Ricardo Gómez debuta como director con 'Una familia', un viaje a sus recuerdos de la infancia y un homenaje a las madres
Por la pasarela que atraviesa la estación de cercanías de Villalba, Ricardo Gómez pasaba para ir y volver del colegio. La cruzó mientras se hacía mayor delante de millones de espectadores, como protagonista de una de las series más importantes de la televisión española, Cuéntame. Ese crecer delante de nuestros ojos creó la sensación de que Ricardo era, de alguna forma, parte de todos nosotros. Como si nos perteneciera por ser parte de un imaginario colectivo nacional forjado en el prime time de la televisión pública.
Y, sin embargo, de aquel chaval solo vimos su cambio físico evidente, pero poco más. Ricardo Gómez siempre ha mantenido todo lo demás fuera, en un celo sobre su intimidad normal en alguien que sufre desde tan temprano una exposición pública tan explosiva. Su crecimiento como actor ha sido, por eso, tan estimulante, enfocando su carrera tanto al teatro como a papeles donde ha querido mostrar mucho más que lo que todos esperaban de él.
Una carrera que, en un giro precioso del destino, le devuelve a esa pasarela de Villalba, donde ahora rueda una de las escenas fundamentales de Una familia, su debut en la dirección. Una película donde viaja a sus recuerdos de la infancia, en la que se abre en canal, y con la que homenajea a todas esas madres que se enfrentaron a un mundo de hombres. Unas, tragaron lo que no debían. Otras, dijeron 'hasta aquí' y decidieron ser madres sin una figura paterna que las asfixiara. Es un homenaje a muchas mujeres, a muchas madres, pero, sobre todo, a una. La suya.
En esa pasarela se produce un momento que parece un viaje al pasado en tiempo real. Ricardo Gómez, ahora pasados los 30 y en su primer papel de director, da órdenes a un niño de diez años con pinta de travieso y pelo cortado a tazón que recuerda, inevitablemente, al Ricardo Gómez de la memoria colectiva. No es casualidad que en Una familia ese viaje a sus memorias tenga también algo de autoficción. Ha buceado en su propia historia, en la de su madre, ha hablado con los que han estado con él para tratar la historia de tres momentos, el año 92, 95 y 2005. Y la de tres personajes: un niño actor (Víctor Lite), una madre atrapada en una relación tóxica (Claudia Traisac) y un presidiario que tiene un permiso de salida (Patrick Criado). Un día en la vida de cada uno de ellos acaba dando lugar a historias que terminan interconectadas y donde todos esos personajes se verán las caras en una escena que rueda a pocos días del final.
Un niño y un cruasán
Una de las claves para la película era elegir al niño que daría vida a ese trasunto del propio director. Le eligieron en un casting entre más de 200 niños, y la clave estuvo en un cruasán. Todos los niños fueron entrando uno por uno en la prueba en la que se involucró el propio Ricardo Gómez para encontrar al chaval adecuado. Cuando dijeron el nombre de Víctor Lite, nadie entró en la sala.
Gómez salió y se encontró a Víctor comiéndose un cruasán del desayuno que se ofrecía mientras esperaban. “¿Está bueno, eh?”, le dijo el director. A lo que Lite le respondió que encima era gratis. Cuando acabó su prueba preguntó si podía llevarse otro cruasán. Ese carisma, esa frescura, fueron las claves por las que Ricardo Gómez se decantó por él.
Soy una persona bastante reservada. Si algo tenía que contar de una parte de mi vida que nunca he contado, no sería ni en una entrevista ni a través de una exclusiva, sino a través de una película
Sabe que cuando estrene esta película la gente verá una faceta suya que hasta ahora había mantenido “en una cajita cerrada porque era lo único que podía preservar”. “La frase que más oigo y que llevo oyendo toda mi vida es ‘te he visto crecer’. Y sí, claro, me has visto crecer físicamente porque mi decisión ha sido continuar en una serie a lo largo de los años, pero lo único que yo podía guardarme para mí mismo era mi privacidad. En un mundo donde todos quieren saberlo todo de todos, yo sentía que, cuanto menos sepas de un actor, más posibilidades tiene de que su trabajo te impacte”.
También había una parte de mantener su privacidad. “Soy una persona bastante reservada y siento que si algo tenía que contar de una parte de mi vida que nunca he contado no sería ni en una entrevista ni a través de una exclusiva, sino a través de una película”, añade. Para ello, lo mejor era rodearse de amigos porque, “en esta industria donde las cosas a veces son muy frías y muy industriales”, quería que este proyecto tuviera “gente a la que también le importase”. No solo en la parte interpretativa, sino también en los apartados técnicos, donde ha ido cogiendo a la gente que se ha ido encontrando en su carrera como actor.
Su escuela de cine no ha sido la ECAM ni la ESCAC, sino todos los platós que ha pisado desde que era un crío. Y eso, lo reconoce, ha sido uno de sus “mayores complejos” en este proyecto. A pocos días de que acabe el rodaje ya no tanto, pero sí que le costó aceptarlo. “Toda mi vida he hecho una cosa para la que no he estudiado, porque empecé a los seis años a hacerla. Pero quieras que no, tengo 32. Llevo 25 años haciendo esto. Entonces hubo un momento en el que creí que lo podía hacer aunque no hubiese ido a la RESAD. Pero claro, ahora estoy volviendo a empezar de cero. Ahora estoy volviendo a tener esos seis años y empezando a hacer una cosa que no es mía. Hubo un momento en el que me acostumbré y dije: ‘Vale, no he estudiado, pero soy actor’. Ahora ha sido como volver a empezar de cero”.
Recuerda que, desde que tenía diez años, cuando decían ‘corten’, él se acercaba a curiosear las cámaras. Miraba y preguntaba cómo se hacían las cosas, pero el bicho de la dirección y la escritura le picó “más a partir de los 15 años”. “Al final, en una serie tan larga como Cuéntame, iban pasando muchos directores, y cada uno tenía una manera de hacer diferente. Eso me pareció muy excitante, pensar: ‘Si cada uno tiene una manera de hacer, puede ser que yo también tenga una’”. Ahí se cayó una ficha que generó un efecto dominó que ha acabado en Una familia.
Su forma de dirigir, y en eso coinciden todos los actores del rodaje, es “meticulosa”. Se fija en cada detalle, pero siempre desde la horizontalidad. Habla, escucha, duda… “Se nota que es actor en el buen sentido”, dice de él Ana Wagener antes de rodar una escena clave. “Sabe cómo acercarse a un actor, sabe qué le tiene que decir a cada uno en qué momento, cómo comunicártelo. Siempre va a lo positivo. Se acerca a ti y al oído te dice cuatro cosas. Se nota que hace lo que le gustaría que hicieran con él y eso es muy, muy de agradecer, la verdad”, cuenta la actriz, que bromea con que en la película hay muchos silencios entre él y su hijo en la ficción (Patrick Criado). Tantos que bromean con que “parece una de Haneke”.
Para Criado, que este viernes ha estrenado Amarga Navidad, no hay duda: “Quiero seguir estando con él en todas sus películas y en todo lo que haga”. Una frase que resume el estado de todo el equipo. “Fíjate que confiaba en él, porque si no, no habría dicho que sí a la película, pero me ha sorprendido con creces. Me ha sorprendido su capacidad para ir al detalle, su exigencia, y también la calma con la que ha estado. Venir al rodaje es venir a un sitio donde estás hermanado con la gente y notas que vamos todos a una. El equipo se emociona con la secuencia que estamos haciendo y eso se agradece”.
Quien le conoce desde hace más tiempo es Claudia Traisac. “Desde que tenía 12 años y tenía el pelo a tazón”, dice, riéndose. Por eso le cuesta hablar de Una familia sin emocionarse, porque para ella es “especial a demasiados niveles”. La actriz leyó las primeras versiones de guion como amiga. Años después, en un momento dado, pensó que ojalá le hiciera una prueba. Se la hizo. Una prueba “muy larga y muy intensa”. Tenían que probar que no solo eran amigos, ni siquiera dos intérpretes que habían coincidido en escena, sino que podían ser director y actriz. También, de alguna forma, todos han creado una familia. No como la del título, que apunta a esa disfuncionalidad de las familias impuestas o sostenidas bajo la obligación, sino una familia creativa que han logrado cumplir el sueño de aquel chaval que corría por la pasarela de la estación de tren de Villalba.
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