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¿Debe el rey pedir perdón por Mauthausen?

Dadas las estrechas relaciones entre franquismo y nazismo, es impensable que la decisión de internar en Mauthausen a españoles fuera exclusivamente alemana.

¿Cabe eludir sin más la responsabilidad del Estado por la colaboración franquista en el exterminio nacionalsocialista?

Las responsabilidades, en términos materiales, corresponden al franquismo, y a quienes hicieron posible el golpe de Estado, como el rey Alfonso de Borbón. Formalmente se trata de responsabilidades contraídas por el Estado español.

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El pasado 12 de mayo el pleno del Congreso de los Diputados ha debatido una interpelación al gobierno de Esquerra Republicana de Catalunya para que se instase al rey a pedir perdón por “las responsabilidades del Estado español” en relación al internamiento y muerte de republicanos españoles en campos de concentración nazis, principalmente en el austriaco de Mauthausen. Los partidos del turno, el Popular y el Socialista, impidieron su aprobación. El argumento más mendaz lo expresó el portavoz socialista: “la democracia debe hacerse responsable de las deudas de la dictadura, pero no puede hacerse responsable de sus culpas”, lo cual supondría asumir, “aunque sea vicariamente”, “la autoría del crimen”. Cuando ni siquiera se han saldado debidamente las cuentas de la dictadura, ¿cabe eludir así la responsabilidad del Estado? ¿Y así, por ensalmo, se esfuma la culpa?

Responsabilidad hubo por la participación efectiva del régimen franquista en el genocidio nazi, el cual, por cuanto respecta a españoles, representó la prosecución de la política de exterminio selectivo iniciada por el golpe de Estado franquista en África el 17 de julio de 1936, a la que se había sumado enseguida, provocada la guerra, la de matanza más indiscriminada para someter la retaguardia mediante el terror. Aunque no se tenga todavía prueba documental definitiva, pues hay archivos expurgados y otros españoles aún cerrados a la investigación, en la misma elección del campo de Mauthausen como destino final de la mayoría de los republicanos huidos a Francia y caídos en manos alemanas hubo de pesar la decisión del franquismo. En el universo concentracionario nazi Mauthausen ocupaba una posición especial. Hubo campos de concentración (Buchenwald, Dachau, Bergen-Belsen...) y campos de exterminio (Treblinka, Belzec, Sobibor...), éstos dedicados a dispensar la muerte en cámaras de gas o por otros procedimientos aún más brutales. La posición de Mauthausen era intermedia, similar a la de Auschwitz-Birkenau, sólo que éste derivó durante un último tiempo en mucha mayor medida a campo de exterminio.

Mauthausen era el campo reservado a prisioneros tenidos por irrecuperables. En él se entraba para no salir. A la muerte se llegaba mediante un régimen de trabajo extenuante y alimentación programadamente deficiente. Tuvo también cámara de gas para aniquilar a desahuciados y crematorios para deshacerse de cadáveres. Mauthausen presidió todo un complejo de campos con centros de producción mediante trabajo esclavo. Incluyó también una instalación médica para la práctica de la eutanasia y el desarrollo de investigaciones y experimentos sobre humanos vivos donde murió más gente que en dicha cámara de gas o en otra móvil que también operó. Con todo, quien ingresaba en Mauthausen estaba abocado a perecer por extenuación o de otra forma. Dadas las estrechas relaciones entre franquismo y nazismo, es impensable que la decisión de internar allí a españoles fuera exclusivamente alemana. Hay una prueba gráfica de la cooperación en el caso. Cuando a Mauthausen llegaron deportadas familias enteras españolas, las mujeres y los niños fueron entregados a España.

Hay más en unas responsabilidades que fueron materialmente del franquismo y formalmente del Estado español. El nazismo no contemplaba en principio la eliminación física de todo judío a su alcance. Quiso y prácticamente consiguió la erradicación por Alemania, su espacio de expansión hacia el este y bastante geografía limítrofe, pero, además del exterminio, consideró en momentos alternativas como la creación de una “reserva judía” en Polonia o la deportación fuera de Europa, a Palestina por ejemplo. De ahí provino la decisión de asignar, con una incierta base jurídica, la nacionalidad española a los judíos sefardíes para ofrecer a España la “repatriación” a sus colonias africanas. Franco se negó cometiendo la ignominia de pretender “repatriar” en cambio sus propiedades sin éxito porque el nazismo tenía bien organizado en provecho exclusivo el despojo judío. Judíos sefardíes pasaron por Mauthausen, donde pudieron bastantes entenderse en castellano con los españoles. A ellos se les aplicó, aquí o en Auschwitz, los procedimientos de muerte sumaria, sobre lo que las altas instancias franquistas tenían conocimiento. El consulado español en Viena colaboraba emitiendo certificados de fallecimientos en Mauthausen con las causas de la muerte falseadas.

La responsabilidad original por la cooperación con el genocidio nazi fue del franquismo y de sus adláteres, entre los que figura la monarquía depuesta en 1931. Alfonso de Borbón, bisabuelo del monarca actual, fue cómplice del golpe de Estado de 1936 y así responsable de su secuela de dictadura. Políticos de su confianza fueron claves en la obtención de una ayuda financiera y militar de Mussolini, el dictador vecino, sin la cual el golpe franquista hubiera con seguridad fracasado. El respaldo inmediato conseguido de Hitler ya no pasó por cauces monárquicos. Para hablar de responsabilidades de las que hubiera de pedirse hoy perdón, atendamos a un par de detalles. Históricamente, la monarquía actual fue instaurada por la dictadura genocida. Jurídicamente, es sucesora de la dinastía cómplice del genocidio, de aquel genocidio español que comenzó el 17 de julio de 1936 y se extendió a los campos nazis. El caso de la monarquía española es único en el contexto europeo, donde no hay otra jefatura de Estado procedente de las dictaduras fascistas.

Responsabilidades heredadas hay tanto de Estado como de dinastía, tanto del Estado español como de la dinastía borbónica. ¿Tiene sentido entonces que sea el monarca hoy reinante quien presente sus disculpas por la responsabilidad española en nombre de España toda? Depende. Formalmente, como jefe del Estado español, a él le toca hacer el gesto. Constitucional e internacionalmente le corresponde esta función representativa. Así actúa en nombre del Estado español y de la sociedad española, de toda ella. ¿Se encuentra en condiciones de hacerlo? Pensemos en quienes están más directamente afectados. Los pocos supervivientes actuales del genocidio nazi y las familias que guardan la memoria de los masacrados entonces o fallecidos luego, ¿cómo pueden sentirse dignamente representados por una monarquía que, con todo lo sincera que fuere su petición de perdón, guarda un tracto de responsabilidad con el genocidio? Compréndanse en los masculinos gramaticales tanto mujeres como hombres.

Las responsabilidades del caso no son por supuesto personales, salvo en lo que respecta a quienes las compartieron con la dictadura y todavía viven, lo que puede que incluya al monarca emérito Juan Carlos, pero no al reinante Felipe. Estamos hablando de responsabilidades de Estado y de dinastía no saldadas hasta el momento. Con todo esto, mal se entendería que la solicitud de perdón no fuera acompañada por la asunción de tal responsabilidad doble institucionalmente representada por el actual monarca. No nos pongamos tremendistas para escurrir el bulto. Asumir responsabilidades no es asumir “la autoría del crimen” ni vicaria ni personalmente. El Partido Socialista está haciendo todo tipo de malabarismos para seguir eludiendo las responsabilidades de Estado y de dinastía aún pendientes respecto a los crímenes del franquismo. Del Partido Popular consta con creces, por mucho que también disimule, su genealogía franquista.

Pensemos además que, junto al pesar, habría de expresarse orgullo y gratitud. Aunque no faltaron en Mauthausen kapos criminales españoles, los más se distinguieron por organizarse clandestinamente a fin no sólo de sobrevivir confiando en la derrota del nazismo, sino también de conservar arriesgadamente un archivo documental y fotográfico con vistas a la persecución de los criminales tras la victoria. Su acción fue también decisiva para el gobierno del campo cuando los nazis prácticamente lo evacuaron a principios de mayo de 1945. La avanzadilla estadounidense que llegó a Mauthausen el día 5, si no se encontró con la desbandada y el caos totales, fue por la presteza de dicha organización. “Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras”, proclamaba la gran pancarta que se colocó sobre la entrada de Mauthausen en castellano, inglés y ruso.

Ante el papel desempeñado por los españoles, procede asumir no sólo el pasivo del dolor y las responsabilidades, sino también el activo del orgullo y el agradecimiento. Sin admitir nada, el gobierno español ha tenido la desfachatez de participar en la conmemoración internacional del septuagésimo aniversario de la liberación de Mauthausen. Para este gobierno el franquismo lo que hizo fue salvar vidas del genocidio nazi.

Antes de si la monarquía debe pedir perdón, preguntémonos si puede. ¿No sería mejor suplirla al propósito por el propio parlamento cuando éste, elecciones regeneradoras mediante, se avenga? A otros efectos para los que la monarquía resulte igualmente impresentable podrá suplirle entonces, tras dichas elecciones, el gobierno.

Así, neutralizándose dinastía y dinamizándose ciudadanía, podríamos ir republicanizándonos. ¿Podremos?

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