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CV Opinión cintillo

A quien lea

El zaplanismo que vuelve

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“Com refarem l’història?

Com guanyarem l’aurora?

Com bastirem un somni

entre un malson de segles?“

Emili Rodríguez-Bernabeu. Alacant, any 2000

 El valenciano no es un país fácil. Las cosas del País Valenciano son aparte. Ignoradas e incomprendidas en su gestación y complejidad. En el panorama que se ventea el zaplanismo, disfrazado de alicantinismo cabalga de nuevo, espoleado por las ansias de poder de los partidos situados a la derecha (PP, Cs y Vox) y la indolencia de la coalición más progresista que gobierna (PSOE, Compromís y U.Podemos). Las gentes que perviven entre aquellos que vivieron el paso de la dictadura franquista a la esperanza democrática, ven caer un ciclo que amenaza con repetirse.

Alicante versus Valencia

El PP es la formación política de los jugadores de ventaja. En los conflictos internos del partido se interpone el contencioso territorial que enfrenta a la facción alicantina con la de València. El posicionamiento de Carlos Mazón, líder popular por designación del amortizado Teodoro García Egea, carente de proyecto para el País Valenciano, se basa sobre la obsesión trasnochada del anticatalanismo. Para no evidenciar el antivalencianismo que se irradia desde Alicante. Las amenazas para el proceso autonómico valenciano provienen de la Vega Baja del Segura: Luís Fernando Cartagena –ex alcalde de Orihuela–, José Joaquín Ripoll–exconseller con Zaplana y ex presidente de la Diputación provincial alicantina, en cuyo cargo antecedió a Carlos Mazón, después de ocupar la secretaría general de la Cámara de Comercio de Alicante, hasta su ruina. La que le lleva a que el candidato a presidir la institución, Carlos Baño, se incline por la cohabitación en los locales de Fundesem, ante la difícil situación económica de la Cámara. Si ganara en su forcejeo con JUan Riera, el veterano dianense, Carlos Baño, pareja de la zaplanista benidormí, Gema Amor, controlaría la institución cameral alicantina, sin que se hayan enterado en la conselleria de Economia, cuyo titular es Rafael Climent.

De Orihuela a Formentera

La operación Mazón es una entre las herencias envenenadas que Pablo Casado dejó al PP de Núñez Feijóo. Encabezada por García Egea y secundada por Vicente Martínez Pujalte y J. M. García Margallo–ambos de la rama cristiana–, desde Orihuela y refrendada desde Formentera con el respaldo del presidente murciano, Fernando López Miras y del omnipresente Manuel Broseta Dupré. Próximo, a su vez, al Consell de Ximo Puig. Mazón ha debutado en València con una conferencia para exaltar las ventajas de la provincia frente a la autonomía de la Comunidad Valenciana, a cuya presidencia de la Generalitat aspira. La secretaria general de la Cámara de Comercio de València, Ana Encabo, es la esposa de Luís Fernando Cartagena – ex conseller de Obras Públicas y colega de Eduardo Zaplana –y exsecretaria autonómica de Formación, con Francisco Camps. La directora del Consejo autonómico de Cámaras de Comercio es Lurdes Soriano, casada con Pedro García, hombre de prensa de Zaplana que ha sido condenado a 6 años y nueve meses de prisión por corrupción, en la visita del Papa Benedicto XVI. Las Cámaras de Comercio, plenamente politizadas con Eduardo Zaplana– Arturo Virosque, Luís Espinosa, José Luís Colvé, Carmen de Miguel–, a partir de 1995, refuerzan su partidismo ante la impasibilidad del gobierno del PSOE, Compromís y U. Podemos.

Quién trinca más

El inicio, guste o no, se fraguó en el preautonómico Consell del País Valencià, con dos fases: la voluntarista del socialista Josep Lluís Albinyana Olmos y la de Enrique Monsonís, valencianista liberal curtido en la importación de Alemania. De la presidencia posibilista y esperanzadora de Joan Lerma a la etapa restauradora de Ximo Puig, se ha vivido un período negro y regresivo (1995-2015) que descerrajó el proyecto de autonomía valenciana a manos de Eduardo Zaplana, tahur de la política. El saqueo, político y económico, prosiguió con sus continuadores del Partido Popular, José Luís Olivas, Francisco Camps y Alberto Fabra. El primero, aspirante a banquero de Motilla del Palancar, que desvalijó Bancaixa y el Banco de València. El segundo, Camps, por la cuota territorial de València, osado fundamentalista transgresor de normas. El tercero, el castellonense Fabra, conocido en Benicàssim, impasible comisionado de Mariano Rajoy para apaciguar la selva política del Partido Popular de la Comunidad Valenciana. El único al que el cargo no se le subió a la cabeza hasta perder la noción de la realidad. Cuando era notorio el enfrentamiento entre zaplanistas y los partidarios de “la jefa” Rita Barberá, a su vez en abierta discrepancia con su segundo en el Ayuntamiento de València, Alfonso Grau.

Caer o vencer

La ideología y la construcción de una política valenciana cohesionada se aparcó por la lucha sin cuartel por las carteras y los bolsos, siempre repletos de dinero negro. Las rencillas y los desencuentros provocaron la caída de la derecha en 2015. La pérdida del poder del PP en 2015 fue debida más al descrédito y al desgobierno del Partido Popular que a la victoria fundamentada de las fuerzas que formalizaron el Pacte del Botànic. Ante la cita electoral prevista para 2023, la historia puede acontecer al revés: que gane la opción de la derecha por inacción y parálisis de la alianza progresista. Un año transcurre muy deprisa. El riesgo cierto que corre la sociedad valenciana es de involución. Desde 2019, última cita electoral, no ha habido hora buena, salvo el anuncio de que Volkswagen instala su fábrica de baterías en Sagunt. Único acontecimiento que ha reorientado la mirada de Pedro Sánchez hacia la Comunidad Valenciana.

Errores

Los mentideros insisten en el error de Ximo Puig al apoyar la candidatura de Susana Díaz, frente al envite de Sánchez, que después le condujo a la Moncloa. El segundo error de los políticos valencianos fue la defenestración de Isabel Bonig en el PPCV y el harakiri de María José Catalá para dar paso a Carlos Mazón, zaplanista alicantino impulsado por Pablo Casado y García Egea. El tercero, el desconcierto de Compromís al fracasar la solución a la financiación autonómica y sus crisis de liderazgo. Hoy su mayor activo político es el alcalde de València, Joan Ribó y la alternativa de Joan Baldoví en autonómicas y generales. El cuarto error, la apuesta indecisa por el Cap i Casal en las decisiones erráticas del PSOE, impactado por la salida catapultada de su portavoz en Corts Valencianes, Manuel Mata. El sexto error, la incapacidad en dar solución pactada a la ampliación norte del Puerto de València, mientras se menosprecia la opinión pública movilizada ante la decisión de la APV que amenaza el ecosistema sin garantías. Séptimo error: perpetuar la permanencia de Francisco Camps en el despacho del Consell Jurídic de la Comunitat Valenciana, con capacidad de fisgoneo, cuando ha manifestado la voluntad de dejar su puesto de consejero, para quedarse con las prebendas de sueldo, secretaria, coche, chófer, guardaespaldas y alojamiento burocrático. Sin que nadie haya encontrado la ubicación más adecuada para uno de los mayores enemigos confesos del Botànic. Margarita Soler, presidenta del Consejo, con el apoyo de Ximo Puig, debe tener la explicación.

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