas perpetuadas en democracia. Muchos vivieron o viven aún sus vidas con una identidad alterada y una historia personal incompleta. Sus familiares llevan décadas buscándolos. El mismo tempo que el pueblo español lleva buscándose a sí mismo.

Esa búsqueda se fundamenta en tres ideas básicas. La primera, la defensa del derecho a la identidad como sustrato esencial de la verdad. Porque sin identidad, la verdad se oculta tras la manipulación y la mentira. Y sin identidad, la memoria se desvanece en lo desconocido. Por eso, identidad, verdad y memoria definen una relación de causalidad necesaria que propicia la justicia restaurativa y abre el camino hacia la verdadera reconciliación. La segunda idea básica es el proceso de reencuentro, como condición esencial de la reconciliación. Reencuentro o nuevo encuentro entre personas de una misma familia, de una misma comunidad, de diferentes comunidades o de todo el país, para construir un nuevo tejido social sobre la conciliación, lo que puede ser la verdadera reconciliación. Finalmente, se proyecta de forma evidente la idea de la reparación/restauración, como expresión de lo necesario, de lo justo. Y así, desde la recuperación de la identidad abolida o manipulada, la verdad rescata a la memoria de lo desconocido y surge el reencuentro restaurador de aquél tejido social roto, para conciliar de nuevo (reconciliar) la convivencia perdida.

Un camino que trabajos como el de Rosa Brines nos muestran desde el compromiso y la responsabilidad.

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