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Dalí vuelve a soñar "Los vinos de Gala"

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Dalí vuelve a soñar "Los vinos de Gala"

Dalí vuelve a soñar "Los vinos de Gala"

Para el "divino" Salvador Dalí los vinos no eran blancos o tintos sino "voluptuosos" o "de la luz". El artista de Figueres impregnó la viticultura de su surrealismo y onirismo en "Los vinos de Gala", obra publicada en 1977 en francés que vuelve a las estanterías en edición facsímil y en español.

Lo hace de la mano de Taschen y tras el fenómeno súperventas de "Les dîners de Gala", que vio la luz en 1973 y la editorial recuperó en español el año pasado, un derroche de surrealismo gastronómico con recetas que la pareja ofrecía en sus opulentas cenas y otras tomadas prestadas de sus cocineros favoritos.

En "Los vinos de Gala" volvió a homenajear a su gran musa a través del "producto más alabado, más magnificado, más inspirador de la historia de las artes", a su manera sensual y daliniana.

El libro cuenta además con más de 140 ilustraciones de Dalí que lo convierten en objeto de coleccionismo. Varios desnudos clásicos, todos ellos recreados con sus consiguientes toques provocativos y surrealistas, o "El Ángelus" de Jean-François Millet, una de las piezas de referencia del genio durante décadas.

También una de las mejores de su última fase "mística nuclear", "El sacramento de la Última Cena" (1955), que sitúa la emblemática escena bíblica en un dodecaedro traslúcido ante un paisaje costero catalán.

Dalí concibió y materializó esta obra dedicada a Gala, que cuenta con textos del escritor francés experto en su pintura Max Gérard y del viticultor galo Louis Orizet y se estructura entre "Los diez vinos del divino" y "Los diez vinos de Gala".

Con la primera parte el lector se adentra en una decena de las grandes regiones vinícolas del mundo para descubrir los de la Champaña, Burdeos, Jerez, Châteauneuf-du-Pape, Romanée-Conti o California y algunas de las botellas más excelsas, y caras, del mercado.

Precisamente sobre la bebida que revolucionó Dom Pérignon al inventar la cuvée, el tapón de corcho y el embotellado dice Dalí que cuando compartía la Residencia de Estudiantes de Madrid con Lorca y Buñuel, en sus veladas "el champán corría a ríos" lo que les volvía "líricos" al hablar "de la amistad y el amor".

Recorrer los orígenes del vino, desde el Génesis y la primera viña plantada al pie del monte Ararat o desde la leyenda del monarca Djem de los iranios y el descubrimiento por azar de la "medicina del rey", su evolución desde que lo producían frailes hasta los primeros viticultores laicos o su llegada a California gracias a Fray Junípero Serra, son algunas de las lecturas que nos ofrece este volumen jalonado de arte daliniano.

Al igual que trató otros aspectos mundanos de forma extravagante, Dalí hizo una revolucionaria clasificación del vino basada en la experiencia emocional, en lugar de tomar como referencia la geografía o la variedad de uva, que se incluye en el apartado "Los diez vinos de Gala".

Poniendo la atención en el sabor y la sensación producida por la copa de vino, construyó "un tratado multisensorial y un documento inmenso de su última etapa, en la que el artista reflexionó sobre sus influencias formativas y perfeccionó su propio legado cultural", destaca Taschen.

Para Dalí existían los "vinos de gozo", aquellos que como el "beaujolais" o los "vinhos verdes" de Portugal "tienen vocación de aperitivo, de bienvenida", y los de "púrpura", vinos vigorosos, de cuerpo pleno y sabroso, con los Côtes de Nuits, Côtes de Beaune y Romanée-Conti como "heraldos" e ideales para acompañar platos de caza.

También los "de esteta", que consideraba "esotéricos, porque es necesario estar altamente iniciado para captar el mensaje secreto que ocultan" los Saint-Émilion, Médoc, Graves o Pomerol, "vinos de gala" que deben ser servidos con la liturgia que merecen sus reverenciadas botellas, y los de "aurora", como calificó a los rosados.

Los vinos "voluptuosos" como los sauternes y cérons que se "degustan como caramelos", los "de luz" o blancos, los "generosos" como los Oporto y moscateles, los "de velo" como los jereces o el vino amarillo del Jura, los de "lo imposible" como el vino de paja o el resinado griego y los "frívolos" o espumosos, "sinónimos de fiesta", completan esta calificación sensorial.

Todo ello con la intención de que los lectores compartan esta máxima daliniana: "Un verdadero entendido no bebe vino, saborea sus secretos".

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