El fascismo como compañero de viaje

Mitch McConnell durante su discurso en el Capitolio poco antes del asalto de los seguidores de Trump.

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Su cara lo decía todo. Mitch McConnell, el portavoz de la moribunda mayoría republicana en el Senado de Estados Unidos, pronunciaba su discurso después de que el vicepresidente Mike Pence hubiese hecho acto público de desobediencia al desencadenado presidente saliente para negar la potestad, y la voluntad que aquel le exigía, de bloquear el reconocimiento del demócrata Joe Biden como presidente electo. El jefe de los republicanos en la Cámara Alta había cambiado su arrogancia habitual por una compungida actitud de pánico para desmarcarse de las pretensiones de Donald Trump, empeñado en negar su derrota. "Si estas elecciones fuesen anuladas simplemente por las acusaciones del bando perdedor, nuestra democracia entraría en una espiral de muerte", advirtió.

En el momento en que la horda de fanáticos azuzada por Trump desde la Casa Blanca irrumpió en el Capitolio, McConnell, como también Pence, había salvado su compromiso con la democracia, pero lo había hecho al borde mismo del precipicio, con graves daños para su partido y para Estados Unidos como país. Lo que muchos creían impensable había ocurrido. El energúmeno de la Casa Blanca, que perdió con claridad en noviembre su reelección, había llevado hasta el final la amenaza de no marcharse. Y para calibrar la gravedad de su intentona solo hay que imaginar lo que hubiera pasado si Pence o McConnell le hubiesen seguido la maniobra, como hizo Ted Cruz, mientras la muchedumbre asaltaba el Congreso. Era una insurrección y un golpe institucional al mismo tiempo, porque la violenta operación estaba dirigida desde lo más alto.

Como ocurre en otros países con algunos espacios emblemáticos de la vida colectiva, ante el Capitolio, sede del Senado y de la Cámara de Representantes, se han celebrado a lo largo de la historia algunas de las grandes manifestaciones civiles norteamericanas, ceremonias de una liturgia política más o menos crispada en cuyas reglas no escritas nunca ha figurado tomar el poder por medio de la violencia. Y de repente, el fascismo estaba allí, a punto de conseguirlo.

Porque se trataba del fascismo. Aquel abuso de la demagogia, aquella intolerancia grosera, aquella negación, ya no de las razones, sino de los hechos, con los que se habían alineado de forma oportunista los dirigentes de la derecha a lo largo del mandato de Trump estallaron como una pústula un día de enero para revelar la naturaleza nauseabunda de ese fenómeno que muchos se niegan a identificar, sea en Estados Unidos, en Europa o en cualquier otra parte del mundo, como lo que es: el fascismo moderno.

Los fascistas modernos no son necesariamente gente uniformada aunque sufran la obsesión por ciertas banderas y en el interior de su movimiento siempre haya grupúsculos anticuados que se empeñan en mantener la parafernalia bélica. Sus fuerzas de choque son ese lumpen supremacista blanco de los Proud Boys, el extremismo antifederal tan bien encarnado en las denominadas milicias que a finales de abril ocuparon el Capitolio de Michigan contra las medidas de emergencia por la pandemia decretadas por la gobernadora demócrata Gretchen Whitmer, y los negacionistas de la ciencia y seguidores de sospechosas teorías de la conspiración que proclaman la maldad de razas, personas e ideologías. Como revelan los perfiles de los asaltantes que se van conociendo, todas esas fuerzas de choque aportaron componentes a la ocupación del Capitolio en Washigton DC ante la mirada atónita del mundo. Las bases ideológicas de ese fascismo son nacionalistas, ultrarreligiosas y xenófobas, odian la diversidad humana, sea esta racial, sexual, cultural o de género, porque la temen. Sus dirigentes parecen personas convencionales y elocuentes que se manejan bien en la manipulación mediática y siempre exageran.

Lo imperdonable es haber puesto sin el menor escrúpulo al servicio de ese demencial relato a la tradicional opinión pública de derechas, emborronando de forma oportunista las fronteras de la democracia con los territorios donde deja de serlo porque el fascismo moderno no defiende la dictadura, solo quiere acumular a cualquier precio tanto poder que haga imposible cualquier alternancia, para lo que debe marginar a los diferentes, despojar de derechos a las minorías, perseguir a los disidentes en nombre de la nación, controlar los medios de comunicación y limitar las libertades retorciendo los marcos legales. Hay que fijarse en Vladimir Putin, el gran inspirador de Trump, como modelo.

Hablar del fenómeno del populismo, ropaje con el que se ha camuflado, no contribuye precisamente a identificar el problema que la far-right, la extrema derecha, representa ni para captar el grado de complicidad de la derecha democrática con la estrategia del fascismo. Una complicidad que estadistas de buena cabeza como la canciller Angela Merkel, en Alemania, saben que es un pecado sin redención posible.

Menos Trump, excluido por expreso deseo del difunto, al funeral del senador republicano por Arizona John McCain en agosto de 2018 asistieron todos los presidentes estadounidenses vivos y Barack Obama hizo un emotivo discurso sobre el respeto e incluso el afecto entre rivales. Conservador de convicciones democráticas, McCain se opuso, ya enfermo, en sus últimos años, a lo que el incendiario magnate de Nueva York representaba con su desprecio por la verdad, su aversión a la pluralidad, su indigencia intelectual y una falta de empatía hacia los adversarios casi patológica. McCain estaba en una clara minoría entre las élites del Partido Republicano, que al aprovechar el matonismo político de Trump para ganar posiciones en la contienda política han hecho posible, en última instancia, el asalto al Capitolio.

La fortaleza de las instituciones estadounidenses, con su juego democrático de contrapesos, ha soportado el intento de subvertir sus anticuados ritos electorales, pero al final, en el instante decisivo, han sido las actitudes de dirigentes concretos las que han frenado un episodio infernal de consecuencias planetarias. McConnell, como la mayoría de la derecha estadounidense, había aprovechado la era de Trump para imponer la agenda conservadora, nunca suficientemente satisfecha, con el copo del poder judicial, el doctrinarismo económico neoliberal, el freno a la cobertura pública sanitaria, la involución en materia de derechos civiles y el bloqueo sistemático de las iniciativas de la oposición. También frustró el impeachment de un presidente que ha dejado claro antes y después de llegar a la Casa Blanca su desprecio por la legalidad.

En el instante crucial al que llevó a su partido el trayecto con el fascismo como compañero de viaje, el líder republicano del Senado, despojado ya de su aura, dado que el mismo día en que Trump insistía en que era "imposible que hubiera perdido en Georgia" los demócratas arrebataban a los republicanos dos escaños de senadores precisamente en ese estado y daban con ello la vuelta a la mayoría en la Cámara, tuvo que huir de la muchedumbre que asaltaba la sede parlamentaria en nombre de su presidente derrotado.

Han contado en una de sus crónicas los reporteros de The New York Times que, igual que ocurrió con los congresistas y el personal de las oficinas, los senadores fueron evacuados rápidamente por los túneles del Capitolio hacia un refugio seguro con una escolta de policías armados. "Un miembro del equipo de seguridad de McConnell ayudó al senador, que camina cojeando debido a la poliomielitis que sufrió en su infancia, apoyándolo con firmeza mientras se alejaban del peligro", explicaban los periodistas. No se sabe qué pasaba por la cabeza del senador en ese trance. Sí que es público, en cambio, lo que exclamó horas después, cuando las fuerzas de seguridad recuperaron el control de la sede de la soberanía popular: "Han intentado interrumpir la democracia. ¡No lo han conseguido! ¡No lo han conseguido!".

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