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El poder del amor moderno

El amor en el cine, mucho más que una cosa de dos

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Javier Zurro

24 de enero de 2026 22:22 h

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Siempre se dice que el cine capta el sentir de las calles y lo plasma en imágenes. Que el 'zeitgeist', el espíritu de cada época, está intrínseco en las películas que se hicieron. Y aunque sea cierto, aunque hayan trasladado las preocupaciones de la sociedad, también es cierto que las películas actúan en sentido inverso, creando formas de comportamiento en las personas. El documental Disclosure, en Netflix, sobre la comunidad trans, ponía un ejemplo transparente. El 80% de las personas no han conocido nunca una persona transexual. Es a través de la ficción cómo han aprendido a comportarse ante ellas.

Si en Ace Ventura, en 1994, les dicen a los jóvenes que lo que deberían sentir ante una mujer trans es asco, una experiencia cercana al vómito –como así ocurría en la cinta de Tom Shadyac–, así actuarán cuando conozcan a una. Y ocurre lo mismo con el amor. Hemos descubierto el amor en el cine antes de experimentarlo en nuestras propias carnes. Cuando hemos sentido algo parecido, el cine ya estaba en nuestro ADN, y había generado unas expectativas, unos modelos y unas pautas de las que era difícil escapar.

Para todos París es la ciudad del amor, y aunque el encanto de la capital francesa es indudable, ha sido el cine el que lo ha certificado. Todos los enamorados de las películas nos han dicho que la escapada más romántica era a París, y así lo hemos asumido. A ello añadamos que el filme romántico por excelencia, Casablanca (1942), separaba a sus personajes con una frase para el recuerdo, “Siempre nos quedará París”. Una frase, por otro lado, tergiversada, ya que realmente lo que decía Rick Blain a Ilsa Lund era “Siempre tendremos París”, pero en el imaginario ha quedado la primera versión, más rotunda. Una frase que ha hecho que todo el mundo sueñe con París como ciudad donde los romances son inolvidables.

Rick Blaine (Bogart) e Ilsa Lund (Bergman), con su historia de amor imposible en medio de una guerra, conformaron una de las parejas más emblemáticas de la historia del celuloide. Este blog pretende unir cine y memoria histórica destacando aquellas producciones que, como “Casablanca”, pueden promover una reflexión en el lector e incluso servir de catalizador para poner en valor los materiales biográficos de nuestro proyecto “Fighting Basques” (vía autor)

Casablanca es una de esas películas que nos ha enseñado a comportarnos ante el amor y que mostraba que rara vez las cosas acaban bien. Las películas románticas que más recordamos son aquellas que acaban con la pareja separada. No es de extrañar que el último de los clásicos, Clint Eastwood, mostrara su lado más romántico en Los puentes de Madison (1995), donde de alguna forma repetía el patrón marcado por Casablanca. La pareja protagonista no puede acabar junta, porque la vida les pasa por encima. Como espectadores sufrimos cada vez que Francesca (Meryl Streep) no abre el picaporte de su coche. El poder de estas películas es que no importa cuántas veces las veamos, siempre pensamos que en algún momento ella abrirá la puerta para reencontrarse con su amado.

Por otro lado, la comedia romántica ha creado otras formas de comportamiento que si bien son mucho más ligeras, también son más peligrosas. Los hombres intentan solucionar todo con flores y creen que su misión es salvar a las mujeres. Así se nos decía en Pretty Woman (1990): el caballero andante debe salvar a la prostituta Vivian, que convirtió a Julia Roberts en una estrella, y subir las escaleras de emergencia para que ella caiga rendida. Pretty Woman ha sido, desde su estreno hace 25 años, una de las películas que más ha calado en las expectativas amorosas. Y por mucho que nos revisemos, por mucho que cambiemos, cada vez que la emiten en televisión es líder de audiencia. 

El melodrama moderno y rompedor

Aunque el cine clásico y la comedia romántica siempre hayan repetido patrones que reconocemos en las parejas actuales, también es cierto que, especialmente desde las últimas décadas, hay una revisión constante que pone en jaque el amor romántico y todas las pautas marcadas en el pasado. No solo por Hollywood. Aquí no se salva nadie, y al revisar ahora mismo un filme de la Nouvelle Vague como Al final de la escapada (1960) uno descubre comportamientos tóxicos que hoy no pasarían ningún examen ni deconstrucción. Eso sí, todo el mundo sigue tocándose el labio como Jean Paul Belmondo cuando quiere seducir a alguien, porque hay gestos que son imborrables. Godard demostró que lo más erótico era un labio rozado, más que cualquier trasero o escena de sexo.

Muy pronto hubo directores que introdujeron elementos mucho más modernos a las historias de amor, y ahí está el maestro del melodrama, Douglas Sirk, para demostrarlo con títulos como Imitación a la vida (1959), donde la clase y la raza se interconectaban. Aunque Sirk no fuera especialmente reconocido durante su vida, sí que lo ha sido gracias a ser reivindicado por realizadores como Fassbinder, Todd Haynes y Pedro Almodóvar. Tres iconos del cine queer que con sus películas pusieron el cine patas abajo, también al amor romántico.

Marisa Paredes, junto a Imanol Arias en 'La flor de mi secreto'

Haynes tiene en su filmografía varias películas que imitan las formas de Sirk, pero que ofrecen una mirada mucho más compleja del amor, intentando cambiar las pautas que Hollywood inculcó en la gente. La última de ellas, Carol (2015), adoptaba las formas del melodrama clásico para poner en el centro de su historia a dos mujeres. Haynes adaptaba a Patricia Highsmith –sí, Highsmith escribió sobre mucho más que crímenes– para contar un romance hermoso y contra las normas, el de Cate Blanchett y Rooney Mara. Y quizás, lo más rompedor, es que derribó otra norma escrita, y es que las historias de amor entre dos personas del mismo género debían acabar mal. El cine ha trasladado a la comunidad LGTB durante muchos años el estigma de que estaban condenados a sufrir, a que uno de ellos moriría, como en Brokeback Mountain (2005). Sin embargo, Haynes rompe el llamado “síndrome de la lesbiana muerta” ofreciendo un final feliz y juntas a sus mujeres protagonistas.

Otro que siempre cita a Sirk es Pedro Almodóvar. Aunque en su cine siempre hemos visto a mujeres arrasadas por el amor, como en La flor de mi secreto (1995), también es cierto que ha revisitado todo eso desde sus últimas obras. En su corto La voz humana (2020) revisaba el texto de Jean Cocteau que tanto ha inspirado el cine del director español para crear una versión feminista que acababa con todo en llamas.

Pero ya antes había roto con la idea del amor romántico. Porque si uno analiza en profundidad su filmografía, un cine que imagina una vida mejor que la que ocurría en las calles, verá que donde reside realmente el amor es en las amigas, en la familia elegida. El amor estaba en la prostituta transexual de la Agrado en Todo sobre mi madre (1999); el amor se encontraba en la vecina que interpretaba Verónica Forqué en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984). Una película donde Carmen Maura acababa con su marido a golpes con la pata de jamón de la cocina. No existe una escena de venganza feminista más moderna y contundente. Incluso el amor familiar es diferente en sus guiones. Las familias en su cine se eligen y nunca se imponen. Así lo dice Madres Paralelas (2021), donde Penélope Cruz tiene una relación con un hombre (Israel Lejalde), con una mujer (Milena Smit), y acaba formando un núcleo con todos ellos destrozando las normas sociales establecidas.

El amor propio también es amor

La misma Agrado de Todo sobre mi madre decía una frase que muchos recuerdan con asiduidad, esa que asegura que “una es más auténtica cuanto más se parece a lo que siempre soñó de sí misma”. Una sentencia con la que Almodóvar apunta a otro tipo de amor, el amor propio. Un amor más importante que el romántico, y uno que pocas veces se ve en la pantalla. Por eso resultó tan fresca una propuesta como La boda de Rosa (2020), el filme de Icíar Bollaín –una directora con un don para hablar de temas antes de que estén en el debate público– en el que Candela Peña decidía casarse… consigo misma.

Imagen de "La boda de Rosa" cedida por Movistar+. EFE

Bollaín creaba un relato feminista en el que una mujer harta de que le pregunten si tiene novio, si quiere hijos, o si se va a casar, decidía que con quien quería estar bien era con ella. Que no es egoísta quererse mucho. Y por eso decidía que lo mejor era darle un portazo a todos en la cara haciendo una ceremonia para refrendar su amor como declaración de intenciones.

Porque el cine también ha enseñado, aunque no tenga tanta repercusión, que otro amor es posible y que va más allá de las acartonadas historias entre un hombre y una mujer. Ha mostrado que también se juega a tres bandas como en Y tu mamá también (2001), y hasta se ha planteado si uno se puede enamorar de una Inteligencia Artificial. Spike Jonze se adelantó al debate actual sobre la IA y en Her (2013) imaginó la historia de amor más triste posible. La de un Joaquin Phoenix que escapando de una ruptura acababa sucumbiendo a una creación virtual con la voz de Scarlett Johansson. Había muchas preguntas en Her. ¿Qué hace que nos enamoremos de alguien? ¿Puede el amor sin sexo ser posible? ¿Quizás el amor resida en alguien que te escuche y al que quieras escuchar?

Para Ken Loach el amor es una cuestión de clase. En su cine hay amor, pero siempre es un amor por lo común. Su última película, puede que la última de toda su carrera, The Old Oak (2023), terminaba con un canto esperanzador, el de una comunidad que unida podía superar todo. El amor común para acabar con los discursos racistas y de extrema derecha. También aparecía el amor en Sorry we missed you (2019), su película sobre la uberización del trabajo que dejaba claro que el amor era imposible cuando trabajas 20 horas al día y solo puedes pensar en el dinero que hay en la cuenta a final de mes. Es imposible la bondad y un amor sano cuando no hay un Estado de bienestar, y Loach lo sabe.

No es amor, es una obsesión

También el cine se ha recreado en las obsesiones sexuales y románticas. Siempre ha sido así, desde Psicosis (1960) a dos obras maestras de dos cineastas a reivindicar como Michael Powell y Emeric Pressburger, que centraron en la locura provocada por el deseo películas tan diferentes como Narciso Negro (1947), donde la ausencia de sexo en un convento de monjas aisladas las llevaba al delirio e incluso al asesinato, o El fotógrafo del pánico (1960), sobre el placer escópico y sexual de un asesino en serie. Pero sobre todo explotó en el thriller (muchas veces con tinte erótico) que triunfó a finales de los años 80 y durante los años 90. De Mujer blanca soltera busca (1992) a Instinto Básico (1992) pasando por Atracción fatal (1987). Todas ellas hablaban de los peligros de caer en lo obsesivo en cuestiones de amor, además de servir como cuentos morales de tinte conservador, ya que normalmente en ellas se castigaba a la persona infiel por sus escarceos sexuales.

Fotograma cedido por A24 donde aparece la actriz Greta Lee en su papel de Nora, junto al actor Teo Yoo en su papel de Hae Sung, durante una escena de 'Past Lives'.

También el erotismo es algo que, gracias sobre todo a las directoras, ha cambiado en el cine actual. Hasta hace poco lo sensual, lo que el cine había dicho que era sexy, era la mirada de un hombre sobre ellas. El cuerpo cosificado de la mujer ha centrado muchas de las películas románticas durante décadas, hasta que mujeres como Céline Sciamma han roto la baraja y han reivindicado el erotismo del consentimiento en películas que han pasado rápidamente al imaginario popular como Retrato de una mujer en llamas (2019), donde el fuego que surgía entre sus dos protagonistas era creado rompiendo todas las expectativas visuales que uno tiene cuando se enfrenta a una historia de amor entre dos mujeres. Una película que, además, impugnaba el retrato machista de las escenas de sexo que había hecho otra película francesa pocos años antes, La vida de Adèle (2013), donde Abdellatif Kechiche acertó en el retrato de la imposibilidad del amor por la diferencia de clase de sus protagonistas, pero se estrelló en sus escenas de sexo, exhibicionistas y rozando la mirada ‘exploit’.

Son ellas las que están mostrando que no hay que refutar el amor, sino entender que tal como nos lo había presentado el arte arrastraba dinámicas tóxicas y peligrosas. Así se entiende que Past Lives (2023), de Celine Song, se haya convertido rápidamente en un título de culto. Porque por primera vez vemos el clásico triángulo amoroso desde otro lugar, y donde la pareja que ve cómo su novia es tentada por un amor de la infancia solo espera su decisión, la que le haga feliz. Ese abrazo final entre Greta Lee y John Magaro, en un personaje que acaba con cualquier representación de masculinidad tóxica, quedará para el recuerdo. La bondad y la empatía como atributos revolucionarios y sexys. Un cambio de paradigma que hace que el cierre de Past Lives pueda ser, para las nuevas generaciones, tan importante como la separación de Ilsa y Rick en Casablanca.

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