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ENTREVISTA

Cristina Monge: “No hay que regodearse en el descontento, es necesario construir el futuro”

Cristina Monge, en el momento de recibir el premio de la editorial Paidós.

Juanjo Villalba

3 de marzo de 2026 23:19 h

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Contra el descontento, el libro con el que Cristina Monge acaba de ganar el Premio Paidós 2026, parte de una pregunta compleja y urgente: ¿qué hacer cuando el malestar acumulado durante décadas cristaliza en un descontento profundo que erosiona la convivencia democrática, la confianza institucional y la propia idea de futuro?

La autora aragonesa estructura su análisis en tres grandes bloques. En el primero, traza de forma brillante el origen del descontento y el tránsito que nos ha llevado de la indignación del 15M a la decepción actual. En el segundo, describe las distintas caras de ese descontento, desde la precariedad hasta el miedo al futuro. En el tercero y último, propone diversos caminos para recuperar la esperanza y volver a creer en el futuro.

El objetivo de Monge no es pontificar ni dar su receta para acabar con el descontento sino abrir el debate, proponer y escuchar. Una actitud que se echa especialmente de menos en el panorama político actual.

En el libro sostiene que hemos pasado de la indignación a la decepción. ¿Qué ha ocurrido en este tránsito para que una energía transformadora como la del 15M se haya convertido en un descontento tan profundo y desmovilizador?

Es la madre del cordero. Hemos pasado de la indignación a la decepción y por medio han pasado muchas cosas. Primero, unas expectativas muy altas tanto desde los nuevos partidos de la izquierda, en especial Podemos, como de la derecha con Ciudadanos. Se iba a regenerar la democracia, se iba a resetear el sistema, se iban a asaltar los cielos.

Pero conforme pasó el tiempo y esos partidos empezaron a gestionar ayuntamientos, comunidades autónomas o el propio Gobierno de España, se encontraron con las limitaciones del sistema y empezaron a sufrir las contradicciones de cualquier organización política. De la misma manera que supieron leer el momento 15M, pronto perdieron el olfato para interpretar lo que vino después.

Mientras todo esto ocurría, los problemas que alimentaban la indignación han continuado estando ahí. Hoy en día, la vivienda vuelve a estar en el top de las preocupaciones, como lo estuvo en 2011. La corrupción vuelve a ocupar portadas. Y sobre todo se instala la percepción de que las élites, en vez de gestionar para el bien común, gestionan para protegerse a sí mismas.

La política democrática siempre tiene un punto de decepción. La cuestión es que lo que entonces era un problema, ahora está más enquistado y, además, hay una diferencia fundamental: quienes querían regenerar el sistema lo hacían en clave de más democracia. Ahora quienes articulan el descontento cuestionan valores de convivencia democrática. Esa es la gran diferencia.

Habla de malestares y de descontento. ¿Cuál es la diferencia?

Los malestares tienen una base más material. Por ejemplo, el acceso a la vivienda genera malestar. Pero además de malestares, estamos ante un descontento que es más difuso, más etéreo. Ese descontento tiene mucho que ver con un contexto de profunda desconfianza en las instituciones, en los agentes de intermediación y en nosotros mismos.

Estamos ante grandes retos globales como el cambio climático, la revolución digital o la inteligencia artificial. Desafíos de una dimensión que nos supera. Si no confiamos en nadie para gestionarlos, ¿quién lo va a hacer? Ahí está la base del descontento.

Ante este desasosiego que genera mirar hacia adelante, surgen propuestas políticas que invitan a mirar hacia atrás. Si el feminismo implica cambios en los roles que generan incertidumbre, la ultraderecha propone la familia tradicional como espacio de seguridad. Algunos jóvenes, sobre todo varones, encuentran ahí un lugar de confort.

También existe una crisis de liderazgo.

Es una crisis de liderazgo y al mismo tiempo un momento de hiperliderazgos. En las últimas elecciones regionales, muchos electores no sabían cómo se llama el candidato territorial de un partido porque todo gira en torno a una figura nacional.

Es lo que Bernard Manin llamó la democracia de la audiencia: la relación entre política y ciudadanía se hace a través de los medios, con un protagonismo central del líder, y la ciudadanía adopta el papel de espectadora.

El partido y el contenido pierden peso frente a la persona y su capacidad de comunicación. Eso atrofia las organizaciones y reduce los liderazgos territoriales.

Ahora quienes articulan el descontento cuestionan valores de convivencia democrática. Esa es la gran diferencia respecto al 15-M

Una de las ideas más inquietantes del libro es la pérdida de la esperanza. ¿En qué momento el futuro empezó a dar miedo?

Para mí eso es algo que define el momento actual. Nos hemos cargado la idea de futuro. El futuro se percibe como un lugar apocalíptico al que nadie quiere ir: cambio climático, revolución digital, guerras a las puertas de Europa. Se parece mucho a la serie Years and Years.

Pero las personas y, en especial, las sociedades democráticas necesitan una idea de futuro, un lugar al que llegar. En los años ochenta en España, por ejemplo, se estaba construyendo un futuro en color frente al blanco y negro de la dictadura. Ahora nos falta un paradigma compartido de hacia dónde queremos ir. Si no sabemos el destino, no hay rumbo. Ahí es donde crecen las propuestas que invitan a quedarse en el pasado. La crisis actual de las democracias es, en buena medida, una crisis de desconfianza ligada a esa aniquilación del futuro.

Todo esto afecta especialmente a los jóvenes que cada vez apoyan más a la ultraderecha.

Sí, pero hay que señalar que se habla mucho del 20 o 25% de jóvenes que compran el producto de la ultraderecha. Sin embargo, hay otro 75 u 80% que mantiene su adhesión a valores democráticos y feministas. No obstante, en el ascenso de las ideas de ultraderecha entre los jóvenes influyen varios factores. El primero es que el establishment actual se asocia a democracia, feminismo y solidaridad, y la juventud tiende a impugnar lo establecido. Segundo, tras los avances en derechos suele haber retrocesos.

Pero es que además, si repasamos su biografía, vemos que crecieron con la resaca de la crisis de 2008, vivieron la pandemia en plena adolescencia y luego estalló una guerra en Europa. Cuando empezó la guerra de Ucrania, algunos alumnos me preguntaban si tendrían que ir a la guerra. ¿No se suponía que las guerras eran algo del pasado? En ese contexto, y como quienes no somos tan jóvenes no hemos puesto en valor las ventajas de vivir en una sociedad libre y democrática, no es descabellado ese movimiento de reacción.

La pregunta es qué hacer. Yo les digo constantemente a los jóvenes con los que hablo: “Vale, constatamos los problemas, de acuerdo, pero ¿qué vais a hacer al respecto?” Hay que evitar el victimismo. No hay que regodearse en el descontento, es necesario construir el futuro.

Es casi inevitable preguntarte por el movimiento que se está produciendo estos días en la izquierda. ¿Cree que la reconfiguración del espacio de la izquierda puede devolver la ilusión?

Era evidente que había que hacer algo. Pero hay que tener en cuenta que en las coaliciones electorales dos y dos nunca son cuatro. No obstante, hay una forma de evitar esto: generar un proyecto que levante una ilusión capaz de conseguir que el resultado sea más que la suma de las partes.

Unidas Podemos lo hizo en su momento y se puede volver a hacer si hay un proyecto con mensajes claros de futuro. Eso es más importante que la cara que lidere.

¿Qué tendría que cambiar para devolver la confianza en la política?

Hay que ser valientes para reconocer los problemas. A veces se niegan evidencias por miedo a comprar el marco del adversario. En la transición ecológica hay medidas que generan problemas al sector primario. Reconocerlo no es frenar la transición, como puede pensar algún sector de la izquierda, es entender los conflictos para construir alternativas con quienes se ven afectados.

Lo mismo ocurre con algunos varones jóvenes descolocados ante el replanteamiento de roles resultado de los avances del feminismo. Reconocerlo no es cuestionar estos avances, es querer seguir progresando con ellos.

No hay recetas mágicas. Son transiciones de enorme complejidad y es la primera vez que las hacemos. Necesitamos humildad intelectual y reconocer que podemos equivocarnos, pero equivoquémonos pronto para rectificar pronto.

Podemos centrarnos en la última declaración polémica de Ayuso o profundizar, por ejemplo, en modelos de vivienda que funcionan en otros países. Cuidar la conversación pública es clave.

¿Es necesario regular las redes sociales y la inteligencia artificial?

Sin duda. La inteligencia artificial no es un debate tecnológico, es un debate político y, como tal, no puede quedar al margen de las normas. Hay que regularla. El mantra regulación versus innovación es falso. De hecho, los sectores con marcos estables son los que más innovan.

La digitalización, las redes y la IA pueden ser grandes aliados en la transición ecológica, en la productividad o en el debate público. Siempre que entendamos que detrás de ellos hay parámetros políticos.

En el libro también alerta del deterioro de la conversación pública.

La democracia es un proceso de toma de decisiones y una conversación pública. Hemos estudiado mucho lo primero y menos lo segundo. Pero es necesario reflexionar sobre qué temas llevamos a debate.

Podemos centrarnos en la última declaración polémica de Ayuso o profundizar, por ejemplo, en modelos de vivienda que funcionan en otros países. Cuidar la conversación pública es clave.

Frente al pesimismo determinista propone voluntad de cambio. ¿Cuáles serían los primeros pasos para redactar un nuevo contrato social?

Primero, desechar la idea de que no hay alternativa. Siempre hay alternativas. Segundo, abrir una conversación pública amplia y plural para encontrarlas, con honestidad y humildad intelectual. Tercero, asumir que el contrato social debe partir de una base material que es la biosfera.

Normalmente, hablamos de la sostenibilidad como el equilibrio entre lo económico, lo social y lo ambiental. Yo propongo un giro, que la economía, las sociedades que se generan a partir de ella y el proyecto político que hay detrás, tienen que partir de una base, que es el planeta. Si la biosfera de repente se enferma, no hay economía posible, como ha ocurrido en la Manga del Mar Menor.

Creo que esa conversación amplia debe dar lugar a un contrato social que parta de esa base material y que permita imaginar un futuro deseable.

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