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Judit Colomer y Pau Vinyals convierten la intimidad en teatro en la Sala Beckett

Los actores sobre el escenario, en un momento de la obra

Juanjo Villalba

19 de marzo de 2026 22:04 h

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En uno de los textos reunidos en su libro Un apartamento en Urano, Paul B. Preciado reflexiona sobre el acto de amueblar una casa. En su opinión, hacerlo es un acto profundamente político. Los muebles determinan cómo se habita una casa, cómo se distribuyen los cuerpos y, en última instancia, qué tipo de vida resulta imaginable dentro de ella.

Esa idea resuena con fuerza en Tendrament, la obra que Judit Colomer y Pau Vinyals están presentando estos días (y hasta el próximo 22 de marzo) en la Sala Beckett de Barcelona. De hecho, el espectáculo arranca con el escenario completamente desnudo y, frente a los espectadores y no sin dificultades, los actores comienzan a montarlo. Y, por tanto, a definirlo. 

La mesa y la silla resultantes son la puerta de entrada a una reflexión sobre la pareja, los roles dentro de ella y hasta qué punto sus dinámicas están moldeadas por las estructuras que nos han precedido. Un espectáculo que se mueve entre la confesión íntima (Colomer y Vinyals están juntos desde hace once años), el ensayo escénico y la conversación abierta con los espectadores.

La propuesta se inscribe en una tendencia, protagonista en los últimos tiempos en la literatura contemporánea, y que cada vez resulta más visible también en la escena: el uso de la autoficción como dispositivo teatral. 

Colomer y Vinyals toman su propia historia como punto de partida. Su intimidad se convierte en material escénico y, al mismo tiempo, en un espejo donde muchos espectadores pueden reconocerse. El resultado final es un montaje que oscila entre lo personal y lo generacional, entre la experiencia particular y la pregunta más amplia sobre cómo se construyen las relaciones en el presente.

Una pareja como laboratorio

Partiendo de ahí, Tendrament examina las dinámicas de poder que organizan las relaciones afectivas: las expectativas sociales, los roles de género, el peso de la monogamia o las inercias heredadas del patriarcado. 

La química entre ambos intérpretes resulta crucial para que el experimento funcione, y se percibe desde el primer momento. No es difícil intuir que detrás de la ficción hay una pareja real que lleva más de una década compartiendo vida. Piso, hijo y perro incluidos. Pero esa estabilidad aparente pronto se resquebraja en escena cuando empiezan a desplegarse dinámicas de poder que resultarán reconocibles para muchos espectadores.

Él (actor de éxito, cómico, expansivo) ocupa cada vez más espacio. Cuando ella habla, él comienza a dirigirla, a corregir su actuación, a minar su seguridad con pequeñas observaciones que poco a poco van inclinando la balanza de la relación e incluso del favor del público. 

Ella, mientras tanto, empieza a sentirse relegada a una especie de papel secundario en la vida de él y en la obra, que parece atrapada en una dinámica donde todo gira alrededor de las preocupaciones de Vinyals y de su manera de entender el mundo.

La discusión se despliega con una mezcla de humor, incomodidad y crudeza que va atrapando progresivamente a los espectadores. Durante buena parte de la función, la vis cómica de Pau Vinyals provoca carcajadas en la sala. Su capacidad para imitar voces, exagerar gestos o encarnar distintos personajes convierte el conflicto en un juego escénico que por momentos rebosa de energía.

Pero pronto empieza a ensombrecerse. La risa se funde en cierta incomodidad cuando los reproches se vuelven más esenciales, más crudos y la discusión deja de parecer un simple intercambio irónico. El público pasa entonces de la complicidad al mutismo, como si de pronto tomara conciencia de estar presenciando algo demasiado íntimo.

En uno de los momentos más tensos del espectáculo, Vinyals abandona el escenario enfadado y deja a Colomer sola, inmóvil, durante un minuto que se alarga hasta volverse casi insoportable. La escena funciona como un pequeño abismo en medio de la función: un silencio que obliga a la sala a soportar la tensión sin darle una escapatoria

Un escenario casi vacío

Pero quizá uno de los rasgos formales más llamativos del montaje es su economía de medios. El espacio escénico se reduce prácticamente a una mesa y una silla que funcionan al mismo tiempo como elementos domésticos y como metáfora de la propia pareja.

La escenografía, diseñada por la propia Colomer, se convierte así en una extensión del discurso dramático. De algún modo, toda la obra gira alrededor de esa escenografía mínima necesaria para “montar” una familia, en la línea de la idea de Preciado. Al inicio, los muebles se ensamblan rápidamente, como si bastara con eso para construir un hogar.

Sin embargo, a medida que avanza la función, esa estructura empieza a desmoronarse. La mesa se desmonta y las piezas quedan esparcidas por el suelo. La metáfora culmina cuando, hacia el final de la obra, Colomer arrastra los restos de la mesa como si cargara una cruz, condensando de forma simbólica el peso invisible que muchas mujeres soportan en las relaciones.

Este uso del espacio escénico demuestra hasta qué punto el minimalismo puede convertirse en una herramienta expresiva poderosa. Sin grandes artificios técnicos ni cambios espectaculares de escenografía, el espectáculo logra generar varios momentos que permanecen en la memoria del espectador.

Dos interpretaciones muy distintas

Las actuaciones de ambos intérpretes resultan notables, aunque por motivos diferentes. Pau Vinyals se reivindica una vez más como uno de los actores más versátiles de su generación. A lo largo de la hora y media de espectáculo pasa de la comedia al drama con sorprendente facilidad. Cambia de personaje delante del público, improvisa, interactúa con la sala y utiliza el cuerpo con una energía casi contagiosa. Su presencia escénica resulta magnética y soporta buena parte del dinamismo del espectáculo.

Pero la gran revelación, sin embargo, es Judit Colomer. A pesar de ser su primera experiencia como actriz, su personaje resulta sorprendentemente sólido y lleno de matices. Su interpretación crece a medida que avanza la función, pasando de una aparente contención inicial a una intensidad emocional (muchas veces sin abrir la boca) cada vez mayor.

Un tercero silencioso

Hay, además, un tercer personaje que sobrevuela toda la obra. Solo al final el espectador repara plenamente en su importancia: se trata del hijo de la pareja, Fortià, al que vemos durmiendo a través de un monitor colocado a un lado del escenario que muestra la imagen de un vigilabebés y que, en realidad, ha estado ahí desde el principio de la obra.

Cuando los gritos del conflicto se van apagando, y la obra concluye con Vinyals recitando Ha explotat el Big Bang a dintre teu, de Pau Riba y la Orchestra Fireluche, la obra adquiere de pronto otra profundidad: la de una familia que intenta encontrar su equilibrio mientras una tercera vida depende, silenciosamente, de ese vínculo. 

Es como si el relato de la canción, que habla de un big bang interior, sugiriera que el amor, con todas sus contradicciones, sus conflictos y sus grietas, sigue siendo una fuerza generadora. Algo que no solo mantiene unida a la pareja, sino que también puede dar origen a algo nuevo.

En ese sentido, la presencia de Fortià resignifica todo lo que hemos visto antes. La discusión, las tensiones y los reproches ya no aparecen únicamente como el desgaste de una relación, sino también como el intento (a veces torpe, a veces doloroso), de sostener el vínculo que ha hecho posible esa tercera vida.

En el fondo, Tendrament gira alrededor de una pregunta tan simple como difícil de responder: cómo sostener un “nosotros” sin que desaparezca el “yo”. Colomer y Vinyals no aspiran a ofrecer soluciones, pero sí algo quizá más valioso: un espejo incómodo donde muchas parejas contemporáneas pueden reconocerse.

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