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Cultura

'Dos mujeres', actrices de postín atrapadas en una trama de sobremesa

El francés Martin Provost se apoya en las dos Càtherine más poderosas del cine francés (Deneuve y Frot) para sacar a trompicones una historia de reencuentros que se pierde en su propia lentitud

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Cathèrine Deneuve y Cathèrine Fost en 'Dos mujeres'

Cathèrine Deneuve y Cathèrine Fost en 'Dos mujeres'

"Por mis venas corre la sangre de una partera", dice Martin Provost (Brest, 1957) en cada una de sus entrevistas. Hace 61 años, en un hospital de la Bretaña francesa, un niño nació con un grupo sanguíneo incompatible con el de su madre. Cuando estaban a punto de perder al bebé, la comadrona le hizo una transfusión de su propio plasma en una operación alto riesgo que le salvó la vida y le dejó marcado con una enorme cicatriz en el vientre.

Convertido hoy en uno de los directores más reconocidos del país galo, Provost sigue agradeciendo a aquella enfermera su sacrificio y por eso le hace un homenaje en su última película, Dos mujeres -titulada Sage femme en francés o partera-. Su filmografía, al igual que la de colegas como François Ozon, ha estado ligada desde el comienzo a la figura de la mujer. De hecho, siempre cuenta la anécdota de que le debe la vida a su madre y a la comadrona, y la carrera cinematográfica a Carmen Maura.

Lo que comenzó con la actriz almodovariana en su ópera prima Tortilla y Cinèma (1997), se extiende hasta nuestros días con un plantel femenino que no tiene nada que envidiar al del director manchego. Las actrices se enrolan sin pensarlo con Provost por su tacto a la hora de crear personajes complejos en situaciones verosímiles, caso contrario al que se critica en el cine de Almodóvar y Ozon. Ambos son comparados constantemente por el trato a sus féminas y su gusto por explorar una vis doliente que, en ocasiones, reduce a la mujer a un papel de plañidera.

En este filme, Provost ha reunido a las dos Cathèrine más poderosas del cine francés, Deneuve y Frot, para enfrentarlas en un universo lento y ordinario como la vida misma. Lo único que se sale de esta sucesión de normalidad es Béatrice (Deneuve), una fuerza de la naturaleza que reaparece en la monótona vida de Claire (Frot) para enseñarle las ventajas de quitarse el corsé y soltarse la coleta. Esta última trabaja en un hospital como matrona y su principal virtud (y a la vez mayor defecto) es que se desvive por los demás por encima de su propio bienestar. 

En un principio cuesta adivinar la relación entre estas dos mujeres que no parecen tener nada en común. Hay diferencia de edad, pero no lo suficiente como para que sean madre e hija, y tienen un pasado en común, pero no tanto como para evitar tratarse de usted. La mayor es caprichosa, hipnótica y voluble, mientras que la segunda se ve sobrepasada por su despreocupación y a la vez no puede evitar caer en las redes de esta fascinante mujer.

Pronto descubrimos que Bèatrice fue la amante del padre de Claire cuando ella era una adolescente, pero no es por eso por lo que le guarda inquina. Provost le da la vuelta así al clásico rol de la rompehogares para dotar de sentimientos y contradicciones a una situación que siempre se reduce al marido infiel y la femme fatale que le come la cabeza.

Claire es cortante con la recién llegada pero no por vindicar el honor de su madre, sino por todo lo contrario. No le perdona haberles abandonado a ella y a su padre, razón por la cual este último se terminó suicidando y Claire tuvo que regresar a vivir con una madre a la que odia.

Béatrice dedicará buena parte del metraje a ganarse el cariño de la hija de su amante, en parte para curar las heridas del pasado y en parte porque necesita su ayuda de forma inminente. El motivo es que se está muriendo. Tiene cáncer y quiere asegurarse de que su entierro salga según lo previsto, solo eso. En el camino le dará una lección de disfrute vital a Claire, más centrada en cuidar su huerto de remolachas que en recuperar su vida privada y sexual. Será Bèatrice quien le anime a conocer a hombres y a no abandonar su vocación de partera por muy complicado que se lo ponga el feroz sistema de sanidad neoliberal.

Sage femme

Martin Provost ha admitido que el personaje de Cathèrine Deneuve es un reflejo de la personalidad de la veterana actriz. Elegante e impredecible, buena parte de este texto es fruto de la improvisación de la intérprete. Como contrapunto a su exceso gestual y a su rapidez verbal, Cathèrine Frot ofrece una contención llena de matices y entrenada a base de una filmografía sin baches que le ha valido siete premios César de la Academia francesa.

Ellas son lo mejor de una película que termina cayendo en la monotonía que pretende combatir Deneuve y en situaciones que parecen sacadas de una tragicomedia de sobremesa.

Sus más de dos horas de duración no justifican el mediocre desarrollo narrativo, en el que quizá lo más interesante es la poliédrica relación que se establece entre las dos mujeres, no en vano elegidas para el título de la película en español. Claire se debate entre la admiración ciega, la preocupación e incluso en el misterioso halo sexual que envuelve a una sexagenaria con alma de veinteañera. Más allá de eso, este personaje es reducido al via crucis de la mujer anulada por sus obligaciones como madre y como cuidadora en general. 

Avalado por grandes historias femeninas como Sèraphine, basada en la vida de la pintora Sèrapine de Senlis, o Violette, inspirada en la escritora protegida de Simone de Beauvoir, Violette Leduc, Provost se acomoda en el guion de  Dos mujeres. No ha explotado las virtudes de partir desde un papel en blanco y ha apostado la solvencia de la película al buen hacer de este par.

No hay duda de que una dirección experimentada es la que consigue la magia entre dos actrices que nunca habían coincidido en pantalla (aunque no lo parezca), pero si la próxima vez lo completa con una historia al nivel, el embrujo será total. 

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